En la oficina

Ayer llegué a trabajar a las 11:30 am. A unos metros de la entrada del periódico, justo a un lado del lugar donde a veces compro mi desayuno, estaba un hombre sentado en el piso, mugroso, con zapatos pero sin calcetines. Tenía canas en la cabeza y en la barba. Le calculé unos 60, 70 años. Hurgaba muy interesado en el interior de una bolsa de plástico gris, casi vacía; pensé que ahí tenía sus cosas de valor. Hacía frío. Seguí mi camino.

Salí del periódico a las 8:30 pm, tras escribir una nota sobre el Twitter y los políticos y todas esas cosas que los de los medios creemos que son importantes. El señor seguía ahí, sentado en el piso, casi como cuando llegué. Justo cuando yo pasaba él acomodaba su bolsa casi vacía como almohada y se acostaba en el piso, en el vil piso, para dormir. Al mismo tiempo exhalaba una queja, un sonido gutural. En ese momento pensé que quizá tenía la mente enferma, que había perdido su casa y que no sabía dónde estaba. Pero seguí caminando. Hacía más frío. Bajé al metro, entré con mi tarjeta y me fui.

Ya en el vagón me di coraje, porque pasé como si no hubiera pasado. Luego me entró otra vez el coraje hacia los de siempre, hacia todos. Lo soñé.

Hoy que llegué a las 10 am a la oficina, el señor ya no estaba.

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