A verrrrr

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Si la idea era que me diera insomnio a pesar de la desveladota, lo lograste. Ahora, no me vuelvas a mandar en tu vida una canción. Gracias.


Desilusión

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Hubo una vez, en un lugar lejano, en un tiempo que ya pasó, un amanecer raro. Fue un levantarse a las cuatro de la mañana para tomar un tren para tomar un avión. Fue correr por unas calles empedradas, húmedas, porque había llovido y llovido y llovido, para llegar al andén, y subirse a un vagón blanco, que contrastaba demasiado con la piel de los demás, los oscuros que sólo pueden viajar a esa hora para no ser vistos, para ser invisibles. Y no había luz de amanecer, y era correr para un regreso, pero las piernas iban fuertes, decididas. Era una mañana de esos tiempos por los que se pasa con tanto aire en los pulmones que cuando se recuerdan duele hasta la cabeza, porque se traen a la mente en espacios reducidos, donde la luz no entra, o después de una tragedia, o después de otro golpe al corazón, o cuando te levantas de tu silla de siempre para tomar aire, porque estás bostezando. Y entonces, cuando se recuerdan las piernas y los pulmones y la claridad en la cabeza de esa época, todo se jode más. Porque las soluciones normales se acaban. Te echas la culpa de tu corazón roto y de tu desilusión y de tu infelicidad y quieres decirle a todos se que se vayan a la mierda, que ya no quieres hablar ni explicar ni esperar. Que ya has aguantado mucho haciéndote la que esto que vives todos los días es normal. Y quieres irte al mar. "Todo es playa", dicen los encerrados. Lo único que quieres es que esto pare, que la cabeza ya no te explote. Para que el recuerdo de los primeros rayos del sol de esa época rara, en ese tren raro, no te asalten un domingo en la noche y te impidan hasta trabajar y no tengas que dormir, otra vez, con la almohada mojada...

Delirio

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- Tú tienes un gran problema.
- ¿Cuál?
- No te haces responsable de los mensajes que regalas, ni de las cartas de amor ni de las despedidas. No te haces cargo de nada. ¡No has podido mantener ni siquiera por un año el dicho en las dos, ¿o tres? cartas de amor que has escrito! ¿Te parece eso decente? ¿Qué dirán ellos si supieran que esa carta en la que les escribiste que los querías, que podías hacer todo por ellos, nunca existió en realidad?
- No no, sí existieron, tanto que las escribí, y que lloré como una loca cada vez que las escribía. Además estoy segura que lo saben.
- ¿Que saben qué?
- Que no son cartas de amor, que en todo caso son cartas de amor del momento. Ay, ya sabes que yo soy así, muy cursi, pero la cursilería se me baja muy rápido cuando me doy cuenta que no vale la pena.
- Ja. Ya sé que eres cursi. Pero esas historias no han valido la pena porque no has buscado que valieran, porque se quedaron en segunditos y ya.
- Ahora resulta que yo tengo la culpa de todo. ¿No te parece injusto? ¿Tú quién te crees para andarme diciendo a mí qué es lo que tengo que hacer con mis cartas de amor después de entregarlas? ¡Yo puedo hacer con mi amor lo que se me dé la gana! Y si se me acaba después de entregar la carta ni modo, así es.

Silencio.

- No, ya sé qué es lo que te pasa. Que siempre que es has entregado una carta de amor ha sido tu renuncia, tu 'Ya no quiero nada de ti'.

Silencio. Más silencio.

- Sí. Tienes razón. Es eso. Y qué jodido, ¿no?

Silencio. Silencio. Silencio.

