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Aviones

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Hoy me escribiste. Me dijiste que estás feliz de ayudarme a cargar aunque sea unos días esta pesada losa de culpa, de recriminación, de desolación que niego a cada minuto. Yo sé que también puedo ayudarte, aunque sea con un abracito. Porque estamos en un limbo, tú allá y yo acá. Recibí tus líneas como oxígeno, porque tienes razón, yo tampoco sé cómo enfrentar que te extraño, que conjuro todo en ayer, por eso ya voy...

México. Día 19.

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Hoy terminé de desempacar... por fin. De lo reunido allá dejé sólo lo más indispensable a la vista, lo que me trae felicidad (una medallita de la suerte, un libro rojo, un vasito verde para una vela, un llaverito de la torre Eiffel) para no distraerme más de mi presente, no porque estos días haya vivido en el pasado, no, sino porque ya es justo y necesario darle la vuelta a la hoja. Lo demás está guardado. Por mi bien, como dice Moi. He logrado encontrar equilibrios entre mi rutina de aquí y mis pendientes en el espacio. Por ejemplo, decidí que la hora para los correos arrebatados será la madrugada, llegando del bullicio de afuera, si no hay alguien conmigo, porque soy más sincera y extensa y espontánea. Comencé esta semana, y me sentí bien, relajada tras contar y contar. También decidí claudicar, renunciar a explicar a quienes no estuvieron, porque nadie me entiende, y me siento sola. Aquellos que no escuchan por escuchar no están aquí. Se han cansado de leerme en todas las formas. En las próximas madrugadas todavía más. También dije por fin lo que tenía que decir para cerrar malos ciclos, lo que dará pie a que diga, ahora sí, lo que de verdad creo sin sentirme culpable: que la gente con dobles discursos no vale la pena, y menos estando acá. Liberación total, no más palabras gratis ni te quieros gratis ni cariñitos gratis, porque nunca hubo algo grande, ahora lo veo, ni hipócritamente. Casi felicidad. No, no es verdad, la felicidad está lejos, se me quedó en un balcón, en unos abrazos, en unas charlas de madrugada parada en una puerta, en una cena japonesa o en un bus, en un avión, en una playa. Otra vez, a reunirlo todo en palabras de madrugada. Estoy tan bien que ya hasta me veo aquí en plural, estoy en plural. Lo único que me aterra ahora son las secuelas que no creí que perduraran, insomnio, ansiedad, ganas de salir corriendo. Ésas todavía no se me quitan. Pero cómo, si apenas van 19 días... Apenas 19 días...

Está de pie frente a mis párpados,
sus cabellos entre los míos.
Tiene la forma de mis manos
y tiene el color de mis ojos.
Y fui por ella devorado
como una isla por el mar.
Tiene los ojos siempre abiertos,
me tiene siempre desvelado;
a plena luz sueña sus sueños
que hacen declinar el sol,
me hace reír, me hace llorar
llorar y reír, y hablar
sin tener nada que decir.
PE

"A las cartas les hace bien el mar"

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Me gusta escribir largo a los amigos porque es como una operación agresiva contra el tiempo, recortar en el tiempo París dos horas Buenos Aires. No sólo por gusto nostálgico -aunque eso esté, naturalmente- sino por lealtad a las cosas y a los seres definitivamente elegidos. La verdad es que quisiera contar muchas otras cosas, y que cierro cada carta con una pequeña sensación de estafa. Hay tanto aquí, cada día trae tal variedad de experiencias, que sólo un Swift sería capaz de registrarlas todas en una correspondencia. Y luego que el derroche de mi tiempo entraña el del tiempo ajeno, y no debo olvidarlo.

Julio Cortázar en una carta al poeta y pintor Eduardo Jonquières, enero de 1952

¡Ana me descubrió!

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En el sur...

