Agradecimiento

Hoy salí de mi clase de italiano feliz. Aprendí que Perugia es el lugar de los chocolates en Italia y que los verbos reflexivos son interesantísimos.

Dejé el Palacio de la Autonomía, caminé hasta Moneda y de ahí a la Catedral. De repente lo vi. Estaba inmovil, parado casi en la entrada del metro, a unos metros de la puerta oriental de la iglesia. Ni siquiera quiso entrar al patio, no cruzó la reja. Traía una camisa blanca vieja, de esas que de tanto uso se han vuelto casi transparentes. Cargaba dos grandes bolsas "de mandado" llenas de bolsas más pequeñas hechas con palma, como las que compraba mi mamá cuando salía con mi papá a cualquier lado. Luego luego me recordó al de las canastitas de Traven que me hizo conocer mi papá. No vi sus zapatos. De repente, se quitó el sombrero negro, sucio, que traía puesto, reverencialmente, y empezó a rezar, sin hincarse ni nada ni dejar su carga de todos los días, sólo se puso a hablar con Dios. No sé qué le dijo, nadie lo sabrá, pero quiero pensar que agradecía lo que tenía y pedía por tiempos mejores, porque aquí él sólo puede pedirle a Dios Así es este país. Los dos policías federales que franqueaban la reja, y que observaban la escena de frente, a menos de dos metros del orador, sólo bajaron la mirada, como yo, tristes.

Me hubiera gustado contemplar la escena, pero me dio pena detenerme, y seguí de largo, rumbo a 5 de mayo. Cuando casi cruzaba la calle volteé de reojo, el orador ya caminaba unos metros detrás de mí. Caminé y casi inmediatamente llegué a El Popular. Entré. La mesera me trajo fruta, después huevos y luego el café, que todavía no me termino. Cuando me senté y pedí la comida agradecí, algo que no hacía en años.

Pero no le agradecí a Dios, aclaro.

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