Primeros Ortega y Gasset
Sobra decir que desde la mitad mis ojos eran agua, que me dolió la realidad que ella relataba como hace ya rato no sentía, y que me daba orgullo que esa mujer española de 37 años, de cabello largo con gafas de pasta bicolor hubiera emprendido su proyecto en solitario, sin nada detrás, sin red de seguridad, como los equilibristas más osados. También me sentí sola con ella en ese foro lleno en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, al que pude entrar gracias a la suerte, a un regalo. ¡Qué bueno que la gran mayoría de los importantes invitados no podía ni imaginarse de lo que Judith hablaba! ¡Qué bueno que les es ajena la realidad que ha visto en los últimos seis años en África José Cendón, el desfachatado fotógrafo galardonado por su serie de imágenes Somalia, el fin del mundo! ¡Qué bueno que los fenómenos de inimaginable falta de humanidad que vivimos en algunos países no han tocado todos los territorios de la Tierra ni han marcado todas las mentes! Me sentí más sola todavía cuando pensé que los galardonados estrella eran los de casa, de El País, por el Caso Gürtell, por haber desmarañado la trama de corrupción más importante de la España democrática, y que pudieron darle nombre y apellido a los responsables, algo que no sé si veré en mi México algún día. Para ese futuro incierto trabajo todos los días. Qué bueno todo eso, porque es muy jodido que la grandeza de tu trabajo consista en reconstruir los pedazos desgarrados de lo que ves, de los lugares que ves, de la gente que ves, ¿o los dulces premios quitan aunque sea un día lo agrio de la boca?Hola. Muchísimas gracias a todos por este premio. Este premio va dedicado a los 10,000 niños huérfanos de la llamada guerra contra el narcotráfico que ha dejado a estos niños no solamente huérfanos de sus padres, también de las autoridades mexicanas, que si no hacen nada se van a convertir en los sicarios del futuro,
que ahora cortan las cabezas en Ciudad Juárez.Este premio va dedicado a mi querida Ciudad Juárez, donde sobrevivir cada día es un reto, entre edificios tiroteados, entre casas abandonadas. Va para mi querida Ciudad Juárez. Les agradezco muchísimo a ustedes por otorgarme este premio. Cuando yo recibí esta noticia, soy una periodista freelancer, me quedaba dinero para dos semanas, para seguir comiendo. Parte de este premio va a ser para seguir sobreviviendo haciendo este blog, que lo hago gratis, es completamente independiente, no está en ningún medio de información. Pero parte de este premio va a ser para fundar el primer proyecto que ayude a los niños huérfanos de esta llamada guerra contra el narcotráfico.
Voy a donar este dinero a Casa Amiga. Casa Amiga es un proyecto que nació en el 99 (casi llanto, muchos aplausos) para dar la voz, o intentar dar la voz a las mujeres a las que se les arrebataba la voz, a las mujeres que desaparecían en Ciudad Juárez. Fue creado por Esther Chávez Cano, que este 25 de diciembre nos dejó, y está en su universo, supongo que abrazándome este día. Por ti, Esther, por todo Ciudad Juárez, por Casa Amiga y por los niños huérfanos, por Ciudad Juárez y por ustedes, por estar acompañándome en este día tan importante para mí. Gracias”.
Después de Judith y José y El País vino Jean Daniel y Cebrián y los periodistas sin periódico y el embate de internet y mis dudas, pero esas cavilaciones las cuento después. Días y días de no dormir hacen que las cabezas exploten.
Signos infalibles
- Pasar una tarde antes en una colchoneta blanca, en terraza-estilo-Ibiza, con Madrid a tus pies, pensando en qué otra terraza encontrarás fortuitamente a "una persona que puede cambiarte la vida".
- Despertar a medianoche y encontrar dos queridas sonrisas con un engordador pastel.
- Escuchar Un mundo raro como si tu papá se la cantara otra vez a tu mamá.
- Vivir un día soleado.