Contra el insomnio

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No hay recetas mágicas. De repente se aparece y no me deja por días. MA tiene una teoría: es la compañía. Me lo dice cada vez que trato de reprimir mi deseo de un paseo y de un café con mucha cafeína y que por viajes o trabajos o caprichitos estaré sola, y me lamento. Quizá. Sí. Pero hay otros componentes en la fórmula: poco cine, poca literatura, poco de todo por estar pensando en yo no sé qué. Primero eran mis crisis de amor y ahora son mis crisis de cualquier cosa. Ya ni siquiera hay personajes claros, y si los hay son alegres. Es cuando estoy en esas lagunas de reinvención que me dan y que termino siempre con un escrito en mi libreta con largas y detalladas rutas para al rato, para mañana, para siempre. También algo tiene que ver el trabajo, pero no éste, el futuro, el que tiene que ser pronto antes de que la cabeza se vuelva hueca y me convenza a mí misma de que ya no es necesario mover un dedo para existir. El caso es que se aparece, y quedan una, dos, tres y hasta cuatro horas de sueño, no más. Este insomnio no me regala más. No importa que llegue a casa a las cuatro de la mañana o a las ocho de la noche. La cabeza no se suspende. Y luego los dolorcitos y los regaños por no ir a un doctor especialista-en-ver-qué-tienes-mal y preguntarle qué pasó en mi cerebro que de un año para acá me he vuelto una insomne que a veces no puede contar más de 20 horas en una semana durmiendo. Porque antes yo era una persona muy normal.

Afortunadamente la solución siempre se aparece, y yo duermo tranquilita, sonriente... y ya.


O salvarme así...

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O no, depende...

Para futuros salvamentos...

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Por favor recordar...

El paraíso de Paz

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Si queremos conocer la faz luminosa del erotismo, su radiante aprobación de la vida, basta con mirar por un instante una de esas figurillas de fertilidad del neolítico: el tallo del arbusto joven, la redondez de las caderas, las manos que oprimen unos senos frutales, la sonrisa extática. O al menos, si no podemos visitarlo, ver alguna reproducción fotográfica de una de las inmensas figuras de hombres y mujeres esculpidas en el santuario budista de Karli, en la India. Cuerpos como ríos poderosos o como montañas pacíficas, imágenes de una naturaleza al fin satisfecha, sorprendida en ese momento de acuerdo con el mundo y con nosotros mismos que sigue al goce sexual. Dicha solar: el mundo sonríe. ¿Por cuánto tiempo? El tiempo de un suspiro: una eternidad. Sí, el erotismo se desprende de la sexualidad, la transforma y la desvía de su fin, la reproducción; pero ese desprendimiento es también un regreso: la pareja vuelve al mar sexual y se mece en su oleaje infinito y apacible. Allí recobra la inocencia de las bestias. El erotismo es un ritmo: uno de sus acordes es separación, el otro es regreso, vuelta a la naturaleza reconociliada. El más allá erótico está aquí y es ahora mismo. Todas las mujeres y todos los hombres han vivido esos momentos: es nuestra ración de paraíso.


Octavio Paz en La llama doble


Temporada preverano

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De cafés entrañables, chistes del "qué le dijo uno a otro" entre carcajadas, obsesiones con un par de orejas, comienzos a mediodía, reflexiones optimistas y mucha, mucha música. Temporada preverano.

El enamoramiento

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Hay una especie de incondicionalidad en el amor que nos debilita. Hay una persona que nos debilita y normalmente es, hasta cierto punto, el tipo de aviso que se tiene para tomar plena conciencia del enamoramiento, porque creo que el enamoramiento no es un mero sentimiento, creo que hay una conciencia. Uno de los avisos de que eso sucede es justamente esa especie de debilidad que te produce esa persona, uno se siente a veces desarmado, empieza a dejar pasar cosas, a ser víctima de la incondicionalidad.

Javier Marías

Yo lo que necesito...

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Es un maestro, alguien que sepa más que todos, que nunca me hable de política, que esté aquí pero que también esté en otro lado, siempre, que conozca todos los tugurios de esta ciudad y todos los cafés y todos los lugares luminosos... Y que se escape conmigo en horas hábiles... Eso necesito. Eso quiero.

...así viva feliz sentada sobre el triunfo...

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Carta del suicida

Juro que esta mujer me ha partido los sesos.
Porque ella sale y entra como una bala loca,
y abre mis parietales, y nunca cicatriza,
así sople el verano o el invierno,
así viva feliz sentado sobre el triunfo
y el estómago lleno, como un cóndor saciado,
así padezca el látigo del hambre, así me acueste
o me levante, y me hunda de cabeza en el día
como una piedra bajo la corriente cambiante,
así toque mi cítara para engañarme, así
se abra una puerta y entren diez mujeres desnudas,
marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
unas sobre otras hasta consumirse,
juro que ella perdura, porque ella sale y entra
como una bala loca
me sigue adonde voy y me sirve de hada,
me besa con lujuria
tratando de escaparse de la muerte,
y cuando caigo al sueño, se hospeda en mi columna
vertebral, y me grita pidiéndome socorro,
me arrebata a los cielos, como un cóndor sin madre
empollado en la muerte.

