Llegó 15 minutos tarde. Vestida de oficina, sobria, con el cabello desarreglado como siempre, un poco más delgada que la última vez, hace casi año y medio. Tú esperabas recargado en una luz, en un lugar en el que le costaría verte, con más canas y la misma barba descuidada. Quería ver cómo llegabas, le dijiste después. Cuando por fin te encontró y se acercó presurosa le diste un abrazo que ella trató de esquivar, aunque no te diste cuenta. Te propuso ir a su lugar de café con leche favorito, a cuadras. Aceptaste. Tenías hambre pero fingiste que no, porque no sabías que esperaría ella, si un café, un trago, una cena, caminar. La noche estaba fresca. Se quejó de un incipiente dolor de garganta. Quisiste darle tu chamarra. No, ella nunca aceptaba las chamarras de los demás. Así era, siempre, necia, muy necia.
Caminaron al café. Preguntó por ti, por tu hijo, por tu trabajo. Le dijiste lo mismo que una década atrás. Trabajabas cuando podías pero sin ser un esclavo. ¿Tu hijo? Grande ya, seis años que a ambos se les habían pasado volando, primero de primaria. ¿Y ella? ¿Su mamá? Ahora están separados, confesaste. Tenían problemas. Recordó hasta cómo se llamaba. Cómo iba a olvidarlo, si fue su primera gran rival, se la presentaste como "la mujer de mi vida". Hasta hoy cada vez que escucha ese nombre se le retuerce el estómago, aunque no quiera, aunque ya no sienta lo que sintió por ti.
Llegaron al sitio y ocuparon uno de los gabinetes de madera. Viste que quería comer y te animaste a seguirla. Pidieron enchiladas verdes. Ella agua de mandarina, tú nada. Después, dos cafés con leche. En la cena dejaste que hablara, que te contara de sus aventuras lejanas recientes, de su depresión apenas terminada, de su curación, de su regreso a la vida en México. Se hartó de hablar, porque no es así, se siente incómoda hablando de sí misma. Pero tú no querías decir nada. Ella, cada vez más incómoda, exigió palabras. Me siento presionado, así no hablo, dijiste. Entonces recurrió a lo único que tenían para acabar con el silencio: el pasado. Lo consiguió. Te recordó los libros que le dejaste antes de irte a Europa, hace nueve años, cuando te apareciste de la nada, borracho, en su casa, y le entregaste a su madre una decena de volúmenes. Valéry, Dante, Goethe, Borroughs, Borges. ¿Borges? No recuerda el libro de poesía de Borges. Sí, se lo diste, estás seguro. ¿O lo perdiste? Ella pensó en el soundtrack de Underground grabado en un cassette que le entregaste junto con la literatura. Quiso decirte que lo escuchó mil veces, hasta dañar la cinta, que tuvo que pedir la película a Estados Unidos porque acá todavía no se conseguía en las tiendas, no como ahora que la venden donde sea. Un dineral porque quería ponerle imágenes a tu música. No pudo decirte que todavía no soporta ver a Kusturica en vivo, le pareció una cursilería innecesaria. Tampoco quiso decirte que, desde el día de los libros, su madre te perdonó todas las llegadas a deshoras, sin saber dónde estaba su hija, con un borracho. Unos libros bastaron. Pero el pasado comenzaba a pesar. Pidieron la cuenta. Cada quién pagó lo suyo. Con ella no se puede, es necia, necia. Mejor para ti, pensaste.
