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De soledades

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Desde su regreso al pozo, para no perturbar su espíritu, trató de no leer el diario. Pasada una semana, ya no tuvo deseos de leer. Después de un mes, casí había olvidado que existían cosas tales como el periódico. Cierta vez encontró la reproducción de un grabado, El infierno de la soledad, y la observó con curiosidad. Se trataba de un hombre flotando inestable en el aire, con sus ojos abiertos por el terror, pero el espacio que lo rodeaba, lejos de ser vacío, era una serie de sombras semitransparentes de muertos que impedían cualquier movimiento del hombre. Los muertos, cada uno con diferente expresión, parecían empujarse unos a otros mientras hablaban incesantemente al hombre. ¿Por qué razón eso era El infierno de la soledad? En aquel momento pensó que se habían equivocado al poner el título; ahora podía entenderlo. La soledad es una sed que la ilusión no satisface."


Kobo Abe, La mujer de la arena

Temperatura

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Por fin el frío parece ceder en las calles madrileñas. La gente se aligera y se adueña de las aceras, cada vez más luminosas. El bienestar se nota. La luz entra cada vez con más fuerza por mi balcón, me despierta, me aconseja a gritos que me levante de un salto y me ponga a vivir. En pocos días mis hombros y mis piernas sentirán sin empacho la luz del sol. Y ya tengo sueños puestos en Florencia, Roma, Marsella, Marrakesh, Valencia y lo que falta. Ya hasta mis nubes grises cayeron por su propio peso y ni se convirtieron en lluvia, qué mejor. ¿Qué más se le puede pedir a Madrid? Simpleza, simpleza.

Para ellas

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Leía Chesil Beach y encontré la versión de Ian McEwan (inglés, 1948) sobre qué es el enamoramiento para las mujeres, o por lo menos el primer enamoramiento. Me pareció interesante, por darle un adjetivo neutro y entendido por todos, y me surgió mucha curiosidad por saber qué tanto nosotras veíamos en el texto algo de nosotras. Ahora no explico mi experiencia, falta de tiempo –un gran café por Callao me espera–, pero no quería dejar de compartirles el fragmento a las chicas a mi alrededor, a ver si algo les mueve. Cualquier parecido con la realidad reclámenle a él, yo sólo reproduzco... Ah, prometo que es la última cita del día...


–¿Así que pensaste que era un flechazo? –dijo él. Su tono era desenfadado y burlón, pero ella optó por tomarle en serio. Las inquietudes que habría de afrontar estaban aún lejos, aunque algunas veces se preguntaba hacia dónde se estaba encaminando. Un mes atrás, se habían declarado mutuamente enamorados, y después de la emoción ella pasó una noche medio desvelada por el vago temor de haberse precipitado y desprendido de algo importante, de haber entregado algo que realmente no le pertenecía a ella misma. Pero fue algo tan interesante, tan nuevo, tan halagador y tan hondamente reconfortante que no pudo resistirse, y fue una liberación estar enamorada y declararlo, y no pudo evitar ir más lejos. […] Enamorarse era revelarse a sí misma lo extraña que era, la frecuencia con la que se enclaustraba en sus pensamientos cotidianos. Cada vez que Edward le preguntaba “¿Cómo te sientes?” o “¿Qué estás pensando?” ella siempre daba una respuesta forzada. ¿Tanto le había faltado descubrir que le faltaba un simple resorte mental que todo el mundo tenía, un mecanismo tan normal que nadie lo mencionaba siquiera, una inmediata conexión sensual con la gente y los sucesos, y con sus propias necesidades y deseos? Todos aquellos años había vivido aislada dentro de sí misma y, extrañamente, también aislada de sí misma, sin querer nunca mirar atrás ni atreverse a hacerlo. En la sala resonante de suelo de piedra y gruesas vigas bajas, sus problemas con Edward ya estuvieron presentes en los primeros segundos de su encuentro, en el primer intercambio de miradas.

Una noche en una fiesta...

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Estoy en la redacción. El tiempo transcurre lento lento cuando todos los ojos están puestos en un solo caso. Importante, sí, pero sólo uno entre tanta realidad. De repente, Catalina me regala un chocolate por la ventanita del GTalk, para que piense en mis temores y recuerde mis pláticas sui géneris con gente que dice conocerme pero que se ha sentado en mi sofá rojo una sola vez:


En tiempos en que todos ya somos tan sensatos y racionales la pasión es un lujo".



Astrid Hadad a Alma Guillermoprieto, 1993
Ahora no es el tiempo el que discurre, soy yo...

El presente y el futuro

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A few times in my life I've had moments of absolute clarity, when for a few brief seconds the silence drowns out the noise and I can feel rather than think, and things seem so sharp and the world seems so fresh. I can never make these moments last. I cling to them, but like everything, they fade. I have lived my life on these moments. They pull me back to the present, and I realize that everything is exactly the way it was meant to be.

George, A Single Man, Christopher Isherwood

Al senador Castellón

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Soy de las "radicales".

