Definición de felicidad

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No creo en las señales divinas, pero a veces los días sacan chispas que nos hacen pensar inevitablemente en un más-allá-de-lo-que-veo. Como toda esta semana, como hoy. Sé que he escuchado más de una vez en estos días que debería escribir más, que qué hago para mantener los momentos que me importaron conmigo, por siempre. Y es verdad, de repente descuido los cuadernos míos míos, aunque cada vez menos. Y ya sé que debería haber guardado más palabras de mis encuentros distantes como los de estos días, de mis charlas, de mis pensamientos reconfortantes, pero lo dejo pasar. Desidia, mediocre desidia. Afortunadamente la vida siempre me ha jalado las orejas como si fuera todavía una niña chiquita, como hoy, final de una semana luminosa…

Todo comenzó temprano, con música en la cama, Bunbury, porque está de moda en mi cabeza. Después, un desayuno con mi padre en un Tocks, en Lindavista. Es la única cadena fresona de comida que le gusta, o que soporta, más bien. A diferencia de otros fines de semana, hoy no había posibilidades de El Popular como él quería; comer enchiladas verdes (lo entiendo, extraña las de mi mamá, lo sé) y tomar ese formidable café con leche hubiera sido no cine. En medio de los alimentos, la concebida charla de Calderón y los narcos y la pobreza y López Obrador y la corrupción y la legalización de la mariguana y el béisbol y los ricos pero chafas Yanquis y Bobbie Cox retirado y la luz tan cara y Machu Picchu y hojas de coca y hasta ahí. Siempre teorizando, siempre. Luego, compras reglamentarias. El País y la reedición de Proceso con la foto en portada de El Mayo Zambada abrazando a Julio Scherer, porque como varias cosas importantes en mi primer semestre del año, eso no lo noté como merecía. “En Europa lo criticaron mucho”. “¿En Europa nada más? Aquí se lo querían comer vivo”. Pedí detalles pero, como casi siempre, mi padre no los recordaba.

Después Biutiful, de González Iñárritu, porque ambos queríamos confirmar ya ya si la peli era la digna representante de México en la competencia por una nominación a los Òscares, como decidió la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas. Claro, pensábamos, nosotros tan contentos con El Infierno y ellos, otra vez, apostando por lo mismo.

No podría decir que la película fue una sorpresa, porque en el fondo creo que González Iñárritu se ha distinguido siempre por ser el más universal de los directores mexicanos que he visto. Lo que fue sorpresa fue lo que me hizo sentir. La Barcelona gris y dura que recrea, el dolor, la imposibilidad de la felicidad y el constante sacrificio resultaron apabullantes, chocaron totalmente con mis recuerdos de una Barcelona veraniega, de hombres guapos en trajes de baño, música a todo volumen hasta el amanecer y comida wok. Una Barcelona de turista, pues. Y sentí tan sano pensar en el contraste que, nada más por eso, la película valió la pena, porque abrió ventanas en mí. Y Bardem tan completo, un argumento complejo, unas escenas pulidísimas y unos movimientos de cámara increíbles, que enseñaban más de lo que se veía, terminaron por mojarnos las mejillas a los dos… Veredicto final: nos gustó. No más críticas a la Academia, salvo porque la peli mexicana mexicana no es. Y el sabor amargo que nos dejó su dureza sé que aparecerá en charlas en el futuro, estoy segura, porque vimos la historia de un papá.

Después regreso a casa y comida de mamá. Tortas de carne. Qué más. Pocas veces podemos sentarnos a la mesa sin apuros, y hoy se pudo. Me contó los chismes de la cuadra, que recolecta copiosamente desde que es consejera espiritual del mundo. Su principal ocupación de los últimos días ha sido que yo tenga una tele. Ella ocupa la que era mía, porque cuando se descompuso la suya yo no la necesitaba, no estaba, y se siente culpable por lo que considera una invaluable pérdida. Entre tortilla y tortilla me dijo, como aviso comercial, que una de las señoras de la vecindad de enfrente (donde viven rateros, narcomenudistas y golpeadores de mujeres, entre otros especímenes comunes en México) se iba a un asilo esta semana y estaba vendiendo su tele en 800 pesos. “No mamá, no tengo dinero, y no necesito tele”. "Bueno". Siguió. Me contó lo que la señora le había confesado con dolor. Que ella no se quería ir, pero que no tenía de otra. La historia es tristísima. Que su hijo, con dinero y espacio para cuidarla, no la procuraba. Su esposo, suicidio hace un año, y su hija, loca, literal, porque su esposo (el de su hija, no el suicida) le había pegado cuando estaba embarazada de gemelos y los había perdido. Ahora la mujer de repente se deschaveta y arrulla el aire, y para sobrevivir vende chicles en la salida de no sé qué metro (igual que mi padre, mi madre no sabe de detalles, ¿será por eso que yo soy como soy?), es alcohólica y drogadicta. Por obvias razones ella tampoco podía cuidarla, así que al asilo. Mi madre, conmovida, hace sólo lo que puede: le da la comunión cada semana y la visita, para platicar de los dolores.

Mientras me contaba el cuadro, yo pensaba que los errores macro del país jamás tendrían solución con historias como las que mi mamá escucha todos los días porque simplemente no se puede, y a casi nadie le importa. Entre pensamientos recordé lo de hoy, la matanza de Juárez de la madrugada (otra vez muchos, y jóvenes) y la historia del gallero-legislador. País jodido. Y aun así se me hinchó el pecho, admiré de nuevo tanto a la mujer que tenía enfrente y reanimé mis ganas. Segunda ventana del día. ¿O tercera? ¿O cuarta? Suficiente para que me sintiera tocada, por lo menos hoy, por algo bonito. Eran muchas chispas para un día. Y apenas empezaba la tarde...

Todavía me esperaba más. Día sin compromisos nocturnos, porque quería estar conmigo, nada más, para descansar y hacer los pendientes que sólo se pueden hacer en soledad, pues no he estado sola en mucho tiempo. Leer, primero. Llegué a El País y luego a Babelia, dedicada a los múltiples volúmenes epistolares editados en los últimos meses. Desde que abrí el cuadernillo sabatino supe que algo pasaría. El prólogo de José María Ridao me hizo pensar, primero, en la nostalgia por la muerte de las cartas por la modernidad.

Si de algo se puede sentir una justificada nostalgia, no es de la ceremonia colectiva que exigía el envío de una carta privada, sino del valor que esa ceremonia concedía implícitamente a la palabra escrita. La publicación de epistolarios que está irrumpiendo con fuerza en el mercado editorial tal vez sea el último homenaje a un género que no renace muerto, sino que, precisamente por estarlo, es por lo que renace.

Tras esa primera lectura, “El género imposible”, apunté ipso facto todas las cartas virtuales (sí, cartas, no correos) que debía. Brighton por dos, Madrid, Tucumán, Tijuana y algún lugar de Brasil, Sao Paulo, si las cosas no han cambiado. Me recriminé por hacer esperar tanto tiempo, no porque se necesitaran respuestas automáticas, sino porque yo necesitaba.

Pero también el texto de Ridao me hizo ir otra vez a Barcelona, mi Barcelona, y en la nostalgia, mi nostalgia, como varias muchas veces este año. Recordé como si fuera ayer la tarde-noche que esperé que Blas llegara a su piso, donde yo me quedaba, sentada en una banca de la avinguda Josep Tarrandellas leyendo precisamente a Ridao, Mar Muerto, su último libro. Recordé lo confuso de la historia y la melancolía por no haber visto ese mar desde Turquía teniéndolo tan cerca, a pasos. Pensé en lo que a veces no se puede simplemente porque no.

Y luego llegué al texto de Javier Rodríguez Marcos, de quien me hice fan fan fan allá. Sobre Cortázar y Cartas a los Jonquières. Más recuerdos. Cuando Dana me convenció en dos segundos, frente a Bellas Artes, de que comprara el volumen a pesar de mi bancarrota, hace un par de meses. Recién había llegado a suelo mexicano. Simplemente no estaría contenta sin él, me dijo. Luego su lectura, dolorosa muchas veces, porque Cortázar cuenta a su amigo pintor-poeta con lujo de detalles cómo se instaló en París, qué hacía en sus tardes, cómo viajaba, cómo vivía el amor con Aurora. Después, recordé con coraje hacia mí misma la pausa a la mitad, por el trabajo y por Vargas Llosa y por mi desorganización y por lo de siempre. Desidia, de nuevo.

Terminada Babelia hice lo único que podía hacer. Retomé el libro blanco, y justo tocaba la carta que cita Rodríguez Marcos en el texto de hoy, fechada en Roma el 9 de diciembre del 53:

Hasta ahora Europa me ha invadido de tal manera que no me deja ser yo mismo. Todo el tiempo estoy siendo otras cosas, el paisaje, los cuadros, los olores, la felicidad. Te digo con enorme egoísmo que no me importa no escribir. Nunca creí en las “misiones” de los escritores, y entiendo que el escritor trabaja por las mismas razones hedónicas que el opiómano enciende la pipa o el violinista toca Bach. Y mi felicidad personal –tantos años retaceada, disminuida, ersatz-izada en la Argentina– me vale más que todo lo que pueda escribir. Si me pongo a trabajar, será para seguir siendo feliz, o para combatir alguna infelicidad.


Chispa a la potencia. Otra ventana para mi día. Leí la siguiente carta.

¡Chispa de nuevo! ¡Explosión! ¡El origen de las instrucciones! ¡¡Sí!! ¡¡De las instrucciones cortazarianas!!


El otro día se me ocurrió que si tengo tiempo y ganas, voy a escribir un
Manuel de instrucciones. Esto nació de que Aurora y yo habíamos ido a San Giovanni in Laterano para seguir explorando el museo… Noté, entre varias cosas notables, que vendían unos libritos con “instrucciones para subir la Scala Santa” y me pareció muy bien. Tan bien me pareció que me di cuenta hasta qué punto estamos huérfanos de buenas instrucciones para hacer cantidad de cosas importantes. Harían falta instrucciones para beber una tacita de café, por ejemplo, o para sentarse en una silla...


Para estas alturas de la noche yo ya veía puras señales de otro mundo. Habían sido demasiadas buenas vibras enviadas para mí. Y hay mucho más que decir. Antes, en días anteriores, Cortázar ya le había contado a Eduardo Jonquières el inicio de los cronopios, pero es también en esta carta, la primera que le escribió a su amigo en 1954 (el 15 de enero), donde encontré una gran definición de estos seres, que me hizo sonreír y sonreír:

Nos hicimos regalos de Navidad: Auro
ra recibió una otto veste que necesitaba, y yo un prodigioso calidoscopio. Este calidoscopio (300 liras en La Rinascente) me sirve entre otras cosas como pruebacronopios. Cuando viene alguien a casa yo le ofrezco en seguida el calidoscopio. Si se enloquece, salta por el aire, etc, lo proclamo cronopio. Si condesciende con una sonrisa de buena educación, lo mando mentalmente al corno. Te aconsejo que tengas uno. Te mostrará más cosas sobre una persona que el Rorschard...

Y así, pensando en esto, escribiendo de esto, se me ha hecho noche y madrugada y debo parar ya, para no darle espacio al insomnio, que todavía sufro, aunque tenga tanto que escribir para recordar, porque días como hoy tienen que ser recordados en los momentos bajos y oscuros. Tenía que escribirlo.