Gonzalo Rojas

Desconocidos

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"Usted tiene que entender algo, señorita. Nada ni nadie la va a salvar. Ni sus omóplatos todos bronceaditos ni sus ojeras que le encanta presumir casi como si fueran cicatrices de guerra. ¿Cuáles cicatrices, si usted ni siquiera se ha animado a luchar? Déjese de compadecer a sí misma, señorita. Si lo que quiere es salirse de este mundo pues sálgase, sólo se lo impide usted. O si de plano siente que el presente no le sirve para tanto escápese con el chico este, aunque sea unos días, relájese y regrese con la mente en blanco, como si se hubiera ido una vida, como si no conociera a los que se supone conoce. No sé si ande usted dispuesta a darse oportunidades aquí, pero si no invente algo, reinvéntese, porque si eso que trae adentro se apaga se llenará de rencor hacia sí misma y estará bloqueada de por vida. Si usted es tan joven...".

...

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Nos preguntamos dónde nos gustaría estar. Tú dices 20 lugares, casi todos en frío, montañas, cimas, eso que tanto te gusta. Yo te hablo de una imagen real, de un amanecer en un avión, un cielo rojo, los Montes Atlas a las seis de la mañana. Omito mencionarte al fotógrafo. Y hay otro lugar. 4 am tomando un tren para alcanzar otro avión. El amanecer otra vez...

Porque Daniela siempre anda en lo importante

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Bottle from Kirsten Lepore on Vimeo.

Crisis de los domingos

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Era el único de mi sector que llegaba a trabajar siempre igual. Siempre presuroso, siempre sonriente, siempre algo ansioso. Era el que más preguntaba de toda la sección de Internacional, a quien fuera, porque tenía dudas de tal régimen político, de tal corresponsal, de tal cabeza. En México sabían que me había llamado la atención porque le encontraba cierto parecido con un ex novio, y ya. Claro, con un par de décadas más. Y a veces no podía dejar de observarlo, porque estaba capturado por el monitor, porque tenía algo de apasionado, de perdido por su trabajo que me daban ganas de dejar lo que estaba haciendo e ir corriendo a ver su pantalla. ¿Qué leía con esa atención? ¿Quién se había muerto? ¿Qué nueva crisis de misiles estaba leyendo? A él sí se le iba la vida en cada nota, o por lo menos eso me pareció. Es que ninguno de sus compañeros guardaba esa avidez para editar... Hablamos largo sólo una vez. Me contó que cuando era corresponsal en México había vivido en la colonia Roma, muy cerca de Casa Lamm. Calificó a mi país como un lugar increíble, pero corrupto hasta la médula. Que a él le había tocado la muerte de Colosio, que ojalá el narcotráfico no nos deshiciera... De repente escuchaba alguna de sus anécdotas como corresponsal en Israel, y pensaba qué monstruo ese ése... Hoy que leí en el papel una de sus tantas notas desde Libia lo recordé, y se me apareció la nostalgia... Y regresaron las ganas de salir corriendo... Adonde sea...

