Desilusión
Hubo una vez, en un lugar lejano, en un tiempo que ya pasó, un amanecer raro. Fue un levantarse a las cuatro de la mañana para tomar un tren para tomar un avión. Fue correr por unas calles empedradas, húmedas, porque había llovido y llovido y llovido, para llegar al andén, y subirse a un vagón blanco, que contrastaba demasiado con la piel de los demás, los oscuros que sólo pueden viajar a esa hora para no ser vistos, para ser invisibles. Y no había luz de amanecer, y era correr para un regreso, pero las piernas iban fuertes, decididas. Era una mañana de esos tiempos por los que se pasa con tanto aire en los pulmones que cuando se recuerdan duele hasta la cabeza, porque se traen a la mente en espacios reducidos, donde la luz no entra, o después de una tragedia, o después de otro golpe al corazón, o cuando te levantas de tu silla de siempre para tomar aire, porque estás bostezando. Y entonces, cuando se recuerdan las piernas y los pulmones y la claridad en la cabeza de esa época, todo se jode más. Porque las soluciones normales se acaban. Te echas la culpa de tu corazón roto y de tu desilusión y de tu infelicidad y quieres decirle a todos se que se vayan a la mierda, que ya no quieres hablar ni explicar ni esperar. Que ya has aguantado mucho haciéndote la que esto que vives todos los días es normal. Y quieres irte al mar. "Todo es playa", dicen los encerrados. Lo único que quieres es que esto pare, que la cabeza ya no te explote. Para que el recuerdo de los primeros rayos del sol de esa época rara, en ese tren raro, no te asalten un domingo en la noche y te impidan hasta trabajar y no tengas que dormir, otra vez, con la almohada mojada...
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