Y ahora que quiero terminar ya esta carta-post de mi día mágico, recuerdo otra cosa, y no puedo evitar sufrir un poquito. El día no podía estar completo sin lágrimas, siendo yo así, tan llorona como soy. Todo por aquél correo que recibí el último día de mi cumpleaños, que lei en mi cuarto piso en Ascao, Madrid, un correo que sólo la persona que más me conoce en este mundo podría haberme escrito. Tras unas líneas de felicitación, las más sentidas, sin duda, pero ya de las más lejanas para mí, un epílogo incrustado que ahora leo y que quiero pensar como el resumen de mi año, que afortunadamente todavía no termina y en el que tanto he visto, pensado, vivido… Y sólo él podría haberme recordado a Cortázar, sólo él…
***
Viajes

Cuando los famas salen de viaje, sus costumbres al pernoctar en una ciudad son las siguientes:

Un fama va al hotel y averigua cautelosamente los precios, la calidad de las sábanas y el color de las alfombras. El segundo se traslada a la comisaría y labra un acta declarando los muebles e inmuebles de los tres, así como el inventario del contenido de sus valijas. El tercer fama va al hospital y copia las listas de los médicos de guardia y sus especialidades.

Terminadas estas diligencias, los viajeros se reúnen en la plaza mayor de la ciudad, se comunican sus observaciones, y entran en el café a beber un aperitivo. Pero antes se toman de las manos y danzan en ronda. Esta danza recibe el nombre de "Alegría de los famas".

Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: "La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad". Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.

Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a verlas porque ellas ni se molestan.

***

¿Verdad que fue un día de oro? No hubiera podido dormir sin escribir, sin relatarlo tan largo, como una carta de antaño. Por eso, para no perder esto tan bonito, para rememorar lo vivido cuando ande a oscuras, escribo y escribo y escribo. También por eso ya tengo boletos de avión, para que estas ventanas que tengo abiertas no se cierren, para poder seguir siendo capaz de ver las señales del más allá incluso en la rutina más rapaz. Por eso me levanto temprano y me desvelo. Para mantener esto que siento. Por un día como hoy…

Repeticiones

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Un día, cuando estaba cepillándose el cabello frente al espejo, reparó en que esto ya lo había vivido. Así, de la nada lo recordó, en un día jodidamente normal, un día lleno de rutina y sin un solo soplo de viento refrescante. Y hasta la fecha había apuntado. La revelación ocurrió porque ella sabía hace años, cuando pasó, que en el momento en que tuviera que recordarlo no podría hacerlo sola, así que tomó una hoja en blanco y copió el poema. Luego pegó esa hoja en la pared con un pedazo de masquinteip, junto al espejo, en el lado izquierdo, para ser exactos. Sí, ese espejo que no había cambiado de lugar en por lo menos una década. Y ahora, en ese día, jodidamente mediocre, reparó en que la hoja seguía allí, pegada, maltratada y llena de polvo, pero pegada, junto a la única frase de Octavio Paz que se animó a escribir en la pared para que su padre no le dijera nada, porque su padre Odiaba con mayúscula a Paz, ese mamarracho que ayudó a Salinas y al PRI siempre, ese que compró el Nobel. Así, junto a "Merece lo que sueñas" estaba el poema, fechado el 23 de abril de 2002. ¿Por qué escribió el día exacto, si ella nunca repara en las fechas importantes? ¿Si hasta el cumpleaños de su madre se le olvidó este año por andar adolorida? No lo sé, pero volteó. Y recordó lo que el primer viajero importante en su vida le había dejado...

Esta barca sin remos es la mía.
Al viento, al viento, al viento solamente
le he entregado su rumbo, su indolente
desolación de estéril lejanía.

Todo ha perdido ya su jerarquía.
Estoy lleno de nada y bajo el puente
tan sólo el lodazal, la malviviente
ruina del agua y de su platería.

Todos se van o vienen. Yo me quedo
a lo que dé el perder valor y miedo.
¡Al viento, al viento, a lo que el viento quiera!

Un mar sin honra y sin piratería
excelsitudes de un azul cualquiera
y esta barca sin remos que es la mía.


CP

Y luego ahí, pegado como costra del recuerdo, en la misma hoja del primer dolor, un pequeño poustit amarillo, de quién sabe cuándo, pero ella recuerda que meses después. La continuación, renegando del primer sentimiento de abandono. Porque así era ella, renegaba hasta de sus decisiones más trascendentales, a pesar de estar segura de que eso lo había deseado así, sin dudas.

... Los verdaderos viajeros son sólo los que parten por partir; corazones ligeros, iguales a los globos, que nunca se separan de su fatalidad y, sin saber por qué, dicen siempre ¡Adelante!

ChB

Luego, en lo que quedaba del corto fondo amarillo, remató con un sentimiento, ése sí suyo: "¿Vale la pena morir por ti?". Sonrió cuando releyó, porque sabía que eso estaba ahí para recordarle que le gustaba más Francia que Tabasco, que el tiempo corría y que era mejor eso de la ligereza en una mujer, como diría Girondo, que un sinrumbo perpetuo. Sonrió a la que estaba en el espejo, desde muy adentro. Pero si ya lo había vivido, se dijo, mientras terminaba de cepillarse. Y ya me había contestado desde años atrás, pensó. ¿Para qué perdía el tiempo haciéndose preguntas si ya lo sabía? ¿Para qué llorar más? Le dieron fuerzas para vivir así como estaba un ratito más, aunque fueran muchos días, y pensó con corazón ligero, pensó en dónde había dejado el libro que le describía la avenida Tacna, su siguiente parada. Y no importaba que las fuerzas le duraran unas horas, un día. Lo importante es que eran sus fuerzas, sus fuerzas...

Porque me senté en esa banca...

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Aviones

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Hoy me escribiste. Me dijiste que estás feliz de ayudarme a cargar aunque sea unos días esta pesada losa de culpa, de recriminación, de desolación que niego a cada minuto. Yo sé que también puedo ayudarte, aunque sea con un abracito. Porque estamos en un limbo, tú allá y yo acá. Recibí tus líneas como oxígeno, porque tienes razón, yo tampoco sé cómo enfrentar que te extraño, que conjuro todo en ayer, por eso ya voy...

México. Día 30. Atardeceres

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Se acabó el mes. Y yo persiguiendo a electricistas por toda la ciudad, platicando con ciudadanos que se sienten indefensos pero que todavía creen en el periodismo como antídoto, visitando diputados locales, viendo escenas impresionantes de Oaxaca, Veracruz y Tabasco, siguiendo en vivo el rescate del presidente ecuatorano, leyendo a Baudelaire, tomando el mejor café del Centro Histórico y guardando una foto que me recuerde cuando tenga 50 años dónde andaba un mes después, encontrándole sentido a todo...

JC lo volvió a hacer...

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Hoy, hace unos minutos. Me susurró al oído que él y yo somos seres tristes, "por eso valoramos y construimos de tal modo la amistad, para crear de a dos, de a tres o de a cinco unas islas en el tiempo". Luego me dio cachetadas, y tiene razón. Yo qué me tengo que meter en su correspondencia con Eduardo, a mí qué me importa cómo vivió con la Vespa y con el autostop y cómo aprendió a sentir París. Yo qué tengo que saber cómo extrañó a Aurora (ella todavía lo extraña). Por qué tengo que leer algo que no es para mí. ¿Qué no me doy cuenta que me lastimo? ¿Qué no veo que no tengo necesidad de meterme en torbellinos? A veces quisiera que las vidas no se parecieran tanto, porque ya sé los desenlaces, y ninguno me queda ahora. Ninguno. Quiero una ciudad que me enseñe, como a él, la sola cosa necesaria. Yo busco los deditos en la ventana y mi ventana sólo me muestra el piso...

Derivamos, entonces, por París, entrando en algún café a beber algo,
comprando raros bizcochos, averiguando precios de hoteles y pensiones por el
solo gusto de pensar qué bonito sería vivir en la rue du Bac o en la rue du
Seine o en la place Furstenberg. Vemos venir la tarde, sin conciencia del
tiempo; si hace gris, nos metemos en el Louvre, o en una iglesia, o exploramos
el Marais. Bien puedes imaginarte que el diálogo con Aurora me es aquí
particularmente delicioso; tiene una sensibilidad sin los arrebatos culpables de
la mía, y un sentido del humor que nos lleva a reírnos como dos adolescentes por
las cosas más absurdas. Como te imaginas, ya está organizado y crecido ese
maravilloso mundo de las frases-clave, de las alusiones con valor secreto, de
las coincidencias telepáticas, de los encuentros mágicos, de las coincidencias y
divergencias necesarias... Y leemos, y escribimos, y otro día de París queda a
la espalda. Pero ya el próximo pone sus deditos en la ventana...".


"Assez, Il faut pas jongler avec le bonheur, c'est trop fragile et trop précieux".

Aunque él tenía 39 para ese entonces...

En una semana

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No sé cuándo pasó, pero pasó. He llenado mi cabeza de lugares comunes. Quizá como salvavidas, porque eso me hace creer que hay fórmulas infalibles que desatoran a los seres humanos en los momentos bajos, oscuros, como algunos momentos que de repente vivo. Los tiempos muertos, ja. Es que también es más fácil rendiste ante “el tiempo lo cura todo” y cosas de esas aunque no las creas que estar pensando en que no es así, por pura comodidad mental. Y eso que he tratado de mantenerme lejos de lo que ya no está, en lo posible, porque si algo estuvo y te dejó cicatrices no es suficiente con que ya no esté para borrarlo. Ya ni lucho con eso, mejor lo asumo y sigo caminando…

Y el entorno me ha tratado bien, me ha puesto colchoncitos para que mi aterrizaje paulatino a mi ahora no sea tan de sopetón. Logré ya recuperar mi identidad en el trabajo, los temas que me interesan, la gente a la que quiero entrevistar… La semana pasada tuve largas charlas con dos que saben lo que yo quiero saber. Se tomaron la molestia de explicarme despacito lo que se fue desintegrando de este país mientras yo estaba lejos. Me confirmaron, como siempre, que me falta mucho para saber y entender, me dejaron muchas dudas y retos intelectuales y me ofrecieron su ayuda para construir cosas en un futuro y poder publicarlas. Bendita profesión que tengo. También charlé y charlé con mis profes-amigos de lo importante, de cómo puedo reconfigurar mi vida sin que dejar de lado mi trabajo, porque ellos la comparten y saben de qué hablan. Les dije lo que me dolía sin reparos y me ofrecieron su objetividad. Me fue tan bien que hasta me regalaron unos chiles en nogada y un caso de corrupción. No podía pedirles más, pues me han formado desde que me conocieron. Encontré también, de nuevo, un compañero de aventuras diurnas y nocturnas a nueve casas de mi vida y con 22 años de antigüedad, nada complicado y muy apasionado por lo que hace, igual que yo, que trae la chispa por dentro y contagia aunque no quieras. En realidad fue más bien un reencuentro, pues nos alejamos porque sí, de esos alejamientos que ocurren porque la vida es cotidiana y ya y no pasan hasta que te das cuenta que pierdes mucho si no te acercas de nuevo. Con él me veo bien, estoy bien, completa y sin hipocresías, pues no tiene fantasmas en la cabeza. También me reencontré en un Sanborns cualquiera con la única hija que he tenido en la vida, y nuestros planes a futuro son tantos que me alegro de haber pasado por dolores para disfrutar ahora más nuestro estar juntas. Ella sola es un refugio para mí. Y ya comenzó la cuenta de las cenas a media luz en la Condesa con las amigas de la vida, donde las carcajadas y los apapachos no faltan, con las que puedo hacer planes para ir a Timbuctú o Bali o Taxco sabiendo que todo plan será tomado con la seriedad que implica saber que de eso depende nuestra felicidad en el corto plazo, porque así es. O el reencuentro en una cantina junto a Bellas Artes con las mujeres literarias que me marcaron por siempre, aunque no lo sepan, para retomar nuestros eternos debates en el Metro años atrás cuando yo aseguraba que terminaría una carrera en literatura y tendría la marca azul y oro, que tengo, pero sin título. Ya hay fechas para Bunbury y conciertos de jazz y pláticas de libros con ellas y más. Estoy llena de conciertos, mañana es el primero. Ya despedí también a amigos que se fueron a vivir su experiencia al otro lado del mundo, que regresarán como yo, con ganas de cambiar más allá de lo que creyeron, y más enamorados que como se fueron, lo sé. Más satisfecha por esto no puedo estar. Aunque sean lugares comunes, estoy llena.