- Leer a Hemingway mientras desayunas lo que te hiciste de regalo.
- Recibir historias de cronopios desde el otro lado del mundo.
- Leer un mensaje electrónico de tu mamá, que antes no sabía ni prender una computadora.
- Recibir regalitos de unas cuantas palabras de los importantes, que de repente se te olvidan por la ingrata cotidianidad.
- Escuchar cómo te cantan por el teléfono.
- Sentirte deseada.
- Trabajar.
- Caminar y caminar y caminar... y pensar.
- Comer en una banca, bajo un árbol frondoso, de un lugar desconocido y sorprendente, por sencillo.
- Hablar con gente desconocida, y que te sonría.
- Escuchar a alguien brillante discernir.
- Escribir sobre otros y sobre ti.
- Carcajearte. Con una vez es suficiente.
- Cenar con una gran compañía.
- Llegar a tu habitación, salir al balcón y tener una gran vista:
Ante un día tan contundentemente bueno sólo queda agradecer, a todos, por los siguientes 365 días de suerte que me dieron hoy.
Para J. E.

Hoy vi el amanecer de principio a fin. Tras una noche intensa, una espera memorable en una banca de metal y un trayecto de risas llegué a casa. Cansada, a medias. De repente la portada del diario de hoy, que había comprado hace unos pasos, y el pie de foto. "Un Cervantes mexicano y mendicante". Ya no pude dormir. Tuve que leerlo todo, lo del diario y lo demás, mientras el cielo se hacía azul clarito clarito. Luego me vinieron los flashasos de la memoria y el Por alto que esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo... y los versos dolorosos y los felices. Porque es un mito José Emilio Pacheco que, como algunos otros mitos mexicanos, puedo palpar todos los días.
Yo fui una de los tantos que lo conocimos en la secundaria, cuando Las batallas en el desierto era el libro obligado. No sé si haya un libro más masivo en México escrito por un grande. Lo he leído unas cinco veces, casi todas de una sentada. Luego conocí la poesía, que todavía no alcanzo a dilucidar. Recuerdo mi enternecimiento cuando leí por primera vez Alta traición, porque decía más que muchas de las odas de páginas y páginas escritas para México. Y lo primero que hice después de leer El reposo del fuego fue arrancar una hoja de cuaderno -de la universidad, por entonces-, escribirlo ahí a toda prisa y guardar el papel muy bien en una bolsa que quería tener a la mano todos los días de mi vida, para que cuando encontrara a la persona correcta le entregara el sentido regalo en las manos, y lo viera leerlo y respirar profundo y largo, como yo lo hice. Todavía no encuentro a esa persona. El regalo está en mi cuarto, donde sigue esperando llegar un año de estos a las manos correctas. Y hasta me duele recordar cuando pinté con un plumón negro en una de las paredes de mi cuarto el ¿Quién ordenó todo esto? Aquí, aquí batallón Olimpia. Mi madre irrumpió en mi espacio para decirme que eso ya parecía una cárcel, que yo y mis frasesitas de Cortázar y de Vila-Matas y ahora de Pacheco. Le ofrecí el libro, se sentó en mi cama con colcha amarilla y dos minutos después ya estaba llorando, y me hizo llorar a mí, porque en mi casa siempre me enseñaron, desde el inicio de mis tiempos, que hay indignaciones que no caducan, que no pueden caducar. Quizá por ese mismo sentimiento Pacheco recopiló frases de lo vivido en 1968 y creó poesía de una tragedia 10 años después. Sólo él pudo hacer versos de donde había sangre.
