Contra el insomnio

No hay recetas mágicas. De repente se aparece y no me deja por días. MA tiene una teoría: es la compañía. Me lo dice cada vez que trato de reprimir mi deseo de un paseo y de un café con mucha cafeína y que por viajes o trabajos o caprichitos estaré sola, y me lamento. Quizá. Sí. Pero hay otros componentes en la fórmula: poco cine, poca literatura, poco de todo por estar pensando en yo no sé qué. Primero eran mis crisis de amor y ahora son mis crisis de cualquier cosa. Ya ni siquiera hay personajes claros, y si los hay son alegres. Es cuando estoy en esas lagunas de reinvención que me dan y que termino siempre con un escrito en mi libreta con largas y detalladas rutas para al rato, para mañana, para siempre. También algo tiene que ver el trabajo, pero no éste, el futuro, el que tiene que ser pronto antes de que la cabeza se vuelva hueca y me convenza a mí misma de que ya no es necesario mover un dedo para existir. El caso es que se aparece, y quedan una, dos, tres y hasta cuatro horas de sueño, no más. Este insomnio no me regala más. No importa que llegue a casa a las cuatro de la mañana o a las ocho de la noche. La cabeza no se suspende. Y luego los dolorcitos y los regaños por no ir a un doctor especialista-en-ver-qué-tienes-mal y preguntarle qué pasó en mi cerebro que de un año para acá me he vuelto una insomne que a veces no puede contar más de 20 horas en una semana durmiendo. Porque antes yo era una persona muy normal.

Afortunadamente la solución siempre se aparece, y yo duermo tranquilita, sonriente... y ya.


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