Así, un huracán. Colores, voces, sentimientos de siempre. Me la he pasado sonriendo por el reconocimiento de lo que soy y he construido en estos 27 años. Pero lo más grande no ha sido esto, sino lo nuevo de lo que creía conocer. He ido descubriendo día a día, con gran emoción y nudos en la garganta, que la mamá que dejé no es la misma. Ahora la mujer que me encuentro todas las mañanas por la casa es más fuerte y decidida, con muchas horas de clases de tanatología e idas a misa y consultas a los vecinos en la espalda, toda una líder, una heroína que ya no tiene miedo de dejar volar a sus hijos porque ella ya vuela, sin necesidad de papá ni de nadie. Se hizo realidad uno de esos milagros con los que soñaba de niña y ni me di cuenta cuándo pasó. Quizá por eso, porque es un milagro. O ver a mi padre cada vez más seguido sorbiendo un café de El Popular, a pasos de la Catedral Metropolitana, el mejor café del mundo conocido por mí, sin duda. Me tenía que ir meses para que ambos nos diéramos cuenta de que nuestras charlas sobre López Obrador y el narcotráfico y la corrupción y la crisis económica y la injusticia y la pobreza y el béisbol son verdaderamente indispensables en nuestras vidas y tenemos que hacerlas con la mayor frecuencia posible porque si no México sería más caótico de lo que es, pues nosotros le damos orden al mundo cuando estamos juntos, charlando. Así de contundente es mi juicio. Sin duda el placer de las cosas sencillas es lo grandioso, lo que no había podido ver estos días por estar pensando en dolores…

Aunque todavía momentos muertos me carcomen el alma de vez en cuando, también tengo toquecitos de magia para mi cotidianeidad. No sé cómo describir lo que siento cuando encuentro mensajes del otro lado del mundo con impresiones sobre el Bicentenario mexicano o sobre la nueva peli de la Roberts, detalles de relaciones tormentosas, historias de apuestas por nuevos proyectos, recuerdos de recetas de cocina con duraznos o que Madrid ya huele a otoño. Saco chispas, no quepo en mí. O cuando encuentro fotos nuevas sobre lo vivido, ventanitas en color al pasado, no puedo sino sonreír y agradecer, aunque de repente el pecho sienta mucho peso. No he tenido mucho tiempo de escribir, de regresar los múltiples toques de magia como quisiera, pero lo haré, porque tengo mucho que contar. Primero, que poco a poco rehago mi camino, y mis planes ya no tiene fronteras…

Esta semana hasta he dado otro pasito para superar lo más pesado. He dejado claro lo que no quiero aquí, a pesar del dolor y el recuerdo. A la larga mi corazón me lo agradecerá. No dudo. Y hasta aquí por hoy, porque el Odis se levanta tempranísimo.

Ella me lo ha dicho siempre...

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... desde que nací. "Es que tú eres como un libro abierto. No, Jésica, no seas así porque luego te vas a encontrar con esa gente que por no lastimarse lastiman. Y tú siempre confiadota, diciéndole todo a medio mundo".

Sí, tenía toooda la razón. Pero aprendí la lección rapidito. Bueno, quizá vuelva a caer... pero ahorita no. Por eso sonrío.

México. Día 19.

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Hoy terminé de desempacar... por fin. De lo reunido allá dejé sólo lo más indispensable a la vista, lo que me trae felicidad (una medallita de la suerte, un libro rojo, un vasito verde para una vela, un llaverito de la torre Eiffel) para no distraerme más de mi presente, no porque estos días haya vivido en el pasado, no, sino porque ya es justo y necesario darle la vuelta a la hoja. Lo demás está guardado. Por mi bien, como dice Moi. He logrado encontrar equilibrios entre mi rutina de aquí y mis pendientes en el espacio. Por ejemplo, decidí que la hora para los correos arrebatados será la madrugada, llegando del bullicio de afuera, si no hay alguien conmigo, porque soy más sincera y extensa y espontánea. Comencé esta semana, y me sentí bien, relajada tras contar y contar. También decidí claudicar, renunciar a explicar a quienes no estuvieron, porque nadie me entiende, y me siento sola. Aquellos que no escuchan por escuchar no están aquí. Se han cansado de leerme en todas las formas. En las próximas madrugadas todavía más. También dije por fin lo que tenía que decir para cerrar malos ciclos, lo que dará pie a que diga, ahora sí, lo que de verdad creo sin sentirme culpable: que la gente con dobles discursos no vale la pena, y menos estando acá. Liberación total, no más palabras gratis ni te quieros gratis ni cariñitos gratis, porque nunca hubo algo grande, ahora lo veo, ni hipócritamente. Casi felicidad. No, no es verdad, la felicidad está lejos, se me quedó en un balcón, en unos abrazos, en unas charlas de madrugada parada en una puerta, en una cena japonesa o en un bus, en un avión, en una playa. Otra vez, a reunirlo todo en palabras de madrugada. Estoy tan bien que ya hasta me veo aquí en plural, estoy en plural. Lo único que me aterra ahora son las secuelas que no creí que perduraran, insomnio, ansiedad, ganas de salir corriendo. Ésas todavía no se me quitan. Pero cómo, si apenas van 19 días... Apenas 19 días...

Está de pie frente a mis párpados,
sus cabellos entre los míos.
Tiene la forma de mis manos
y tiene el color de mis ojos.
Y fui por ella devorado
como una isla por el mar.
Tiene los ojos siempre abiertos,
me tiene siempre desvelado;
a plena luz sueña sus sueños
que hacen declinar el sol,
me hace reír, me hace llorar
llorar y reír, y hablar
sin tener nada que decir.
PE

El Bicentenario en el que creo

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"Una generación entera de mexicanos se ha despeñado en la dolosa negación de los ideales de independencia que pretendemos celebrar. Ha sido condenada a la subordinación, el exilio, la exclusión, la criminalidad, la injusticia, la ignorancia y la indigencia clandestina de la informalidad. Sombras humanas que se desvanecen en la abolición implacable de su dignidad".

Porfirio Muñoz Ledo, durante la sesión solemne en el Congreso de hoy.

"A las cartas les hace bien el mar"

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Me gusta escribir largo a los amigos porque es como una operación agresiva contra el tiempo, recortar en el tiempo París dos horas Buenos Aires. No sólo por gusto nostálgico -aunque eso esté, naturalmente- sino por lealtad a las cosas y a los seres definitivamente elegidos. La verdad es que quisiera contar muchas otras cosas, y que cierro cada carta con una pequeña sensación de estafa. Hay tanto aquí, cada día trae tal variedad de experiencias, que sólo un Swift sería capaz de registrarlas todas en una correspondencia. Y luego que el derroche de mi tiempo entraña el del tiempo ajeno, y no debo olvidarlo.

Julio Cortázar en una carta al poeta y pintor Eduardo Jonquières, enero de 1952

Buenas nuevas

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"Un periodista tiene dos pies. Tú tendrías que haber tenido uno allá y otro acá. Estoy decepcionado de ti". Mirada dura, como nunca antes. Reprochaste. Que te olvidé, que olvidé mi país, que olvidé mis compromisos, que no tengo imaginación ni iniciativa, que perdí mi tiempo, que creo que todo lo merezco. No respondí. Me dolió. Te quiero, te respeto y te admiro. Pero ahora mi cuerpo es dorado y bailo frente al espejo a todas horas y tengo muchas almas cerquita de mí. Ahora sé dónde está la luz que busco. Me demostré a mí, no a ti ni a los demás, que puedo hacerlo todo, que detrás de ti hay un mundo mágico. Tengo dos alas, y no son tuyas, son mías, nada más mías...

México. Día 1

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¿Cómo es posible condenar algo fugaz? El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia...
Milan Kundera


Últimamente me encuentro muy ocupada, tanto que ni siquiera me preocupo por ver dónde estoy, qué suelo piso. Otras veces no me percato ni de lo que le digo a mi(s) interlocutor(es) aunque, siendo sincera, me pasa mucho más cuando camino, sola. Es que mi mente no está donde estaba antes, es decir, donde yo estoy. Se va a viajar, al pasado. Se ocupa tanto y a todas horas que ya llevo muchos días sin poder dormir bien, y la cabeza ya me explota. No lo hago porque quiero, aclaro. De hecho, preferiría estar donde estoy, no en el limbo. Pero no sé cómo hacerle. He contactado a todos mis gurús, los nacionales y extranjeros. He enviado correos desesperados buscando respuestas, líneas y líneas de casi súplicas, contando mi padecimiento, pero nadie sabe qué decirme. Los que saben de qué hablo, porque lo han vivido, no han podido regresar del limbo todavía. Los que no saben dicen que se me va a pasar, que es normal, que espere, que no pida milagros, que llevo un día en una realidad que era la de antes, aunque ya no soy la de antes. Yo peleo: no es por llegar al país que estoy así, llevo semanas con esto, todo el tiempo estoy muy ocupada. Porque esto es una ocupación, una gran ocupación, gran no por maravillosa sino porque ocupa espacio, pensamientos, que deberían estar libres para poder seguir tranquila, sin ansiedad ni insomnio ni nostalgia ni insatisfacción.