Por eso no me sorprendió cuando llegué a la Facultad de Filosofía y todos hablaban de él como si hablaran de un dios. Ninguno de mis grandres profesores era capaz de reprocharle nada, ni siquiera una línea, como a otros grandes, porque se sabe que es uno de los pilares del México literario, desde la creación, sí, pero también desde el análisis, desde la crítica, desde la traducción. Ahora que vino a España a decir que escribe "porque le ocurre algo", que es "uno más" entre los escritores del idioma y que no es ni el mejor poeta de su barrio, porque su vecino es Juan Gelman, que se lamenta por la enfermedad de Monsiváis, que el dinero del premio lo ocupará en cuidados médicos, que su única riqueza es la lengua y que todos los escritores son de una orden mendicante, pienso que la lección más grande que Pacheco nos ha dado no es literaria, es de vida, de humildad, de esa grandeza que nos advierte de la falsedad de los oropeles sin valor que nos encontramos en cada esquina, lo mismo en Madrid que en la Ciudad de México o en donde sea.
Ya amaneció. No sé por qué tengo remordimiento, quizá porque sé que en lugar de estar en la marcha debía estar atenta a esto, a nada más. Puede que regrese el insomnio. No hay mejor formar que iniciar un día con Pacheco en la cabeza. Hace exactamente una semana estaba sentada en una barra de cafetería de Granada hojeando el diario. De repente me encontré con Juan Gelman, y ahora no puede ir mejor: "Escribir poesía es abrirse camino en uno mismo". Definitivamente Pacheco es uno de los que tienen más surcos labrados. El mundo sería mejor si todos fuéramos aunque sea un poquito con él.
J.E.P., ayer, al recibir el Premio Cervantes.
De soledades
Desde su regreso al pozo, para no perturbar su espíritu, trató de no leer el diario. Pasada una semana, ya no tuvo deseos de leer. Después de un mes, casí había olvidado que existían cosas tales como el periódico. Cierta vez encontró la reproducción de un grabado, El infierno de la soledad, y la observó con curiosidad. Se trataba de un hombre flotando inestable en el aire, con sus ojos abiertos por el terror, pero el espacio que lo rodeaba, lejos de ser vacío, era una serie de sombras semitransparentes de muertos que impedían cualquier movimiento del hombre. Los muertos, cada uno con diferente expresión, parecían empujarse unos a otros mientras hablaban incesantemente al hombre. ¿Por qué razón eso era El infierno de la soledad? En aquel momento pensó que se habían equivocado al poner el título; ahora podía entenderlo. La soledad es una sed que la ilusión no satisface."
Kobo Abe, La mujer de la arena
Sólo puedes sonreír...
a un hombre nunca antes visto
se le despereza el sentido
y compara tu cabello
con el de la Virgen de la Almudena,
para rematar gritando ¡Olé!
Día de palomitas

La primera palomita me la di porque pude redactar una nota que me gustó en un par de horas, con datos, testimonios y buen ritmo. Diarismo que prácticamente nunca hago y que me dejó contenta, con la sensación de ser capaz, algo que me ha traído malos sabores últimamente. Comí en mi lugar no por obligación, si no porque estaba embebida en mi texto y pensando en el Villoro de después. Y comí pasta que hice yo, y lo digo con toda la intención de provocar incredulidades en América. Ni un euro gasté y comí rico. Otra palomita. De repente, a eso de las cuatro de la tarde, escuché una voz que venía justo del centro de la redacción. "Hemos convocado a esta asamblea porque...". Todos comenzaron a acercarse, los grandes y los no tanto, los maestros y los del máster. Todos. "...porque queremos discutir qué está pasando en la empresa". En un cerrar de ojos, como si me hubiera trasladado a otra dimensión, escuchaba una asamblea de periodistas preocupados por su futuro, sin saber qué hacer, como todos en el planeta, si pedirle o no cuentas a la dirección porque no les mencionó que el departamento de sistemas fue desagregado, si está bien que El País se resquebraje en pedacitos cada vez más pequeños para abaratar costos. Si tenían que marchar en Gran Vía a manera de protesta, en coordinación con las centrales sindicales. Si esto, si lo otro. Los veía preocupados, pero sin saber bien a bien por qué. Preocupados por el futuro incierto, era claro, y lo único que podían argumentar era "Que nos avise la dirección de cualquier cambio". De repente, uno de ellos dijo "¿Para qué hacer esto, si el modelo de negociación con la empresa ha funcionado en los últimos treinta años?". ¡Ése era el problema, que nadie sabía si lo que había funcionado antes aplicaba para hoy y para mañana! Algunos más hablaron y preguntaron, otros pidieron encontrar formas de apoyo más allá de las marchas "porque tenemos que trabajar". Al final se aprobó una resolución a mano alzada, "Que nos informe la dirección de cualquier cambio". Lo mismo. Todos regresaron a su lugar, en un ambiente de confusión. Nunca había visto una reunión así en mi tiempo de periodista. Me recordó que sólo he sabido de sindicatos por lo que reporto y por lo que leo, pero no por lo que practico. Y luego, ipso facto, recordé al subdirector que nos habló del futuro en la salota de juntas de este lugar, cuando el tema era la revolución de internet para la sección Madrid. "Lo que está haciendo El País es un salto al vacío. No sabemos adónde vamos". Nadie sabe, y eso quita tranquilidad y sueño y provoca asambleas raras... en El País.