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Hay un lugar en el mundo donde el Metro está tan cerquita del mar que cuando sales de él la nariz se te llena del pescado fresco que venden todas las mañanas justo allí, a un paso de la entrada del subterráneo, en puestos improvisados que aparecen cuando se pone el sol y desaparecen a media tarde, pero el olor se queda todo el día, haya o no viento. Un lugar con hermosas calles grises, desordenadas, sucias, y algunas, las más suertudas, con escaleras formidables hacia ningún lado, calles cuyas banquetas están marcadas con postes bajos y negros, señales únicas del sendero por donde hay que ir. Con edificios altos color ocre y sepia y esculturas incrustadas, que tratan de escapar de lo que ya no es, reminiscencias de un pasado mejor, grandioso, y balcones con herrajes oxidados por el estar diario sin gloria. Un lugar donde los mendigos te llaman madame o monsieur mientras alargan su mano para pedirte una moneda, que quizá han pedido igual desde el inicio de los tiempos modernos a griegos, romanos, visigodos, otomanos y hasta nazis; hoy, a africanos, musulmanes, africanos-musulmanes y a los galos, por supuesto. Un lugar que expele vida en las coloridas burkas de las mujeres que la caminan, en los rumores en lenguas exóticas que se escuchan en las cafeterías de los callejones sin turistas, donde los hombres te ven sin parpadear, con mirada profunda, de reto. Una ciudad donde los grandes tratos pueden hacerse en un paseo cualquier tarde junto al Fort Saint-Jean, entre botellas de alcohol y un exquisito té de menta con piñones, o en un escondite de la estación de tren, que corona una loma sui géneris y desprende un tufo a amoniaco que se confunde con el olor de McDonalds y de los bocadillos de quesos perfectos. Una ciudad sin intentos hipócritas de ser refinada y culta, como sus vecinas. ¿Para qué? ¿Para opacar todo lo que de verdad se es en aras de lo conveniente?

De Marsella me quedo con todo esto, y más. Con sonidos nocturnos estruendosamente broncos; con una cortina de encaje color perla que me hace imaginar lo que no se puede decir; con lo sedoso del cabello de muñeca vieja; con un vaso de Mónaco; con Cassis y su agua de mar fría fría fría, su chiringuito de techo de ramas y las reflexiones sobre el amor; con una ensalada de calamares, la receta de una sopa de pescado y una lámpara blanca; con el sueño de las calles de Provenza, las ventanas irreales de Cézanne y la plática impredecible, de lujo, sin más. Me quedo con todo esto, sí, y guardo como tesoro más preciado las miradas que me acompañaron, insustituibles. Otra grata sorpresa que se guardará, inevitablemente, en el cajón de mis nostalgias de mañana.

Regalito para hoy

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Cortesía de El Poder para esta semana... tenía mucho tiempo de no encontrármelo, y siempre es igual de bueno...

Corazón coraza

"Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no."

Mario Benedetti
(Uruguay, 1920-2009)

Mojacar

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Es el lugar perfecto. Blanco por todos los costados. Calles perfectas. Mar perfecto, a lo lejos, de cuadro. Gente perfecta. Terraza perfecta. Tardes y noches perfectas. Bar perfecto (azul, no blanco), el más perfecto que he encontrado en este mundo perecedero. Temperatura perfecta. Vestido perfecto, morado, pero a tono. Compañía perfecta. Charla perfecta, aunque a veces dolorosa. Cama perfecta. Y no pude. Hubiera querido quitarme de una vez los gritos que me marean la cabeza, explicar pausadamente mis argumentos para algo que desde el principio no tenía guión. Y no pude. Otra vez no pude. Porque la blancura tan perfecta del ambiente no pudo pintar también mi mente. No pude dejarme llevar y ser sincera conmigo misma. "El que espera desespera", me dijo la mujer del perrito, cuando estaba sola frente al Mediterráneo. "Por eso yo no espero nada", le dije. Pero le mentí. Sí espero. ¿Y la música? Ésta, siempre ésta. Una veitena de veces, una treintena, cien. Ni qué hacer conmigo, pensé, hasta regresar. Se quedó como la música de ese pedacito de mundo. "Ahora acepte sus errores y asúmalos". Para la otra...



Pausa

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Ahora sí no ha sido fácil. Ni las nuevas calles, ni los lugares a media luz por las noches, ni los recientes conocidos, ni pensar en el futuro o en los viajes planeados. Nada ha servido. No he podido quitarme los pensamientos que traigo en la cabeza y la garganta desde hace un rato. No estoy de este lado y no tengo a quién confesárselo. A unos porque no quiero agobiarlos más sino ayudarlos, a otros porque hacen que escuchan pero sé que no. Y no está el Odis pa que me acompañe. Debería de leer a Onetti...

¡Gracias por el recuerdo!