Esta ocupación que padezco tiene espacios-tiempos favoritos, en los que casi siempre me veo riendo... o llorando. Un piso en una cuarta planta sin elevador, con un reloj que siempre marca cuarto para las cuatro, así se vaya a caer el mundo, despertares musicales, carcajadas y llantos entre confidencias; un pizarrón blanco y poemas, en Ascao. Una redacción cálida, viva, con grandes periodistas. Unos arcos inmensos, un castillo, guantes, gorros y frío frío frío en Segovia. Unos ángeles de piedra, una vista y unas escaleras, primero frío y luego fuentes de colores y canciones de Disney, en Montjuïc. Una marinera rumana lesbiana, un noviazgo de una noche y ocho copas en León. Un barman barbudo, de ojos profundos, sillones rojos y confidencias junto al Duoro, en Oporto. Un bar en Granada con toques de Buñuel, gritos andaluces, ron y lo que siguió. Un césped junto a una torre inclinada en Pisa; tormentas, cuerpos perfectos, unas pizzas frente a Neptuno y Filippo Lippi, en Florencia. Un pueblo blanco en lo alto, Mojacar, a unos cuantos kilómetros del mar, una farmacia contra la gripe, un Loro Azul, cojines, una cama blanca, un balcón, un vestido morado y mis pies descalzos. Un beso casi robado en Sol y la victoria del Atleti. El mar azul de una cala, una bici y un video, un inglés bonachón y agua fría, en Mallorca. En Marsella, la granadina del Mónaco rojo, una playa helada, un primer té de menta, un fotógrafo, un puerto y una ilusión. Un atelier con la ventana perfecta, un jardín, una foto, un menú incomprensible con la mejor companía y un vino rosado sin precedentes, en Provenza. Una cena a media luz en Trastevere, donde sólo el amor y el desamor tenían cabida; una cama de menos, caminadas eternas y un refugio religioso, en Roma. Un auto chiquito chiquito en Sicilia, casetas de cobro de horror, ruinas griegas ocres, recuerdos no comprados y la pobreza total; la madrugada con Monsi, desilusión, una calle de mala muerte y Ernestito, en Palermo. Un mercado de pescado lleno de música en Essaoura, una playa sui géneris, un hombre con ojos de desierto y sangre caliente, Jimmy Hendrix y deseos reprimidos. Jugo de naranja, un dedo malo y sabores baratos y más deseos reprimidos, en Marrakech. Un bar y una vista en Montmartre, llanto inútil en Le Marais, jardines reales, una canción en el Sena y un beso antes del Metro. Un avión perdido. Café Tacuba y Jarabe de Palo en La Eliana, el mar más perfecto, fotos de topless y una explicación de las enfermedades, en Valencia. Un viernes caluroso, un helado y mi desilusión, otra vez. La Furia, festejo festejo festejo festejo rojo, espera de horas y caminata solitaria en la madrugada. Una cena japonesa. Una canción a capela. La primera noche de lágrimas, en mi balcón, noche de historia de la música y sorpresas. Una despedida sin dormir. Una cena en el Danubio, la perfección del Parlamento húngaro y sus guardias, y carcajadas. Una visa perdida, un viaje perdido, una esperanza perdida y confesiones tras horas de charla en un ático de Praga. Paredes pintadas, un menú japonés, un edificio mágico, DJs, actitudes novedosas con llanto incluido y una dolorosa carta, en Berlín. Bucarest sin visa, una última noche, parques y mentiras piadosas. La Barceloneta, más desilusiones, una cena de toros y una noche de brincos. Una cena italiana en Madrid, el último Pez Gordo, el último abrazo...

Todo eso, al mismo tiempo, sin ningún orden, dolorosísimo. A veces en blanco y negro, a veces a color. ¿Cuándo voy a tener tiempo de pensar en el ahora otra vez? Paul Auster, José María Ridao y Milan Kundera han apaciguado mi mente, pero por momentos, sólo mientras están conmigo. ¿Mientras? Si alguien sabe los pasos para superar las pérdidas que me lo diga porque, a pesar del prometedor futuro, mi nostalgia es infinita, hasta de lo que me dolió y creí que nunca más querría recordar. Hoy sólo tengo una canción, para andar sin pensamiento...

Mis anocheceres en el Sena

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Hay que ser justos -dijo la Maga-. Pola es muy hermosa, lo sé por los ojos con que me miraba Horacio cuando volvía de estar con ella, volvía como un fósforo cuando se lo prende y le crece de golpe todo el pelo, apenas dura un segundo, pero es maravilloso, una especie de chirrido, un olor a fósforo muy fuerte y esa llama enorme que después se estropea. Él volvía así y era porque Pola lo llenaba de hermosura. Yo se lo decía, Ossip, y era justo que se lo dijera. Ya estábamos un poco lejos aunque nos seguíamos queriendo todavía. Esas cosas no suceden de golpe. Pola fue viniendo como el sol en la ventana, yo siempre tengo que pensar en cosas así para saber que estoy diciendo la verdad. Entraba de a poco, quitándome la sombra, y Horacio se iba quemando como en la cubierta del barco, se tostaba, era tan feliz.

Rayuela, Capítulo 27

El video del fin de semana

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Para sonreír todo el tiempo...


Atardeceres

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La tarde no podía ser mejor. El sol brillaba, pero no comía la piel, y el viento refrescaba sin despeinar. Estaban en silencio, sólo ellos. Era la primera vez que se encontraban totalmente solos desde que se conocieron. De repente él comenzó a hablar, pausadamente, para ella. Olvidémonos de Norteamérica y Sudamérica y de su futuro, olvidémonos de todos. Si aceptas, te regalo parte de mi sueño y nos quedamos aquí. Encontraremos un lugar donde dormir que tenga una ventaja por pared, para que lo oloroso de lo verde entre por las mañanas, incluso antes que la luz. Quedémonos aquí, aunque la arena de la playa no sea fina, así, al sentirla, nos recordará que estamos tocando el suelo y esto es real. Dejemos que todos vuelvan y quedémonos aquí, aunque no conozcamos la lengua, y te prometo que si aceptas te toco la mano por primera vez, sin discursos de pretexto, y hasta te digo lo que veo en tu cabello y lo que me haces sentir cuando me ves, o cuando te leo. Quedémonos aquí, vas a ver que si estamos juntos se nos olvida rápido que veníamos con recuerdos, y te prometo que te hago fuegos artificiales, como los que te conté la otra noche. ¿Lo recuerdas? Ella se quedó como piedra, con todo y vestido de florecitas. Desde la primera vez que lo escuchó hablar soñó con el momento en que le dijera algo más que lo convencional, y ahora que él lo hacía se le acababan las fórmulas para reaccionar. Entonces le dieron unas ganas endemoniadas de tocarle la cara con las dos manos y besarlo de una vez por todas, para ver a qué sabía. Y el sentimiento de bola en el estómago que apareció cuando lo descubrió mirándola desde su lente se hizo más grande, y hasta le tapó la garganta. Pero cerró los ojos, respiró profundo la brisa de mar y se recuperó, hasta que pudo contestarle. Hagamos todo lo que podamos ahora, no necesito ni la costa ni la gran ventana ni nada. Sólo necesito estar contigo, que me dejes ser y yo también, que me tomes fotos y yo te escriba muchos versos. Y veamos muchos amaneceres y atardeceres, como hoy. No necesito fuegos artificiales tampoco, esos ya los siento aquí, adentro. Se acabaron las palabras. La próxima vez que se vieran, entre todos, ya no serían extraños...

¡Ana me descubrió!

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Propón

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No hay mejores propuestas que las que invitan a recuperar el tiempo perdido y los deseos guardados. Punto.

En el sur...

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Hay un lugar en el mundo donde el Metro está tan cerquita del mar que cuando sales de él la nariz se te llena del pescado fresco que venden todas las mañanas justo allí, a un paso de la entrada del subterráneo, en puestos improvisados que aparecen cuando se pone el sol y desaparecen a media tarde, pero el olor se queda todo el día, haya o no viento. Un lugar con hermosas calles grises, desordenadas, sucias, y algunas, las más suertudas, con escaleras formidables hacia ningún lado, calles cuyas banquetas están marcadas con postes bajos y negros, señales únicas del sendero por donde hay que ir. Con edificios altos color ocre y sepia y esculturas incrustadas, que tratan de escapar de lo que ya no es, reminiscencias de un pasado mejor, grandioso, y balcones con herrajes oxidados por el estar diario sin gloria. Un lugar donde los mendigos te llaman madame o monsieur mientras alargan su mano para pedirte una moneda, que quizá han pedido igual desde el inicio de los tiempos modernos a griegos, romanos, visigodos, otomanos y hasta nazis; hoy, a africanos, musulmanes, africanos-musulmanes y a los galos, por supuesto. Un lugar que expele vida en las coloridas burkas de las mujeres que la caminan, en los rumores en lenguas exóticas que se escuchan en las cafeterías de los callejones sin turistas, donde los hombres te ven sin parpadear, con mirada profunda, de reto. Una ciudad donde los grandes tratos pueden hacerse en un paseo cualquier tarde junto al Fort Saint-Jean, entre botellas de alcohol y un exquisito té de menta con piñones, o en un escondite de la estación de tren, que corona una loma sui géneris y desprende un tufo a amoniaco que se confunde con el olor de McDonalds y de los bocadillos de quesos perfectos. Una ciudad sin intentos hipócritas de ser refinada y culta, como sus vecinas. ¿Para qué? ¿Para opacar todo lo que de verdad se es en aras de lo conveniente?

De Marsella me quedo con todo esto, y más. Con sonidos nocturnos estruendosamente broncos; con una cortina de encaje color perla que me hace imaginar lo que no se puede decir; con lo sedoso del cabello de muñeca vieja; con un vaso de Mónaco; con Cassis y su agua de mar fría fría fría, su chiringuito de techo de ramas y las reflexiones sobre el amor; con una ensalada de calamares, la receta de una sopa de pescado y una lámpara blanca; con el sueño de las calles de Provenza, las ventanas irreales de Cézanne y la plática impredecible, de lujo, sin más. Me quedo con todo esto, sí, y guardo como tesoro más preciado las miradas que me acompañaron, insustituibles. Otra grata sorpresa que se guardará, inevitablemente, en el cajón de mis nostalgias de mañana.

Sorpresas

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Los tres maestros, "Ya sólo falta la viñeta de la cuatro. Lo demás está cerrado". Rostros tranquilos.

Mujer del .com, de sorpresa, "Israel acaba de anunciar que va a liberar a todos los detenidos. Ya hay un cable de eso".

Los tres maestros se miran consternados por unos segundos, sin hablar. Sólo se miran. Después, en un movimiento casi poético, toman de nuevo sus lugares, sin hablar. Silencio total.

Es que así es el periodismo, la profesión que trata igual a becarios y a maestros, expertos en el tema, estrategas, visionarios. A todos nos pasa. Bendita profesión...

Otra semana

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Hace unos minutos subí los 66 escalones que separan la calle de mi casa, que está en el cuarto piso de un edificio de cuatro plantas en Ascao, en Madrid. Decidí contarlos sólo por ocio, porque quiero tener otras cosas en la cabeza que sustituyan lo malo, lo que inesperadamente me recuerda que no todo puede ser rosa. Y a veces las fuerzas del universo ayudan. Como hace rato, en el Metro, cuando en algún momento entre Gran Vía y Ventas un hombre chaparrito, menudito, discreto, con pelo perfectamente arreglado, un pantalón negro de vestir y un chaleco caqui, entró al vagón y sacó una reluciente trompeta de plata para tocar, casi susurrar, Bésame mucho. No dijo una palabra, sólo tocó. Sé que era mexicano porque lo sé, y ya, no por su aspecto físico (no puedo todavía consignar nacionalidades por apariencias, y quizá nunca pueda, porque es algo que rechazo), ni por su forma de caminar, pausada y hasta apenada, ni por la manera de empuñar la trompeta mientras tocaba, hacia abajo, condescendiente, ni por su peinado ni por nada más, pero tuve la corazonada de que era un paisano, y me quedaré con esa impresión. O a lo mejor quiero que sea mexicano porque me hizo viajar en el tiempo desde que escuché el primer sonido. Dio el re inicial en mezzo piano e inmediatamente estaba 14 años atrás, en la Anexa a la Normal Superior de México, viendo a un rechoncho profesor Jorge Reyes que nos enseñaba con gran devoción a unos cuantos cómo interpretar bien música. Él era trompetista, y aunque había tenido educación formal para tocar en una sinfónica o en una banda, si mal no recuerdo, la vida lo había mandado por el camino complicado, pues había hueseado, es decir, tocado sin respetar regla musical alguna en lugares de mala muerte. Por eso sabía los vicios en los que un trompetista caía más fácilmente, bueno, cualquier instrumentista, incluyendo el de la flauta transversal, mi instrumento. Decía que si se soplaba mal y de más el sonido siempre iba a salir tronado, reventado, como de mariachi, que había que hacer mucho énfasis en las ligaduras y entrenar la lengua para respetar la justa medida de las notas, ni más ni menos, para tener un sonido claro, puro. Buen sonido, pues. Y el señor que vi hace unos minutos en el Metro tocaba como el maestro Jorge nos pedía, cuidado, con técnica, sin gritar. La sonoridad de Bésame mucho fue in crescendo, de escucharse como un mero rasguño al viento hasta apoderarse del vagón, con ligaduras y puntos sobre las notas bien marcados y todo. Y por si no fuera poco tocó la Lambada después, sólo para confirmarme que cualquier música puede hacerse sublime con ciertas interpretaciones. Y aunque nadie le dio un solo céntimo en el vagón (incluyéndome, estoy en la banca rota) él se vio grande en mis ojos, porque había logrado sacarme del ensimismamiento en el que iba.