Luego, a caminar. Necesitaban aire. Recorrieron todo su Centro Histórico de antes, de cuando eran juntos. Para llenar el espacio entre ustedes le tomaste el brazo izquierdo y regresaste a lo mismo, a lo que fue, porque era el momento. Llegaron a la calle de Cuba, peligrosamente oscura y con algunos seres de mala facha acechándolos con los ojos. Buscaron los hoteles de mala muerte que visitaron en esa calle años atrás, donde le abriste el mundo; las cantinas que recorrieron por días, mientras tú te emborrachabas y ella, sin tomar una gota de alcohol, soñaba conque escribiría libros de antropología con las escenas que veía. Porque ella, a sus 17 años, quería ser antropóloga, o estudiar literatura, como tú. Luego, palabras sobre sus cuerpos. ¿Estaba todavía la alcancía en su cabeza? Sí. ¿Y tu clavícula salida? También. Eran los mismos, pero más viejos. ¿Y sigues sin querer tener hijos? Sí, contestó, todavía no encuentro al padre. Pero si estoy yo, ser papá ha sido lo mejor de mi vida, contestaste rápido. Entonces, en un arrebato de nostalgia, besaste tímidamente su hombro sin soltarla del brazo. Ella no se inmutó, siguió caminando con las manos en los bolsillos, temiendo que te entrara valor y la arrinconaras en uno de esos recovecos oscuros de las iglesias del Centro, donde a esa hora sólo había indigentes buscando una noche tranquila. No lo hiciste, porque sabías que te rechazaría.
Sintiendo su frialdad te sentiste obligado a decirle lo que tenías guardado junto con su recuerdo, la razón de la cita. No he dejado de sentir nunca algo por ti, y ahora que te veo me doy cuenta de que es amor, lo nuestro lo tengo incompleto, sin terminar, le falta un final, y siempre que pienso en ti lo siento. No importa que hayan pasado 10 años. Ahora me doy cuenta que es un ciclo sin fin, y que quizá sea el momento de terminarlo. Es amor lo que siento, es amor. Puntos suspensivos. No lo esperaba, simplemente no lo esperaba. ¿No será más bien nostalgia lo que sientes? No, es más que eso, lo siento ahora. Entonces soltaste su brazo y buscaste en el bolsillo del pantalón su mano, la aprisionaste. Caminaron muchas calles tomados de la mano, como antes. Ella calló, hasta que por fin espetó. Imagínate lo que representas para mí, el principio, siempre sentiré gran agradecimiento por ti, eres especial, en mis recuerdos estás aparte. ¿Y nunca te hice daño? El alcohol, y las salidas a lugares oscuros, mis lecturas deprimentes, ¿nunca te hicieron daño? Jamás, yo fui feliz contigo, nunca sufrí.
Ella se quería ir, porque ya no te correspondía, porque el amor que querías enseñarle ya estaba a destiempo para ella, ya no era en ella. Sugirió caminar al Metro Hidalgo. Quiero alargar este momento, dijiste. Ella no pudo, no quiso más. Aceptaste su huida, pero no soltaste su mano. La acompañaste. Entraron al metro y sugeriste acompañarla hasta San Cosme, donde ella siempre toma taxis a su casa, la misma que hace 10 años. Mientras caminaban hacia el andén, subían al tren y bajaban de él tú aprisionabas su mano cada vez con más fuerza. Ella, en su desconcierto, sólo atinaba recordar la poesía que le diste, esa de Baudelaire, y nada más, lo demás estaba en blanco. Llegaron a los torniquetes de San Cosme y a la despedida. Por fin la soltaste. Te agradeció rápidamente, un beso en la mejilla y un hasta después, en algún momento. Todo rápido, para evitar dolores innecesarios. La observaste mientras subió las escaleras al exterior a toda prisa, hasta que desapareció.
No sabes si la volverás a ver. Lo que sí sabes es que ambos pensaban en lo mismo, en que no hay situación más triste entre dos que una declaración de amor a destiempo...
La giganta
Cuando Naturaleza, en su brío poderoso,
concebía diariamente monstruosas criaturas,
vivir habría querido cerca de una giganta
como al pie de una reina un gato ronroneante.
Habría visto su cuerpo florecer con su espíritu
y en libertad crecer con sus juegos terribles;
sabría si el corazón guarda una llamarada,
en las mojadas nieblas que bogan por sus ojos.
Recorrer, al azar, sus magníficas formas;
escalar las vertientes de sus piernas enormes
y, acaso, en el estío, cuando soles malsanos
la tumbaran rendida en mitad de los campos,
a la sombra del seno dormitar sin cuidado,
como escondida aldea al pie de una montaña.
CB
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