Fragmentos de sábado

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I

Temprano, siete de la mañana. Dice Alberto Chimal que comenzó leyendo los libros que estaban debajo de los muebles de su casa, en Toluca, la ciudad "del corredor industrial y los clanes de políticos". Que pertenece "a las últimas generaciones que pasaron su infancia entera como rehenes de Televisa, que entonces parecía un brazo del Estado mexicano y no al revés: como todos, veía lo que había porque no había más que ver". Me identifico, aunque en mi caso los pocos libros que había en casa estaban (están) en un pequeño estante -yo todavía no los leo todos-; la tele sí, igual que él. También en lo que dice del verdadero aprendizaje, ese que te ayuda cuando estás partido de llorar -o de aguantarte de llorar ad infinitum-, cuando caminas por las calles como zombi, seguro de haber fracasado en el día, en el mes, en la vida. "Lo que más me enorgullece de mis aprendizajes lo hice solo, sin guía, cuando nadie estaba mirando". Eso le enseñó a persistir. Inalcanzable palabra para mí. Yo creo eso del conocimiento, me hizo creer en eso con su texto. Ya nada más me falta recordar cuándo fue, qué estaba aprendiendo cuando nadie miraba, para correr a la memoria y rescatar. Rescatar lo que quiero al puro estilo del hombre-empleado del Metro Tacuba del martes a las 8:15 am, que gritaba a todo pulmón en el área de mujeres en un andén lleno -infestado de personas, no recuerdo algo así en mi vida de viajera de Metro, seis, siete líneas de humanos ante las vías-. "Déme la mano, démela o se queda adentro". Eso gritaba mientras se acercaba lo que más podía -un milímetro más- a las vías, cuando llegaba el tren y abrían las puertas del vagón atascado de féminas. Entonces la(s) mujer(es) se aferraban a la mano del extraño que les gritaba al exterior y las jalaba, las rescataba con fuerza de la marabunta, mientras decenas trataban de entrar a un vagón donde no cabía nada, ni aire. Así, así tengo que rescatar del vagón de mi recuerdo el conocimiento que adquirí cuando nadie estaba viendo. Nada más me falta saber cuál es.

II

Cuatro de la tarde, quizá más. Bolívar y Madero, Centro Histórico. En la esquina más cercana al Burguer King hay un bolero y un cantante. Se distinguen -los distingo- porque son los únicos que no se mueven en medio de tanta gente, tanto bullicio. Yo me acerco a esa esquina para cruzar la calle. Espero a que el verde para peatones aparezca. El bolero, hombre mayor, más de sesenta, con poco pelo, está sentado en su banquito, frente a su taburete de trabajo, sin cliente. Escucha el canto de su vecino con una mirada perdida, de las que sólo permiten mirar para dentro y que me recuerda otra mirada que vi hace un par de semanas, de la que tengo que escribir. El cantante, hombre canoso y alto, de unos setenta años, está recargado en el muro del Burguer -atascado de gente como todo Madero peatonal y como todo el centro en sábado-, sostiene con su mano derecha un micrófono negro conectado a una de esas mochilitas de vendedores de piratería musical en el Metro, que tienen su bocina integrada y todo lo demás para ser un buen vendedor ilegal, ágil ante cualquier vigilante molesto. La mochilita la carga no en la espalda, sino en el pecho. Pero este cantante no puede ser tan ágil, pues usa bastón, bastón que cuelga de una cuerdita atada a su muñeca derecha, la misma del micrófono. Bastón de ciego porque las cataratas le han carcomido los ojos, y no ve ya. Tiene los ojos azules azules que yo temía que mi padre tuviera cuando le diagnosticaron cataratas hace unos cuantos años, pero llegaron las operaciones con láser y la pesadilla se me quitó. El hombre canta bajito, nadie lo escucha entre el bullicio, canta y sostiene con la mano izquierda su vaso amarillo para las monedas, vacío. Vasito que trata de acercar a todos los peatones que se acercan, no por curiosidad, sino porque tiene que pasar, y ya. Cuidado / cuando me tengas que dejar a un lado / piensa que el mundo seguirá girando / y alguna vez acabarás llorando... Con una voz clara, no tanto como la de José José -con el único que yo había escuchado esa canción- pero más sentida, casi susurro. Canta bonito. Yo busco monedas y me pongo nerviosa, con ese nerviosismo que me da cuando ya sé que no controlo los ojos y que todos a mi alrededor se darán cuenta que otra vez sentí algo que está de más, pero no para mí. Coloco tres monedas en el vasito amarillo, cuatro pesos, y cuando ya mis ojos van a explotar me doy cuenta de que un hombre, parado muy cerca al taburete del bolero, me observa descaradamente, y me dice con la mirada "Yo sé qué sientes, la escena también es muy desoladora para mí". Mi cómplice del día.