Pero sería muy injusto decir que en estos días sólo ha habido malas noticias o malos descubrimientos sobre las personas. No. La semana pasada estuvo llena de milagros. Por investigar un estacionamiento que lleva años en construcción conocí en una calle de Extremadura a la sobrina española de la actriz que por 23 años encarnó en México a Doña Cleotilde, la Bruja del 71 del Chavo del Ocho, Angelines Fernández. Ahora, por escribir esto, me entero que Angelines participó en la Guerra Civil Española del lado de los republicanos y que aunque vivió muchos años en México nunca lo hizo como refugiada. “Era hermana de mi padre. Murió en 1994, allá en México, y por eso nosotros siempre hemos querido mucho a los mexicanos”, me dijo la otra Angelines, la sobrina, que lleva “orgullosamente” el mismo nombre que su tía. También por esa investigación conocí a Ernesto y a Milagros, una pareja de octagenarios de Bilbao que escucharon por casualidad por qué estaba en su calle y no dudaron en ayudarme. Me enseñaron la gran hospitalidad española, me invitaron a su piso y sin empacho me enseñaron toda la documentación que los relacionaba con el estacionamiento que investigaba, y hasta me contaron el gran drama familiar que vivió Esperanza a finales del año pasado por una negligencia médica. “Si necesitas copias avísame y yo te las llevo a El País, nosotros encantados de ayudarte”, repetía y repetía Ernesto, tras sus lentes de aumento. En la nota sale citado como Emilio, por un gran gran error mío. Todavía me da pena.

Pero no fue sólo eso lo grande de la semana pasada. También una tragedia, la caída de una mujer invidente entre dos vagones del Metro, me permitió conocer cómo se puede viajar en ese transporte a ciegas, del brazo –literalmente– de una persona invidente, José Pedro, trabajador del área de prensa de la Organización Nacional de Ciegos Españoles, la ONCE, como le dicen acá. Carlos, el fotógrafo, y yo nos sorprendíamos de lo que Jorge Pedro nos iba diciendo. Y es que nunca pensamos de verdad si se puede viajar bien. Aquí en Madrid la conclusión de Jorge Pedro es que sí, pero yo no pude deslindar ese trabajo de México. ¿Por qué yo nunca he tenido la curiosidad de ver la señalización para ciegos en el Metro allá, si todos los días viajo en él y viajaré, espero, muchos años más? Ahora cada vez que subo una escalera en el Metro siento el piso, ¡lo juro!

Y bueno, aún hubo más. El miércoles estreché la mano de Lula, todavía presidente de Brasil, en el Presidente Intercontinental de Paseo de la Castellana. Todos los Balboas estábamos felices de conocer a un político que tiene nuestro respeto. De verdad inspira, o por lo menos a mí me inspira, que estoy acostumbrada a mediocridad, corrupción y egolatría en la clase política. Y en la tarde, por los preparativos de la final de la Champions en Madrid, anduve por el Retiro casi todo el día sintiendo el ambiente futbolero. Y por eso conocí a Zidane, que se jugó una cascarita con chavitos de las fuerzas básicas del Real Madrid, el Bayern y una selección de jugadores jóvenes asíaticos, de Japón y Corea del Sur, específicamente. Me llevé una sorpresa: ni es viejo, como de repente se ve en las fotos, ni es feo, como siempre creí. Y tiene ese halo de grandeza que no puede con él. Apenas si pude sacarle unas fotitos, es que estaba tan admirada con su halo que ni supe qué tanto hice mientras lo tuve al alcance de mi mano. De eso no salió nota, bueno, sí, pero no de Zidane, sino de un padre director de un colegio que entrevisté al día siguiente porque había tenido tratos con el Real Madrid para prestar las instalaciones de la escuela, junto al Bernabéu, a al UEFA. Bueno, no prestar, arrendar. Enterarme de boca de un padre cómo negocia el Club Real Madrid y la UEFA fue interesantísimo, la verdad. Además, hacer esa historia me hizo rondar el Bernabéu muchas horas, entre fanáticos italianos, alemanes y españoles que querían ya ya ya que fuera la final. Además, encontré un gran café, donde venden las mejores galletas que he probado en Madrid, a unos pasos del estadio. O a lo mejor era el hambre, como dice mi madre, pero el semáforo que me comí ahí es la gloria.

Los milagros del periodismo diario continuaron hoy, que me tocó cubrir una manifestación de policías locales exigiendo que no les recortaran el salario –algo que el Consejo de Ministros español aprobó, a petición de Zapatero, como medida anticrisis para todos los funcionarios públicos–y la aprobación de un plan de jubilación anticipada “como los de la Guardia Civil, o la Policía Nacional, o los bomberos, porque nosotros hacemos el mismo trabajo”, me decía Aurelio, un agente de tránsito de Asturias que vino a Madrid hoy, bueno, ayer, por lo tarde, sólo para marchar. Por desgracia no saldrá nota en el impreso, sí en la web, pero la experiencia de conocer policías formados, tranquilos, que pueden aspirar a retirarse dignamente, no tiene precio para alguien que viene del país que yo vengo y a la que le ha dado por escribir allá sobre las muertes de policías por el narco y la inseguridad.

Y ya por hoy. Falta mucho que contar, con los encantos de Palma de Mallorca, que visité este fin de semana, pero el sueño me gana. Lo importante es que esto de la escritura me ha servido, otra vez, para recordar que no todo es rosa, sí, pero muchas cosas sí lo son, y mejor pensar en eso que en lo otro…

Regalito para hoy

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Cortesía de El Poder para esta semana... tenía mucho tiempo de no encontrármelo, y siempre es igual de bueno...

Corazón coraza

"Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no."

Mario Benedetti
(Uruguay, 1920-2009)

La mala educación

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Recuerdo que fue una noche de diciembre pasado, ya sabía que venía a Madrid. Nuestra vecindad en la redacción se estaba haciendo insoportable desde días antes. Sus comentarios me molestaban, y los míos nunca eran tomados en cuenta. Tratábamos de ignorarnos. No sé si eran las jornadas larguísimas que habíamos pasado ahí sentados, separados por centímetros, cada uno viendo su monitor. O que simplemente nos había hecho mal ser tan juntos, platicar todo lo que pensábamos del acontecer nacional, de la profesión, del poder, de la familia, de los perros, de las frustraciones, del espurio. De repente, esa noche, estalló todo, sin más. Tras orden suya –“Quédate, tenemos que hablar de varias cosas”–, y una hora tensa de espera en la que yo me picaba los ojos sin tener nada que hacer, nos vimos en el snack, para hablar de “nuestras diferencias”.

Lo siento por los tres seguidores que me leen y sus respectivas mentes morbosas que quieren saber con santo y seña lo que nos dijimos, en momentos de manera nada educada, pero no pondré aquí mis recuerdos detallados de la discusión. Esos quedan entre él y yo y aquellos que tuvieron que consolarme en la noche de más lágrimas del último año –dígase Miguelón y mi madre, osease los de siempre–. Sólo diré que fue una discusión hiriente, que me hizo repensar mi pseudo-futuro-seguro-y-prometedor en Reforma. Una “charla” dolorosa, que tiene partes que preferiría olvidar. Pero hay un momento que rescato, por lo valioso que ha sido para el después. Yo acababa de entrevistar a Leonel Godoy, gobernador de Michoacán, en un hotel de lujo de Polanco. Es el hombre que gobierna el estado que vio nacer al peculiar grupo delictivo La Familia, ya mundialmente conocido. No le pongo cartel porque es otra cosa, mucho más complicada. Entrevisté a Godoy porque casi seis meses antes el gobierno federal había detenido a 10 alcaldes municipales y una veintena de sus colaboradores por supuestamente estar involucrados con La Familia. A él ni le avisaron. El proceso judicial está lleno de irregularidades y algunos vieron en las detenciones claras intenciones políticas contra el gobernador, que no es del partido del Presidente, Acción Nacional, sino de izquierda, del PRD. Queríamos la posición de Godoy.

Esa noche le había entregado el texto que, siendo sincera, no tuve problemas en redactar. Pero lo hice con desgano, porque yo había propuesto ir a Michoacán y hacer las historias de primera mano, y no me dejaron. A cambio de eso, entrevista con el gobernador. Entre todos los reproches periodísticos que me hizo esa triste noche, de repente soltó “Y la entrevista con Godoy, muuuy mala entrevista. Mediocre. No dice nada nuevo”, “¡Cómo no va a decir nada nuevo! ¡Si es la primera vez que Godoy habla sobre su posición, sobre lo que piensa de las detenciones!”, “Sería el colmo que no dijera eso, ¡si la entrevista te la puso el director! Estabas frente al que gobierna Michoacán, al que tiene que lidiar todos los días con una organización religiosa, inédita, donde empezó la guerra contra el narco, con el hombre que nunca habla, ¡y a mí me dio flojera leerla!”. Guardé silencio. Lo que siguió está brumoso en mi cerebro. Sólo recuerdo que la conversación alcanzó tonos inesperados y yo terminé sola con mi botella de agua en la mesa. Obviamente mi primera reacción fue de negación total, de éste lo dijo porque estaba enojado, pero después tuve que aceptar que tenía razón. Horas después leí la entrevista, ya algo calmada, y acepté con toda sinceridad que era pésima, que había desaprovechado una oportunidad de oro con condiciones ideales para entrevistar a alguien clave del momento, que por mi coraje de no ir a Michoacán había hecho mal mi trabajo. Y no es ni la única ni la última vez.

Tras un correo largo de medianoche, al día siguiente volvimos a hablar. Él sentía la necesidad de enmendar las cosas. Yo no quería, no ese día, estaba débil y con los ojos de pasa por la hinchazón. Se disculpó de lo que tenía que disculparse, pero sobre la entrevista fue firme. “Es que te falta madurez periodística, y eso sólo lo vas a adquirir trabajando todos los días. Tu desarrollo periodístico no ha sido como debiera haber sido, y tendrás que cubrir tú sola lo que te faltó. Yo haré lo posible por darte mi experiencia”, me dijo en un tono comprensivo, no sólo de jefe o formador, sino de amigo.

