Esta barca sin remos es la mía.
Al viento, al viento, al viento solamente
le he entregado su rumbo, su indolente
desolación de estéril lejanía.
Todo ha perdido ya su jerarquía.
Estoy lleno de nada y bajo el puente
tan sólo el lodazal, la malviviente
ruina del agua y de su platería.
Todos se van o vienen. Yo me quedo
a lo que dé el perder valor y miedo.
¡Al viento, al viento, a lo que el viento quiera!
Un mar sin honra y sin piratería
excelsitudes de un azul cualquiera
y esta barca sin remos que es la mía.
CP
Al viento, al viento, al viento solamente
le he entregado su rumbo, su indolente
desolación de estéril lejanía.
Todo ha perdido ya su jerarquía.
Estoy lleno de nada y bajo el puente
tan sólo el lodazal, la malviviente
ruina del agua y de su platería.
Todos se van o vienen. Yo me quedo
a lo que dé el perder valor y miedo.
¡Al viento, al viento, a lo que el viento quiera!
Un mar sin honra y sin piratería
excelsitudes de un azul cualquiera
y esta barca sin remos que es la mía.
CP
Y luego ahí, pegado como costra del recuerdo, en la misma hoja del primer dolor, un pequeño poustit amarillo, de quién sabe cuándo, pero ella recuerda que meses después. La continuación, renegando del primer sentimiento de abandono. Porque así era ella, renegaba hasta de sus decisiones más trascendentales, a pesar de estar segura de que eso lo había deseado así, sin dudas.
... Los verdaderos viajeros son sólo los que parten por partir; corazones ligeros, iguales a los globos, que nunca se separan de su fatalidad y, sin saber por qué, dicen siempre ¡Adelante!
ChB
ChB
Luego, en lo que quedaba del corto fondo amarillo, remató con un sentimiento, ése sí suyo: "¿Vale la pena morir por ti?". Sonrió cuando releyó, porque sabía que eso estaba ahí para recordarle que le gustaba más Francia que Tabasco, que el tiempo corría y que era mejor eso de la ligereza en una mujer, como diría Girondo, que un sinrumbo perpetuo. Sonrió a la que estaba en el espejo, desde muy adentro. Pero si ya lo había vivido, se dijo, mientras terminaba de cepillarse. Y ya me había contestado desde años atrás, pensó. ¿Para qué perdía el tiempo haciéndose preguntas si ya lo sabía? ¿Para qué llorar más? Le dieron fuerzas para vivir así como estaba un ratito más, aunque fueran muchos días, y pensó con corazón ligero, pensó en dónde había dejado el libro que le describía la avenida Tacna, su siguiente parada. Y no importaba que las fuerzas le duraran unas horas, un día. Lo importante es que eran sus fuerzas, sus fuerzas...
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