III

Siete de la noche. Ante un repleto Salón de Actos de Minería, el Maestro Miguel Ángel Granados Chapa (nunca olvidar el título de Maestro) agradece al auditorio su interés por la presentación del libro de Jenaro Villamil, El sexenio de Televisa. Durante una hora completa el Maestro cuenta por qué a todos debe interesarnos si Azárraga-Salinas Pliego-Slim se pelean, por qué Televisa no quiere a Dish y por qué Tv Azteca odia las tarifas de interconexión. Alaba a Villamil y su volumen y su lucha, que lo ha convertido, junto con Carmen Aristegui, en enemigo emérito de Televisa y sus ilegalidades. Así, literal, "enemigo emérito". En momentos pierdo el discurso, porque vuelo y recuerdo que cuando subía las escaleras para el Salón de Actos (tras formarme media hora, porque había mucho interés en la presentación) vi un lienzo blanco de In Memoriam colgado del techo, donde todos pueden verlo, que menciona a los grandes que se fueron hace poco, los Carlos, Monsiváis y Montemayor, Germán Dehesa, Bolívar Echeverría. Y mientras el Maestro continúa en el Salón de Actos, en el primer piso, hablando de las formas de burlar la ley en este país, yo vuelo y recuerdo que justo fue en el Palacio de Minería, en el inicio de las escaleras, abajo, la última vez que vi a Monsi, precisamente del brazo de Villamil. ¿Hace dos, tres años? Ya no podía caminar bien y Jenaro lo ayudaba. Todos lo reconocíamos -esas canas revueltas, esos lentes, ese cuerpo-, y en una especie de acto de total respeto, el que se ve sólo para los grandes grandes, todos le abríamos paso y lo saludábamos y le decíamos Maestro. Y regreso al Salón de Actos y el Maestro Granados Chapa continúa describiendo a un público comprometido lo que cambió. Que antes Azcárraga Milmo era un soldado del presidente y ahora Calderón es un soldado de la televisora (Chimal). Y me vuelvo a ir y recuerdo esa madrugada de junio en Palermo, Sicilia, cuando sonó mi móvil (no mi celular) y era mi madre llorando porque se había muerto Monsi, la única vez que mi madre me llamó en el viaje, la anécdota que no me canso de contar porque dice tanto de nuestra cursilería familiar. Y las dos sufriendo ese día, una en México con Odín como paño de lágrimas y yo solita, sin paño de lágrimas, en Sicilia. Y regreso y el Maestro Granados Chapa continúa con su descripción meticulosa -como todas sus descripciones- de la impunidad de los monopolios. Salgo antes de la sala porque Élmer Mendoza estaba ya hablando en otro salón. Una hora más tarde paso por la puerta del Salón de Actos y Villamil continúa firmando libros, 11 personas esperando. No lo pienso. Bajo escaleras brincando. Corro al local de Random House Mondadori, compro El sexenio de Televisa antes de que cierren, la última venta, porque ya pasa de las nueve. Subo escaleras y me formo, la última que le pide firma. Y quiero contarle lo de Monsi, pero no puedo hablar. Le agradezco la dedicatoria de colega y le agradezco mentalmente por hacerse acompañar de Maestros. Y me voy.

IV

Intermezzo. Élmer está feliz. Cuenta ante unas cincuenta personas -y varias sillas vacías- por qué le inventó más aventuras al Zurdo Mendieta. Yo traigo La prueba del ácido en la bolsa, para que me la firme. Élmer ríe y sonríe y hace aspavientos con los brazos y cuenta que su principal reto es hacer un libro distinto, con episodios distintos del Zurdo, y cuenta también del narcotráfico como el contexto y no la trama en Culiacán, su ciudad natal, y por qué hay que escribir esa historia, la de la vida en zona narca. Al final de la charla hay que salir de la Galería de Rectores para que la cierren. Los que queremos firma a seguirlo al local de Tusquets. Salimos. Pasa el intermedio de Villamil y la carrera y la compra. Regreso a Tusquets. También soy la última firma de Élmer, quien pregunta santo y seña de mi nombre, raro de escribir. Lo único que atino a decirle es que lo entrevisté hace un par de años, por su colección de cuentos Firmado con un kleenex. Obvio no recuerda nada. Le agradezco y me aprieta la mano fuerte. Salgo de Minería. Por las prisas del regreso, leo la dedicatoria hasta que voy en el Turibús, sentada. "Para Jésica Zermeño que ha llegado muy plantada, como si acabara de ganar un premio. Felicidades. DF, feb 2011". Claro, tengo su firma.