Este episodio lo escribo ahora porque lo he tenido muy presente últimamente, pues en algunos debates con profesores del programa y con los colegas latinoamericanos hemos discutido, desde varias aristas, lo poco que nos ayuda la escuela formal en esto del periodismo y, personalmente, he pensado mucho en mi formación, en toooodo lo que me falta. Sobra decir que han sido enriquecedoras y reveladoras charlas. No es que sienta que descubrí el hilo negro, pero ya entendí que los grandes debates, si no haces un esfuerzo por masticarlos, digerirlos y entenderlos, no te sirven de nada. Están ahí como de adorno, nunca te haces consciente, y yo he tratado estos tres meses de no andar de inconsciente en esto especial que estoy viviendo. Hoy, que estuve muchas horas malamente desganada en la redacción, con la cabeza hueca, en una sección acéfala que ha sufrido los últimos días algo de descoordinación, encontré otro pretexto para escribir sobre esto. Hoy, que me sentí totalmente inútil, surfeando en la red, me encontré con una Carta a un joven periodista. No la de Juan Luis Cebrían, no. Ésa también hay que leerla, y al principio de la carrera, no como yo, que la leí un año después de terminar cuando trabajaba en el sótano de Reforma para recordar mis intereses periodísticos y no renunciar. No. La Carta que yo encontré hoy y que me recordó esa noche de diciembre fue escrita por Walt Harrington, importantísimo periodista estadounidense que fue por 15 años parte del staff del Washington Post y es referencia obligada para el periodismo de lo cotidiano entre los gringos. Hasta hace un par de horas yo ni sabía de su existencia, porque mi formación periodística está TOTALMENTE INCOMPLETA, a pesar de haber estudiado con muchos buenos profesores cuatro años y medio en una universidad decente –pagar una fortuna– y seguir quesque leyendo de vez en cuando algo relacionado con la profesión. No postearé aquí toda la Carta, por favor leer aquí, no tiene desperdicio. Sólo recupero una parte, la que más me gustó, la que, según yo, los jóvenes que nos preocupamos por esto no deberíamos olvidar.

Doing this work well is an adventure but it is a lifelong adventure. I tell people that I didn’t do any work that I would like to have seen collected in books until I was 35. That means I’d been doing journalism for ten years before I did anything that I thought was memorable enough to keep. And yet during those years I was considered to be among the best at the places I worked. You need to set your own standards and keep them…

Reporting will always confirm our ignorance. For young reporters aspiring to do sophisticated work, though, the first step is to recognize just how dumb you are. That isn’t so easy for cocky, confident, ambitious young journalists to do. That’s why I always quote Crash Davis from Bull Durham saying, “Baseball is a game of fear and arrogance.” I think journalism requires that same balance of humility and confidence.

Me hubiera gustado conocer antes esto, pero no me lo topé, y leerlo me recordó esa noche de diciembre, y los buenos consejos que han venido después. Tras este día de aparente ocio ya tengo más tareas: devorar todo sobre Harrington (se aceptan regalitos Amazon para la Navidad), seguir leyendo sobre estas cosas y dejar la cómoda ociosidad en la que me encuentro ahorita y publicar. Por lo pronto para el lunes ya tengo un aparcamiento y, esta noche, un cumple a la brasileña…

PD. Para los preocupados por la pelea Google y los medios tradicionales, les comparto otro descubrimiento de hoy. El texto tiene la peculiaridad de haber sido escrito por James Fallows, periodista veterano, redactor de los discursos de Jimmy Carter y ex colaborador de Microsoft, un periodista insider, pues, algo raro, y su poder para hablar de Google desde Google se nota en el texto. Eso sí, es larguito.

Mojacar

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Es el lugar perfecto. Blanco por todos los costados. Calles perfectas. Mar perfecto, a lo lejos, de cuadro. Gente perfecta. Terraza perfecta. Tardes y noches perfectas. Bar perfecto (azul, no blanco), el más perfecto que he encontrado en este mundo perecedero. Temperatura perfecta. Vestido perfecto, morado, pero a tono. Compañía perfecta. Charla perfecta, aunque a veces dolorosa. Cama perfecta. Y no pude. Hubiera querido quitarme de una vez los gritos que me marean la cabeza, explicar pausadamente mis argumentos para algo que desde el principio no tenía guión. Y no pude. Otra vez no pude. Porque la blancura tan perfecta del ambiente no pudo pintar también mi mente. No pude dejarme llevar y ser sincera conmigo misma. "El que espera desespera", me dijo la mujer del perrito, cuando estaba sola frente al Mediterráneo. "Por eso yo no espero nada", le dije. Pero le mentí. Sí espero. ¿Y la música? Ésta, siempre ésta. Una veitena de veces, una treintena, cien. Ni qué hacer conmigo, pensé, hasta regresar. Se quedó como la música de ese pedacito de mundo. "Ahora acepte sus errores y asúmalos". Para la otra...



Pausa

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Ahora sí no ha sido fácil. Ni las nuevas calles, ni los lugares a media luz por las noches, ni los recientes conocidos, ni pensar en el futuro o en los viajes planeados. Nada ha servido. No he podido quitarme los pensamientos que traigo en la cabeza y la garganta desde hace un rato. No estoy de este lado y no tengo a quién confesárselo. A unos porque no quiero agobiarlos más sino ayudarlos, a otros porque hacen que escuchan pero sé que no. Y no está el Odis pa que me acompañe. Debería de leer a Onetti...

De maestrías

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Como todavía no he decidido en qué haré mi maestría y mi doctorado comenzaré hoy a vigilar pacientemente, paso a pasito, qué les preocupa a estos. Uno por ratito, o por tarde, o por hora. Todos menos uno. Adivinen cuál...

¡Gracias por el recuerdo!

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Primeros Ortega y Gasset

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Fue la primera de los galardonados que recibió el premio. Y la primera en hablar. Desde el inicio se le veía conmovida, se le escuchaba claramente la emoción a esa mujer alta con tacones bajos -más alta que yo, más que Javier Moreno- enfundada en un vestido negro y una chalina clara estampada. El jurado había considerado su blog “un completo tratamiento en periodismo digital de uno de los dramas más graves y brutales de nuestro tiempo: el acoso criminal e indiscriminado a personas indefensas en Ciudad Juárez, en México”. Tras esa presentación, Judith Torrea comenzó su discurso, que tuvo que interrumpir una vez a la mitad para tomar aliento y que las emociones no se le salieran por la boca, junto con las palabras.


Hola. Muchísimas gracias a todos por este premio. Este premio va dedicado a los 10,000 niños huérfanos de la llamada guerra contra el narcotráfico que ha dejado a estos niños no solamente huérfanos de sus padres, también de las autoridades mexicanas, que si no hacen nada se van a convertir en los sicarios del futuro,
que ahora cortan las cabezas en Ciudad Juárez.

Este premio va dedicado a mi querida Ciudad Juárez, donde sobrevivir cada día es un reto, entre edificios tiroteados, entre casas abandonadas. Va para mi querida Ciudad Juárez. Les agradezco muchísimo a ustedes por otorgarme este premio. Cuando yo recibí esta noticia, soy una periodista freelancer, me quedaba dinero para dos semanas, para seguir comiendo. Parte de este premio va a ser para seguir sobreviviendo haciendo este blog, que lo hago gratis, es completamente independiente, no está en ningún medio de información. Pero parte de este premio va a ser para fundar el primer proyecto que ayude a los niños huérfanos de esta llamada guerra contra el narcotráfico.

Voy a donar este dinero a Casa Amiga. Casa Amiga es un proyecto que nació en el 99 (casi llanto, muchos aplausos) para dar la voz, o intentar dar la voz a las mujeres a las que se les arrebataba la voz, a las mujeres que desaparecían en Ciudad Juárez. Fue creado por Esther Chávez Cano, que este 25 de diciembre nos dejó, y está en su universo, supongo que abrazándome este día. Por ti, Esther, por todo Ciudad Juárez, por Casa Amiga y por los niños huérfanos, por Ciudad Juárez y por ustedes, por estar acompañándome en este día tan importante para mí. Gracias”.

Sobra decir que desde la mitad mis ojos eran agua, que me dolió la realidad que ella relataba como hace ya rato no sentía, y que me daba orgullo que esa mujer española de 37 años, de cabello largo con gafas de pasta bicolor hubiera emprendido su proyecto en solitario, sin nada detrás, sin red de seguridad, como los equilibristas más osados. También me sentí sola con ella en ese foro lleno en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, al que pude entrar gracias a la suerte, a un regalo. ¡Qué bueno que la gran mayoría de los importantes invitados no podía ni imaginarse de lo que Judith hablaba! ¡Qué bueno que les es ajena la realidad que ha visto en los últimos seis años en África José Cendón, el desfachatado fotógrafo galardonado por su serie de imágenes Somalia, el fin del mundo! ¡Qué bueno que los fenómenos de inimaginable falta de humanidad que vivimos en algunos países no han tocado todos los territorios de la Tierra ni han marcado todas las mentes! Me sentí más sola todavía cuando pensé que los galardonados estrella eran los de casa, de El País, por el Caso Gürtell, por haber desmarañado la trama de corrupción más importante de la España democrática, y que pudieron darle nombre y apellido a los responsables, algo que no sé si veré en mi México algún día. Para ese futuro incierto trabajo todos los días. Qué bueno todo eso, porque es muy jodido que la grandeza de tu trabajo consista en reconstruir los pedazos desgarrados de lo que ves, de los lugares que ves, de la gente que ves, ¿o los dulces premios quitan aunque sea un día lo agrio de la boca?

Después de Judith y José y El País vino Jean Daniel y Cebrián y los periodistas sin periódico y el embate de internet y mis dudas, pero esas cavilaciones las cuento después. Días y días de no dormir hacen que las cabezas exploten.

Signos infalibles

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La felicidad se hace con pedacitos. Algunos ni siquiera se notan, pero ahí están. Los pedacitos de un día como hoy duran todo el año...

- Pasar una tarde antes en una colchoneta blanca, en terraza-estilo-Ibiza, con Madrid a tus pies, pensando en qué otra terraza encontrarás fortuitamente a "una persona que puede cambiarte la vida".
- Despertar a medianoche y encontrar dos queridas sonrisas con un engordador pastel.
- Escuchar Un mundo raro como si tu papá se la cantara otra vez a tu mamá.
- Vivir un día soleado.
- Leer a Hemingway mientras desayunas lo que te hiciste de regalo.
- Recibir historias de cronopios desde el otro lado del mundo.
- Leer un mensaje electrónico de tu mamá, que antes no sabía ni prender una computadora.
- Recibir regalitos de unas cuantas palabras de los importantes, que de repente se te olvidan por la ingrata cotidianidad.
- Escuchar cómo te cantan por el teléfono.
- Sentirte deseada.
- Trabajar.
- Caminar y caminar y caminar... y pensar.
- Comer en una banca, bajo un árbol frondoso, de un lugar desconocido y sorprendente, por sencillo.
- Hablar con gente desconocida, y que te sonría.
- Escuchar a alguien brillante discernir.
- Escribir sobre otros y sobre ti.
- Carcajearte. Con una vez es suficiente.
- Cenar con una gran compañía.
- Llegar a tu habitación, salir al balcón y tener una gran vista:




Ante un día tan contundentemente bueno sólo queda agradecer, a todos, por los siguientes 365 días de suerte que me dieron hoy.

Para J. E.

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Hoy vi el amanecer de principio a fin. Tras una noche intensa, una espera memorable en una banca de metal y un trayecto de risas llegué a casa. Cansada, a medias. De repente la portada del diario de hoy, que había comprado hace unos pasos, y el pie de foto. "Un Cervantes mexicano y mendicante". Ya no pude dormir. Tuve que leerlo todo, lo del diario y lo demás, mientras el cielo se hacía azul clarito clarito. Luego me vinieron los flashasos de la memoria y el Por alto que esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo... y los versos dolorosos y los felices. Porque es un mito José Emilio Pacheco que, como algunos otros mitos mexicanos, puedo palpar todos los días.