Desde niña escuché en todas las sobremesas familiares que una de las causas por las que mi familia era pobre era por los políticos, que mi abue se había enfermado de muerte por la mala atención médica en el ISSSTE, por la corrupción de los políticos, que mis primos no tenIan una prepa donde estudiar por los políticos, que mis papás trabajaban en el tianguis, sin aguinaldos ni prestaciones ni nada por el estilo por la falta de oportunidades, porque los políticos no las habían creado, razonamientos más o menos elaborados siempre, pero por los políticos al fin. Por eso soñaba con que iba a formar mi grupo guerrillero y los iba a matar a todos.

Pero no lo hice. Y hoy, que veo en la tele al senador Castellón en tribuna, a medianoche, explicando por qué un impuesto a las telecomunicaciones es un grave error a legisladores que ni siquiera lo escuchan, pienso que entre "los políticos" no todos son iguales. Se me quita un poquito lo radical, y sólo un poquito. Gracias @Senadocastellon.

El temazcalito

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El sábado Viole nos llevó a Zamu y a mí a un temazcal, muy cerca de mi casa, por El Rosario. Nunca había ido a uno porque simplemente no se me antojaba. Me imaginaba que era una especie de gran olla exprés en la que los humanos podíamos hervir a fuego lento. Pero fueron tantas las voces que me decían que me iba a relajar, que la tensión en mi espalda por el trabajo iba a desaparecer después del calorcito, que no había cosa más relajante y mil argumentos más que terminé por ir.

Nunca he sido de las personas a las que les gusta nadar en aguas termales, ni a las que les encante bañarse con agua para hervir pollos, no, huyo de eso siempre, pero decidí darme la oportunidad de conocer algo distinto, y ahí estaba el sábado, sin desayunar, sin saber qué pensar, con algo de nervios.

La verdad es que mi impresión sobre las ollas exprés se reforzó. Entramos al mini-iglú (como el de la foto de arriba, pero no tan fresa), forrado de plástico negro para evitar escapes de vapor, a eso de las 11 de la mañana, en shorts y playera, nada más. La verdad es que no vi el reloj, pero yo calculo que fue a esa hora. Nos sentamos en la tierra en círculo, esperando que en el centro llegaran "las abuelitas", las piedras candentes. Aparte de Zamu, Viole y yo, entraron otras seis personas para mí desconocidas, de las que poco a poco fui conociendo sus más íntimos secretos, conforme la temperatura aumentaba. Porque después entiendes que la sinceridad de las personas es directamente proporcional al incremento en grados centígrados dentro del temazcal.

Luego comenzó la primera etapa, de cuatro, con cinco piedras en el centro del iglú. Ésa estuvo leve, apenas si sentía calor. En la segunda eran 10 piedras, con calor soportable perfectamente. Fue hasta la tercera etapa, la de Huitzilipochtli, con 15 piedras más o menos, cuando comenzó el verdadero infierno. Los instructores, Jesús e Israel, nos explicaron que era la etapa de la voluntad, en la que nosotros, los guerreros, teníamos que demostrar que podíamos dar más de lo que creíamos poder dar. Y así fue: en un calor infernal cantamos, danzamos, no sé qué tanto hicimos. Yo ya no me podía mantener sentada, de plano buscaba tirada en la tierra algo de aire fresco, porque si me sentaba sentía que mi piel ardía. Espantoso. Empecé a sufrir. La cuarta, con más de 20 piedras calientes en el centro, fue la peor. El calor era tal que sentía que me iba a desmayar, de plano. Estaba a punto de mandar todo al carajo y de decirles a Jesús e Israel que no era una guerrera de las que ellos hablaban, que mi fuerza de voluntad no había sido tocada ni por Quetzalcóatl ni por Huitzilopochtli ni por nadie, que no existía, y que yo no le debía nada a las abuelitas piedras, que no me interesaban las reflexiones de los demás (porque a cada rato ofrendábamos nuestra palabra a las abuelitas piedras). Pero aguanté. No sé cómo, pero lo hice.

Salimos del mini-iglú a las 4:30. ¡¡Cinco horas adentro!! Por eso todos sentíamos que nos íbamos a morir quemados. No sé si alguien ha tenido una primera impresión así del temazcal, pero espero que no. Salimos hinchados de la cara, deshidratados a más no poder. Lo que más o menos nos revivió fue la bañada de agua fría que recibimos hincados, casi con sumisión, después del gran acontecimiento. Y sí salí relajada, y exhausta, y con un hambre que era más grande que todo mi estómago.

Después, tras pensar en lo vivido, debo decir que mi balance es más equilibrado. Al temazcal debe de tenérsele respeto, porque representaba todo un rito de purificación. No es como lo pintan en los grandes y lujosos spas, no es "vaporcito" y ya, como dicen Israel y Jesús, es un ejercicio de gran disciplina y serenidad, porque eres un guerrero, y si no sabes controlar eso, porque te cuesta, entonces a pocas cosas importantes podrás aspirar.

Yo le ofrendé a las abuelitas mis miedos y corajes, como todos los demás. Ahí se quedó mi cansancio y comprendí mejor que sin sacar tus ojos de ti para verte es imposible que cambies lo que eres hoy, con o sin temazcal. Aprendí también que casi no tomo agua y que debo tenerle mucho más respeto al fuego.

Tengo que agradecerle a Violetita este duro conocimiento, siempre.