V

Colofón: Avenida Juárez cerrada para las bicis, algunas con lucecitas muy monas (pienso que daría mucho por disfrutar esa imagen con él, y tengo la certeza por segundos que no viviré algo tan puro como los años con él, como muchos me han dicho, y duele). Concha Buica desde Madrid-Santiago, y sueño, mucho sueño. Tengo que aprovechar que tengo sueño. Fin del sábado, de un sábado que reconcilia.

Nueva regla

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Estoy leyendo un libro que alguien, lejos, necesita. Lo sé. Porque dice eso justo que lo hará no sentirse en total soledad, porque explica lo que le pasa con las palabras precisas, en frases inteligentes y comprensivas. Todo el fin de semana busqué la forma de enviárselo rápido y baratamente, para que lo tuviera ya y no siguiera necesitándolo, para que ya no gritara más auxilio. Hasta que volví a saber de su existencia y me convencí. Puedo regalar libros a todos, a amigos, enemigos, amores, desamores, presentes y olvidados, pero nunca, nunca, a los que ya me decepcionaron. ¿Para qué aventar sabiduría a un pozo oscuro, sin fondo? La respuesta es simple, para qué. Que el pozo siga sin luz, al fin que ya tengo linternas.

Rumbo

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Nunca he sido de aniversarios, pero este mes no pude olvidarlos. Hubo tres importantes. De una pérdida, la más grande de mi vida, de una ruptura, también la más grande, y de un inicio. Le temía a enero. Creía que la fuerza de lo que pasó en otros tiempos acabaría con el ímpetu que había logrado guardar los últimos días de diciembre y todo se volvería confuso, molesto, lejano, porque otra vez querría estar en antes, sin poder hacerlo, desahuciada. Pero no. Termino el mes, volteo hacia atrás y, salvo mis apreturas económicas actuales que veo casi eternas, me siento llena. En esta realidad, la que vivo desde que me levanto y hasta que me acuesto, en la cama de siempre, y en las demás, las que vivo lejos, porque la vida de acá, definí, no me alcanza, y yo, como dice Javier Lomá Gonzón, lo quiero todo. Porque no sólo fueron las caminatas con mi peludo terapeuta, las frases célebres de los oráculos, que no lo saben todo, pero todo lo comprenden, las risas en la oficina y las comidas en el delicioso-gourmet-de-al-lado, los platotes de pasta pseudoitaliana, las cenas de comida japonesa, los cafés con mucha cafeína, las escapadas nocturnas con Universal Stereo como cereza del pastel. Fueron también las llamadas lejanísimas, con tonos de voz distintos y cálidos, la llegada de timbres postales en un sobre blanco con el mejor deseo de año nuevo, las respuestas a nostalgias de hace meses, los libros de periodismo, de lugares que ya pisé, de los narcos, el cine... Toda la olla de presión se convirtió en más mirada con los mismos ojos, pero más clara. Hace unos días, Andres Hoyos, escritor y fundador de El Malpensante, difundió una frase de Clarice Lispector, "Cambie, pero comience despacio, porque la dirección es más importante que la velocidad". ¡Eso! ¡Justo eso! En los aniversarios encontraré las claves para saber por qué soy ahora, sí, pero no deben pesar, alumbran, porque ya tengo la dirección, porque ahora el presente es lo que importa. Porque ahorita ahorita ahorita lo que me hace feliz es una canción de Alejandro Fernández (toda una novedad en mí) y un libro de Jorge Ibargüengoitia. Porque lo demás o ya se fue o viene al ratito...


Hoy declaro...

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En pleno uso de mis facultades mentales, que no me acercaré más a los pretenciosos. No más aceptar a los que venden sus vidas como si fueran novelas y ni siquiera llegan al guión. Nunca más aceptar que egos agobien conversaciones. No más. Ya tuve de eso suficiente. No más...