Yo fui una de los tantos que lo conocimos en la secundaria, cuando Las batallas en el desierto era el libro obligado. No sé si haya un libro más masivo en México escrito por un grande. Lo he leído unas cinco veces, casi todas de una sentada. Luego conocí la poesía, que todavía no alcanzo a dilucidar. Recuerdo mi enternecimiento cuando leí por primera vez Alta traición, porque decía más que muchas de las odas de páginas y páginas escritas para México. Y lo primero que hice después de leer El reposo del fuego fue arrancar una hoja de cuaderno -de la universidad, por entonces-, escribirlo ahí a toda prisa y guardar el papel muy bien en una bolsa que quería tener a la mano todos los días de mi vida, para que cuando encontrara a la persona correcta le entregara el sentido regalo en las manos, y lo viera leerlo y respirar profundo y largo, como yo lo hice. Todavía no encuentro a esa persona. El regalo está en mi cuarto, donde sigue esperando llegar un año de estos a las manos correctas. Y hasta me duele recordar cuando pinté con un plumón negro en una de las paredes de mi cuarto el ¿Quién ordenó todo esto? Aquí, aquí batallón Olimpia. Mi madre irrumpió en mi espacio para decirme que eso ya parecía una cárcel, que yo y mis frasesitas de Cortázar y de Vila-Matas y ahora de Pacheco. Le ofrecí el libro, se sentó en mi cama con colcha amarilla y dos minutos después ya estaba llorando, y me hizo llorar a mí, porque en mi casa siempre me enseñaron, desde el inicio de mis tiempos, que hay indignaciones que no caducan, que no pueden caducar. Quizá por ese mismo sentimiento Pacheco recopiló frases de lo vivido en 1968 y creó poesía de una tragedia 10 años después. Sólo él pudo hacer versos de donde había sangre.

Por eso no me sorprendió cuando llegué a la Facultad de Filosofía y todos hablaban de él como si hablaran de un dios. Ninguno de mis grandres profesores era capaz de reprocharle nada, ni siquiera una línea, como a otros grandes, porque se sabe que es uno de los pilares del México literario, desde la creación, sí, pero también desde el análisis, desde la crítica, desde la traducción. Ahora que vino a España a decir que escribe "porque le ocurre algo", que es "uno más" entre los escritores del idioma y que no es ni el mejor poeta de su barrio, porque su vecino es Juan Gelman, que se lamenta por la enfermedad de Monsiváis, que el dinero del premio lo ocupará en cuidados médicos, que su única riqueza es la lengua y que todos los escritores son de una orden mendicante, pienso que la lección más grande que Pacheco nos ha dado no es literaria, es de vida, de humildad, de esa grandeza que nos advierte de la falsedad de los oropeles sin valor que nos encontramos en cada esquina, lo mismo en Madrid que en la Ciudad de México o en donde sea.

Ya amaneció. No sé por qué tengo remordimiento, quizá porque sé que en lugar de estar en la marcha debía estar atenta a esto, a nada más. Puede que regrese el insomnio. No hay mejor formar que iniciar un día con Pacheco en la cabeza. Hace exactamente una semana estaba sentada en una barra de cafetería de Granada hojeando el diario. De repente me encontré con Juan Gelman, y ahora no puede ir mejor: "Escribir poesía es abrirse camino en uno mismo". Definitivamente Pacheco es uno de los que tienen más surcos labrados. El mundo sería mejor si todos fuéramos aunque sea un poquito con él.

Tal vez la memoria inventa lo que evoca y la imaginación ilumina la densa cotidianeidad
.

J.E.P., ayer, al recibir el Premio Cervantes.

De soledades

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Desde su regreso al pozo, para no perturbar su espíritu, trató de no leer el diario. Pasada una semana, ya no tuvo deseos de leer. Después de un mes, casí había olvidado que existían cosas tales como el periódico. Cierta vez encontró la reproducción de un grabado, El infierno de la soledad, y la observó con curiosidad. Se trataba de un hombre flotando inestable en el aire, con sus ojos abiertos por el terror, pero el espacio que lo rodeaba, lejos de ser vacío, era una serie de sombras semitransparentes de muertos que impedían cualquier movimiento del hombre. Los muertos, cada uno con diferente expresión, parecían empujarse unos a otros mientras hablaban incesantemente al hombre. ¿Por qué razón eso era El infierno de la soledad? En aquel momento pensó que se habían equivocado al poner el título; ahora podía entenderlo. La soledad es una sed que la ilusión no satisface."


Kobo Abe, La mujer de la arena

Sólo puedes sonreír...

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...cuando en una calle de Madrid
a un hombre nunca antes visto
se le despereza el sentido
y compara tu cabello
con el de la Virgen de la Almudena,
para rematar gritando ¡Olé!

Para que encuentres otra oportunidad pronto

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Día de palomitas

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Hoy quise un imposible, ver a Juan Villoro, a Fernando Savater y a Jesús Ruiz Mantilla en el Círculo de Bellas Artes respondiendo a quien fuera a escucharlos si el periodismo es la única arma contra la impunidad... a las siete treinta de la noche. Está por demás decir que no lo logré. Son más de las nueve y sigo en la redacción. Pero si hubiera ido me hubiera perdido de la experiencia más enriquecedora que he tenido en este diario.

La primera palomita me la di porque pude redactar una nota que me gustó en un par de horas, con datos, testimonios y buen ritmo. Diarismo que prácticamente nunca hago y que me dejó contenta, con la sensación de ser capaz, algo que me ha traído malos sabores últimamente. Comí en mi lugar no por obligación, si no porque estaba embebida en mi texto y pensando en el Villoro de después. Y comí pasta que hice yo, y lo digo con toda la intención de provocar incredulidades en América. Ni un euro gasté y comí rico. Otra palomita. De repente, a eso de las cuatro de la tarde, escuché una voz que venía justo del centro de la redacción. "Hemos convocado a esta asamblea porque...". Todos comenzaron a acercarse, los grandes y los no tanto, los maestros y los del máster. Todos. "...porque queremos discutir qué está pasando en la empresa". En un cerrar de ojos, como si me hubiera trasladado a otra dimensión, escuchaba una asamblea de periodistas preocupados por su futuro, sin saber qué hacer, como todos en el planeta, si pedirle o no cuentas a la dirección porque no les mencionó que el departamento de sistemas fue desagregado, si está bien que El País se resquebraje en pedacitos cada vez más pequeños para abaratar costos. Si tenían que marchar en Gran Vía a manera de protesta, en coordinación con las centrales sindicales. Si esto, si lo otro. Los veía preocupados, pero sin saber bien a bien por qué. Preocupados por el futuro incierto, era claro, y lo único que podían argumentar era "Que nos avise la dirección de cualquier cambio". De repente, uno de ellos dijo "¿Para qué hacer esto, si el modelo de negociación con la empresa ha funcionado en los últimos treinta años?". ¡Ése era el problema, que nadie sabía si lo que había funcionado antes aplicaba para hoy y para mañana! Algunos más hablaron y preguntaron, otros pidieron encontrar formas de apoyo más allá de las marchas "porque tenemos que trabajar". Al final se aprobó una resolución a mano alzada, "Que nos informe la dirección de cualquier cambio". Lo mismo. Todos regresaron a su lugar, en un ambiente de confusión. Nunca había visto una reunión así en mi tiempo de periodista. Me recordó que sólo he sabido de sindicatos por lo que reporto y por lo que leo, pero no por lo que practico. Y luego, ipso facto, recordé al subdirector que nos habló del futuro en la salota de juntas de este lugar, cuando el tema era la revolución de internet para la sección Madrid. "Lo que está haciendo El País es un salto al vacío. No sabemos adónde vamos". Nadie sabe, y eso quita tranquilidad y sueño y provoca asambleas raras... en El País.

Si sólo hubiera visto eso mi día hubiera sido completo, redondo, aun sin Villoro. Pero la realidad tenía que asombrarme más. Tras la reunión, una hora después, calculo, la buena Charo, la mujer que sueña con hacer la enciclopedia definitiva de lugares de repostería en el mundo y la segunda a bordo del barco Madrid, abrió su típica caja de galletas. Ayer fueron torrejas que hizo su madre, que no quise ni probar porque la cabeza me estallaba y tengo mis tabués con el azúcar. Me arrepentí, pero tuve una segunda oportunidad hoy, las galletas. Se abrió la caja de Pandora y todo fue dulcísimo. La grata convivencia que genera una caja de éstas me permitió conocer que mi vecina de Internacional, la que estaba junto a mí, afable y con voz delicada, vivió en Jordania año y medio, cubrió las dos guerras de Iraq, ama Petra y que comió hoy con dos defensoras de derechos humanos mexicanas que trabajan en Oaxaca. Que el compañero de Inter de más allá, un hombre alto, canoso y con voz tranquila, conoce al chef que acaba de abrir el mejor lugar de comida marroquí en Madrid, en la calle de Lope de Vega, porque vivió en Marruecos y reporteó ahí. Que Ramón Lobo traía galletas de chocolate moscovitas, de alguno de sus míticos viajes, y que le llama frontispicio al subtítulo de una nota. Casi poesía. Que Jaled, compañero mío que nació en 1984 en Palestina, que estudió derecho y periodismo, que terminó este año el máster y que tiene unas rastas hasta la cintura –y nadie le dice nada– tiene un padre palestino que traduce el árabe para el diario cuando es necesario y cocina y que hoy, justo hoy, hizo falafeles para el compañero español-marroquí de Inter. Pero Jaled los compartió con todos. ¿La mezcla? En menos de media hora no sólo me comí como Lucas una veintena de galletas del Mercadona –como dice Víctor, el editor de la sección–, una delicada galleta moscovita –que me supo ¡a gloria!– y un falafel –con un sabor exquisito como nunca lo había probado–, sino que comprendí, quizá por primera vez, la riqueza de este lugar, su constitución de monstruo, el poder humano encerrado en esta redacción, que está viva a pesar de sus retrasos virtuales, y me sentí privilegiada como nunca. Fue uno de esos momentos de claridad absoluta que dice Isherwood, que sólo se logra con el toque humano.

Por eso tenía que escribir esto ya y aquí, en mi lugar. Porque hoy el día fue mágico. Y sigue siéndolo, aunque sean casi las once de la noche, porque Ramón todavía está arreglando frontispicios de su sección, porque Charo sigue haciéndose bolas con las notas de mañana aunque siga pensando en repostería, y porque Víctor, Jaled y Pablo, el otro becario egresado del máster, un joven culto y reflexivo, siguen escribiendo y editando para mañana con una dedicación tal que no vale, ni ahorita ni nunca, que ya cada vez menos gente lea el papel. No vale para ellos... ni para mí. Quedan aquí otros más, con la página web y los cierres, en un país donde todavía se tratan de cumplir los buenos tiempos de vida casi todos los días. Y yo aquí, de mirona, por las vueltas de la vida. Muchas palomitas para hoy, olas y olas de palomitas, y la más grande por escribirles aquí, pa' que recuerde después...

A lot of water under the bridge

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Madrid. Casi medianoche. Bar mexicano. Buena música. Plática ensordecedora y profunda. Afuera comienza a chispear. De repente las bocinas anuncian momento emotivo, que valdrá para ésta y para las demás noches, cuando no haya viajes en puerta. Porque en otro lado del mundo, en casa o en donde sea, le pediremos a nuestro Sam que por los viejos tiempos toque, pa' recordar y pa' sentir que todo ha cambiado entre un día y otro porque, como ellos, siempre tendremos nuestra ciudad...