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De soledades

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Desde su regreso al pozo, para no perturbar su espíritu, trató de no leer el diario. Pasada una semana, ya no tuvo deseos de leer. Después de un mes, casí había olvidado que existían cosas tales como el periódico. Cierta vez encontró la reproducción de un grabado, El infierno de la soledad, y la observó con curiosidad. Se trataba de un hombre flotando inestable en el aire, con sus ojos abiertos por el terror, pero el espacio que lo rodeaba, lejos de ser vacío, era una serie de sombras semitransparentes de muertos que impedían cualquier movimiento del hombre. Los muertos, cada uno con diferente expresión, parecían empujarse unos a otros mientras hablaban incesantemente al hombre. ¿Por qué razón eso era El infierno de la soledad? En aquel momento pensó que se habían equivocado al poner el título; ahora podía entenderlo. La soledad es una sed que la ilusión no satisface."


Kobo Abe, La mujer de la arena

Para que encuentres otra oportunidad pronto

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En territorio luso

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Me hubiera gustado tenerte al lado para que reprodujeras en un dos por tres el azulejo luso. Para que pasaras al papel el azul y el crema, con el toque de otro mundo que tanto se te da. Así, con calma, para que te quedara como una de tantas obras de arte que te sacas de los dedos sin darte cuenta. Te hubiera encantado Porto, con sus callejones viejos para perderse un rato del mundo, y colores descarapelados y brillantes a la vez que te hacen sentir como en casa, una casa vieja y desvencijada que amenaza todo el tiempo con no estar al otro día pero que ofrece la certeza de durar siglos. Porque en sus callejones parecía que te encontrarías a la gente querida saliendo de un balcón, de una puerta de madera. Y el Douro, el Douro, con su doble vida, una la real y otra del reflejo. Estoy segura de que tú sí hubieras olido, hubieras saboreado, porque yo sólo observo, y callo. Ver en la noche los reflejos en la superficie del agua, con sus destellos, uffff, no sabes, tenías que estar ahí. Y luego el tren, el mar, las inmensas casas de verano, o de todo el año, y los sueños intermedios y los detalles de Saramago y el reflejo del sol y la periferia y la gente de tonos distintos que aparece y todo. Todo. Y luego Lisboa, y la llovizna, y el misterio. Porque Lisboa es una ciudad de misterio, donde sabes que se esconde algo más allá de los pisos ni ocupados ni rentados ni nada, de la gente con actitud caída y casi melancólica de lo que ya no pudo ser, como el hombre de la bebida verde-Vigor de la Pastelaria Lisboa, en Almirante Reis, la de todas las mañanas, o el de las insignias ya de la calle de Palma, que dirige el tráfico sin autos de su cabeza. Y Rossio y la Plaza del Comercio y las estatuas ecuestres y las palomas y las fuentes. ¿Dónde estabas? ¿Por qué te apareciste tan insistentemente? ¿Por qué? Y eso que no te he contado de Sintra, y de la caminata esforzada hacia la cima De los Moros y la neblina y la humedad. Y lo verde, lo verde. Me la pasé caminando siempre, porque me lo exigieron y porque pensaba más claro. Quizá por eso te apareciste. Por eso quería encontrarte un regalo digno, aunque no fuera Pessoa, y lo encontré, el Animalario. Pero no lo tendrás, por mi desidia ante Bairro Alto y las decisiones fáciles. Todo fue mágico. Te lo comparto acá, ya que tras una década de amistad he recibido tu segundo mensaje memorable, tras la canción que me enviaste de la pecera hace años. ¿La recuerdas? Te extrañé. Me hubiera gustado que sintieras la magia de la melancolía portuguesa. Hubieras cuidado de que mis tenis verdes no resbalaran en las banquetas. Para la otra, si el capricho no me gana...

Para los que no se han ido de vacaciones...

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como yo....



El primero de Kundera

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Ya terminé La broma, de Milán Kundera. Lo empecé porque era "una novela de amor", y como ando buscando respuestas de eso lo tomé. Pero no. No es precisamente de amor. O sí, pero de un amor muy jodido y marcado por todo lo demás, lo que no es "sentimental". Es la historia de una generación que, según Kundera, se empecinó en creer algo que con el paso de los años descreyó y renegó. Porque para él todos aquellos primeros jóvenes checoslovacos, de los treita, cuarenta y cincuenta, que creyeron en lo soviético como salida fueron burlados, porque al final de su vida se dieron cuenta de que en realidad todo en lo que ellos habían creído no era sino una broma, una mentira, y no hay marcha atrás. Kundera describe magistralmente cómo se siente la nostalgia y la impotencia de saberse vencido en la vida. Y es apenas su primera novela, ya quiero saber qué dicen las demás.