Historia de amor 1

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Se reunieron más por tu insistencia que por su deseo. Es la verdad. Desde hace meses tratabas de captar su atención con chistes gratuitos cada vez que te la encontrabas en el chat, es decir, diario, porque ella se conecta siempre que está en la oficina, lo que últimamente es, para su desgracia, todos los días. Y todos los días la invitabas a salir. Cuando te dio por fin el sí, hoy, 7:30 frente a Bellas Artes, no dudaste. La esperarías ahí aunque se tardara, aunque te dejara plantado. Eso le dijiste, porque querías verla, porque esperabas desde hace meses.

Llegó 15 minutos tarde. Vestida de oficina, sobria, con el cabello desarreglado como siempre, un poco más delgada que la última vez, hace casi año y medio. Tú esperabas recargado en una luz, en un lugar en el que le costaría verte, con más canas y la misma barba descuidada. Quería ver cómo llegabas, le dijiste después. Cuando por fin te encontró y se acercó presurosa le diste un abrazo que ella trató de esquivar, aunque no te diste cuenta. Te propuso ir a su lugar de café con leche favorito, a cuadras. Aceptaste. Tenías hambre pero fingiste que no, porque no sabías que esperaría ella, si un café, un trago, una cena, caminar. La noche estaba fresca. Se quejó de un incipiente dolor de garganta. Quisiste darle tu chamarra. No, ella nunca aceptaba las chamarras de los demás. Así era, siempre, necia, muy necia.

Caminaron al café. Preguntó por ti, por tu hijo, por tu trabajo. Le dijiste lo mismo que una década atrás. Trabajabas cuando podías pero sin ser un esclavo. ¿Tu hijo? Grande ya, seis años que a ambos se les habían pasado volando, primero de primaria. ¿Y ella? ¿Su mamá? Ahora están separados, confesaste. Tenían problemas. Recordó hasta cómo se llamaba. Cómo iba a olvidarlo, si fue su primera gran rival, se la presentaste como "la mujer de mi vida". Hasta hoy cada vez que escucha ese nombre se le retuerce el estómago, aunque no quiera, aunque ya no sienta lo que sintió por ti.

Llegaron al sitio y ocuparon uno de los gabinetes de madera. Viste que quería comer y te animaste a seguirla. Pidieron enchiladas verdes. Ella agua de mandarina, tú nada. Después, dos cafés con leche. En la cena dejaste que hablara, que te contara de sus aventuras lejanas recientes, de su depresión apenas terminada, de su curación, de su regreso a la vida en México. Se hartó de hablar, porque no es así, se siente incómoda hablando de sí misma. Pero tú no querías decir nada. Ella, cada vez más incómoda, exigió palabras. Me siento presionado, así no hablo, dijiste. Entonces recurrió a lo único que tenían para acabar con el silencio: el pasado. Lo consiguió. Te recordó los libros que le dejaste antes de irte a Europa, hace nueve años, cuando te apareciste de la nada, borracho, en su casa, y le entregaste a su madre una decena de volúmenes. Valéry, Dante, Goethe, Borroughs, Borges. ¿Borges? No recuerda el libro de poesía de Borges. Sí, se lo diste, estás seguro. ¿O lo perdiste? Ella pensó en el soundtrack de Underground grabado en un cassette que le entregaste junto con la literatura. Quiso decirte que lo escuchó mil veces, hasta dañar la cinta, que tuvo que pedir la película a Estados Unidos porque acá todavía no se conseguía en las tiendas, no como ahora que la venden donde sea. Un dineral porque quería ponerle imágenes a tu música. No pudo decirte que todavía no soporta ver a Kusturica en vivo, le pareció una cursilería innecesaria. Tampoco quiso decirte que, desde el día de los libros, su madre te perdonó todas las llegadas a deshoras, sin saber dónde estaba su hija, con un borracho. Unos libros bastaron. Pero el pasado comenzaba a pesar. Pidieron la cuenta. Cada quién pagó lo suyo. Con ella no se puede, es necia, necia. Mejor para ti, pensaste.