Temperatura

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Por fin el frío parece ceder en las calles madrileñas. La gente se aligera y se adueña de las aceras, cada vez más luminosas. El bienestar se nota. La luz entra cada vez con más fuerza por mi balcón, me despierta, me aconseja a gritos que me levante de un salto y me ponga a vivir. En pocos días mis hombros y mis piernas sentirán sin empacho la luz del sol. Y ya tengo sueños puestos en Florencia, Roma, Marsella, Marrakesh, Valencia y lo que falta. Ya hasta mis nubes grises cayeron por su propio peso y ni se convirtieron en lluvia, qué mejor. ¿Qué más se le puede pedir a Madrid? Simpleza, simpleza.

Para ellas

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Leía Chesil Beach y encontré la versión de Ian McEwan (inglés, 1948) sobre qué es el enamoramiento para las mujeres, o por lo menos el primer enamoramiento. Me pareció interesante, por darle un adjetivo neutro y entendido por todos, y me surgió mucha curiosidad por saber qué tanto nosotras veíamos en el texto algo de nosotras. Ahora no explico mi experiencia, falta de tiempo –un gran café por Callao me espera–, pero no quería dejar de compartirles el fragmento a las chicas a mi alrededor, a ver si algo les mueve. Cualquier parecido con la realidad reclámenle a él, yo sólo reproduzco... Ah, prometo que es la última cita del día...


–¿Así que pensaste que era un flechazo? –dijo él. Su tono era desenfadado y burlón, pero ella optó por tomarle en serio. Las inquietudes que habría de afrontar estaban aún lejos, aunque algunas veces se preguntaba hacia dónde se estaba encaminando. Un mes atrás, se habían declarado mutuamente enamorados, y después de la emoción ella pasó una noche medio desvelada por el vago temor de haberse precipitado y desprendido de algo importante, de haber entregado algo que realmente no le pertenecía a ella misma. Pero fue algo tan interesante, tan nuevo, tan halagador y tan hondamente reconfortante que no pudo resistirse, y fue una liberación estar enamorada y declararlo, y no pudo evitar ir más lejos. […] Enamorarse era revelarse a sí misma lo extraña que era, la frecuencia con la que se enclaustraba en sus pensamientos cotidianos. Cada vez que Edward le preguntaba “¿Cómo te sientes?” o “¿Qué estás pensando?” ella siempre daba una respuesta forzada. ¿Tanto le había faltado descubrir que le faltaba un simple resorte mental que todo el mundo tenía, un mecanismo tan normal que nadie lo mencionaba siquiera, una inmediata conexión sensual con la gente y los sucesos, y con sus propias necesidades y deseos? Todos aquellos años había vivido aislada dentro de sí misma y, extrañamente, también aislada de sí misma, sin querer nunca mirar atrás ni atreverse a hacerlo. En la sala resonante de suelo de piedra y gruesas vigas bajas, sus problemas con Edward ya estuvieron presentes en los primeros segundos de su encuentro, en el primer intercambio de miradas.

Una noche en una fiesta...

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Estoy en la redacción. El tiempo transcurre lento lento cuando todos los ojos están puestos en un solo caso. Importante, sí, pero sólo uno entre tanta realidad. De repente, Catalina me regala un chocolate por la ventanita del GTalk, para que piense en mis temores y recuerde mis pláticas sui géneris con gente que dice conocerme pero que se ha sentado en mi sofá rojo una sola vez:


En tiempos en que todos ya somos tan sensatos y racionales la pasión es un lujo".



Astrid Hadad a Alma Guillermoprieto, 1993
Ahora no es el tiempo el que discurre, soy yo...

El presente y el futuro

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A few times in my life I've had moments of absolute clarity, when for a few brief seconds the silence drowns out the noise and I can feel rather than think, and things seem so sharp and the world seems so fresh. I can never make these moments last. I cling to them, but like everything, they fade. I have lived my life on these moments. They pull me back to the present, and I realize that everything is exactly the way it was meant to be.

George, A Single Man, Christopher Isherwood

En territorio luso

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Me hubiera gustado tenerte al lado para que reprodujeras en un dos por tres el azulejo luso. Para que pasaras al papel el azul y el crema, con el toque de otro mundo que tanto se te da. Así, con calma, para que te quedara como una de tantas obras de arte que te sacas de los dedos sin darte cuenta. Te hubiera encantado Porto, con sus callejones viejos para perderse un rato del mundo, y colores descarapelados y brillantes a la vez que te hacen sentir como en casa, una casa vieja y desvencijada que amenaza todo el tiempo con no estar al otro día pero que ofrece la certeza de durar siglos. Porque en sus callejones parecía que te encontrarías a la gente querida saliendo de un balcón, de una puerta de madera. Y el Douro, el Douro, con su doble vida, una la real y otra del reflejo. Estoy segura de que tú sí hubieras olido, hubieras saboreado, porque yo sólo observo, y callo. Ver en la noche los reflejos en la superficie del agua, con sus destellos, uffff, no sabes, tenías que estar ahí. Y luego el tren, el mar, las inmensas casas de verano, o de todo el año, y los sueños intermedios y los detalles de Saramago y el reflejo del sol y la periferia y la gente de tonos distintos que aparece y todo. Todo. Y luego Lisboa, y la llovizna, y el misterio. Porque Lisboa es una ciudad de misterio, donde sabes que se esconde algo más allá de los pisos ni ocupados ni rentados ni nada, de la gente con actitud caída y casi melancólica de lo que ya no pudo ser, como el hombre de la bebida verde-Vigor de la Pastelaria Lisboa, en Almirante Reis, la de todas las mañanas, o el de las insignias ya de la calle de Palma, que dirige el tráfico sin autos de su cabeza. Y Rossio y la Plaza del Comercio y las estatuas ecuestres y las palomas y las fuentes. ¿Dónde estabas? ¿Por qué te apareciste tan insistentemente? ¿Por qué? Y eso que no te he contado de Sintra, y de la caminata esforzada hacia la cima De los Moros y la neblina y la humedad. Y lo verde, lo verde. Me la pasé caminando siempre, porque me lo exigieron y porque pensaba más claro. Quizá por eso te apareciste. Por eso quería encontrarte un regalo digno, aunque no fuera Pessoa, y lo encontré, el Animalario. Pero no lo tendrás, por mi desidia ante Bairro Alto y las decisiones fáciles. Todo fue mágico. Te lo comparto acá, ya que tras una década de amistad he recibido tu segundo mensaje memorable, tras la canción que me enviaste de la pecera hace años. ¿La recuerdas? Te extrañé. Me hubiera gustado que sintieras la magia de la melancolía portuguesa. Hubieras cuidado de que mis tenis verdes no resbalaran en las banquetas. Para la otra, si el capricho no me gana...

Dos meses en Madrid

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Pasos. Por calles desconocidas que rápidamente se hicieron familiares. Por mi profesión, que dejé de pensar hace mucho y en la que ahora reflexiono cada vez que me levanto o que escucho a un colega. Por mi vida reciente, los míos y no tan míos. Por lo que ya no es. Por lo que leí y no he leído. He dado pasos por todos lados de mí en Madrid. A veces me ha dolido y a veces no tanto. Otras veces he sentido el vacío de no haber dicho no o no más en el momento justo y otras se me dibuja una sonrisa en la cara porque me doy cuenta en un segundo de que tengo todo el tiempo para volver a empezar. Repensar, replantearse, resoñarse, re re re. A veces los raspones son inevitables. Me he hecho muchos acá. Casi dos meses y ya tengo un par de cositas más claras que al principio… Menos pendientes, más hermanos y más caminitos por andar. Nada más…

Viaje según su proyecto propio, dé mínimos oídos a la facilidad de los itinerarios cómodos y de rastro pisado, acepte equivocarse en la carretera y volver atrás, o, al contrario, persevere hasta inventar salidas desacostumbradas al mundo. No tendrá mejor viaje. Y, si se lo pide la sensibilidad, registre a su vez lo que vio y sintió, lo que dijo u oyó decir. En fin, tome este libro como ejemplo, nunca como modelo. La felicidad, sépalo el lector, tiene muchos rostros. Viajar es, probablemente, uno de ellos. Entregue sus flores a quien sepa cuidar de ellas, y empiece. O reempiece. Ningún viaje es definitivo.

José Saramago, Viaje a Portugal

Me acordé de Murakami. Lo siento!

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A lot of the people who read a bestselling novel, for example, do not read much other fiction. By contrast, the audience for an obscure novel is largely composed of people who read a lot. That means the least popular books are judged by people who have the highest standards, while the most popular are judged by people who literally do not know any better. An American who read just one book this year was disproportionately likely to have read ‘The Lost Symbol’, by Dan Brown. He almost certainly liked it.

— The Economist

De Año Nuevo

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Sí, ya sé que ya casi se acaba el primer mes del año y yo poniendo mi post de Año Nuevo, pero ni modo, no me ha quedado tiempo entre chamba, trámites, preparativos y lecturas frenéticas, porque ahora sí han sido frenéticas.

Les comparto el regalo que me dio mi querido amigo Risko, el asesor literario más grande que tengo e inicipiente (ya ni tan incipiente) rockstar de Grupo Fórmula y TV Azteca. Lo escribió Manuel Vicent, escritor, una graaan pluma de El País. No puedo dejar de compartirlo aquí porque es el mensaje de Año Nuevo más bonito que me hayan dado jamás.

Eso deseo para todos en 2010.

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El tiempo


El tiempo no existe. El tiempo sólo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada. Después de Reyes, un día notarás que la luz dorada de la tarde se demora en la pared de enfrente y apenas te des cuenta será primavera. Ajenos a ti en algunos valles florecerán los cerezos y en la ciudad habrá otros maniquíes en los escaparates. Una mañana radiante, camino del trabajo, puede que sientas una pulsión en la sangre cuando te cruces en la acera con un cuerpo juvenil que estalla por las costuras, y un atardecer con olor a paja quemada oirás que canta el cuclillo y a las fruterías habrán llegado las cerezas, las fresas y los melocotones y sin saber por qué ya será verano. De pronto te sorprenderás a ti mismo rodeado de niños cargando la sombrilla, el flotador y las sillas plegables en el coche para cumplir con el rito de olvidarte del jefe y de los compañeros de la oficina, pero el gran atasco de regreso a la ciudad será la señal de que las vacaciones han terminado y de la playa te llevarás el recuerdo de un sol que no podrás distinguir del sol del año pasado. El bronceado permanecerá un mes en tu piel y una tarde descubrirás que la pared de enfrente oscurece antes de hora. Enseguida volverán los anuncios de turrones, sonará el primer villancico y será otra vez Navidad. La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama. No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño.

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Cambios

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Tras algunos impedimentos queda oficialmente inaugurado el periodo de despedidas, porque en 15 días me voy a vivir a España. Nunca he sido de organizar festejos o comilonas para mí misma. Me siento incómoda, no sé qué decir. Por esto aclaro que por despedidas no entiendo La despedida, sino despedidas de baja intensidad, estilo guerrilla, muchas despedidas, en cafés y bares y casas y calles y centros comerciales y restaurantes y donde sea. Los requisitos, que estén los que tienen que estar, abrazos y poca emotividad, porque luego me hacen llorar. Me voy poquito tiempo, siete meses, pero uno nunca sabe.

Esta condición taaan humana de no tener conciencia del tiempo ha hecho que, para variar, este último mes se me haya pasado taan desconsoladoramente rápido. Ya me voy! Mi corazón late rapidísimo.