Luego, a caminar. Necesitaban aire. Recorrieron todo su Centro Histórico de antes, de cuando eran juntos. Para llenar el espacio entre ustedes le tomaste el brazo izquierdo y regresaste a lo mismo, a lo que fue, porque era el momento. Llegaron a la calle de Cuba, peligrosamente oscura y con algunos seres de mala facha acechándolos con los ojos. Buscaron los hoteles de mala muerte que visitaron en esa calle años atrás, donde le abriste el mundo; las cantinas que recorrieron por días, mientras tú te emborrachabas y ella, sin tomar una gota de alcohol, soñaba conque escribiría libros de antropología con las escenas que veía. Porque ella, a sus 17 años, quería ser antropóloga, o estudiar literatura, como tú. Luego, palabras sobre sus cuerpos. ¿Estaba todavía la alcancía en su cabeza? Sí. ¿Y tu clavícula salida? También. Eran los mismos, pero más viejos. ¿Y sigues sin querer tener hijos? Sí, contestó, todavía no encuentro al padre. Pero si estoy yo, ser papá ha sido lo mejor de mi vida, contestaste rápido. Entonces, en un arrebato de nostalgia, besaste tímidamente su hombro sin soltarla del brazo. Ella no se inmutó, siguió caminando con las manos en los bolsillos, temiendo que te entrara valor y la arrinconaras en uno de esos recovecos oscuros de las iglesias del Centro, donde a esa hora sólo había indigentes buscando una noche tranquila. No lo hiciste, porque sabías que te rechazaría.

Sintiendo su frialdad te sentiste obligado a decirle lo que tenías guardado junto con su recuerdo, la razón de la cita. No he dejado de sentir nunca algo por ti, y ahora que te veo me doy cuenta de que es amor, lo nuestro lo tengo incompleto, sin terminar, le falta un final, y siempre que pienso en ti lo siento. No importa que hayan pasado 10 años. Ahora me doy cuenta que es un ciclo sin fin, y que quizá sea el momento de terminarlo. Es amor lo que siento, es amor. Puntos suspensivos. No lo esperaba, simplemente no lo esperaba. ¿No será más bien nostalgia lo que sientes? No, es más que eso, lo siento ahora. Entonces soltaste su brazo y buscaste en el bolsillo del pantalón su mano, la aprisionaste. Caminaron muchas calles tomados de la mano, como antes. Ella calló, hasta que por fin espetó. Imagínate lo que representas para mí, el principio, siempre sentiré gran agradecimiento por ti, eres especial, en mis recuerdos estás aparte. ¿Y nunca te hice daño? El alcohol, y las salidas a lugares oscuros, mis lecturas deprimentes, ¿nunca te hicieron daño? Jamás, yo fui feliz contigo, nunca sufrí.

Ella se quería ir, porque ya no te correspondía, porque el amor que querías enseñarle ya estaba a destiempo para ella, ya no era en ella. Sugirió caminar al Metro Hidalgo. Quiero alargar este momento, dijiste. Ella no pudo, no quiso más. Aceptaste su huida, pero no soltaste su mano. La acompañaste. Entraron al metro y sugeriste acompañarla hasta San Cosme, donde ella siempre toma taxis a su casa, la misma que hace 10 años. Mientras caminaban hacia el andén, subían al tren y bajaban de él tú aprisionabas su mano cada vez con más fuerza. Ella, en su desconcierto, sólo atinaba recordar la poesía que le diste, esa de Baudelaire, y nada más, lo demás estaba en blanco. Llegaron a los torniquetes de San Cosme y a la despedida. Por fin la soltaste. Te agradeció rápidamente, un beso en la mejilla y un hasta después, en algún momento. Todo rápido, para evitar dolores innecesarios. La observaste mientras subió las escaleras al exterior a toda prisa, hasta que desapareció.

No sabes si la volverás a ver. Lo que sí sabes es que ambos pensaban en lo mismo, en que no hay situación más triste entre dos que una declaración de amor a destiempo...

La giganta

Cuando Naturaleza, en su brío poderoso,
concebía diariamente monstruosas criaturas,
vivir habría querido cerca de una giganta
como al pie de una reina un gato ronroneante.

Habría visto su cuerpo florecer con su espíritu
y en libertad crecer con sus juegos terribles;
sabría si el corazón guarda una llamarada,
en las mojadas nieblas que bogan por sus ojos.

Recorrer, al azar, sus magníficas formas;
escalar las vertientes de sus piernas enormes
y, acaso, en el estío, cuando soles malsanos

la tumbaran rendida en mitad de los campos,
a la sombra del seno dormitar sin cuidado,
como escondida aldea al pie de una montaña.

CB