Si sólo hubiera visto eso mi día hubiera sido completo, redondo, aun sin Villoro. Pero la realidad tenía que asombrarme más. Tras la reunión, una hora después, calculo, la buena Charo, la mujer que sueña con hacer la enciclopedia definitiva de lugares de repostería en el mundo y la segunda a bordo del barco Madrid, abrió su típica caja de galletas. Ayer fueron torrejas que hizo su madre, que no quise ni probar porque la cabeza me estallaba y tengo mis tabués con el azúcar. Me arrepentí, pero tuve una segunda oportunidad hoy, las galletas. Se abrió la caja de Pandora y todo fue dulcísimo. La grata convivencia que genera una caja de éstas me permitió conocer que mi vecina de Internacional, la que estaba junto a mí, afable y con voz delicada, vivió en Jordania año y medio, cubrió las dos guerras de Iraq, ama Petra y que comió hoy con dos defensoras de derechos humanos mexicanas que trabajan en Oaxaca. Que el compañero de Inter de más allá, un hombre alto, canoso y con voz tranquila, conoce al chef que acaba de abrir el mejor lugar de comida marroquí en Madrid, en la calle de Lope de Vega, porque vivió en Marruecos y reporteó ahí. Que Ramón Lobo traía galletas de chocolate moscovitas, de alguno de sus míticos viajes, y que le llama frontispicio al subtítulo de una nota. Casi poesía. Que Jaled, compañero mío que nació en 1984 en Palestina, que estudió derecho y periodismo, que terminó este año el máster y que tiene unas rastas hasta la cintura –y nadie le dice nada– tiene un padre palestino que traduce el árabe para el diario cuando es necesario y cocina y que hoy, justo hoy, hizo falafeles para el compañero español-marroquí de Inter. Pero Jaled los compartió con todos. ¿La mezcla? En menos de media hora no sólo me comí como Lucas una veintena de galletas del Mercadona –como dice Víctor, el editor de la sección–, una delicada galleta moscovita –que me supo ¡a gloria!– y un falafel –con un sabor exquisito como nunca lo había probado–, sino que comprendí, quizá por primera vez, la riqueza de este lugar, su constitución de monstruo, el poder humano encerrado en esta redacción, que está viva a pesar de sus retrasos virtuales, y me sentí privilegiada como nunca. Fue uno de esos momentos de claridad absoluta que dice Isherwood, que sólo se logra con el toque humano.
Por eso tenía que escribir esto ya y aquí, en mi lugar. Porque hoy el día fue mágico. Y sigue siéndolo, aunque sean casi las once de la noche, porque Ramón todavía está arreglando frontispicios de su sección, porque Charo sigue haciéndose bolas con las notas de mañana aunque siga pensando en repostería, y porque Víctor, Jaled y Pablo, el otro becario egresado del máster, un joven culto y reflexivo, siguen escribiendo y editando para mañana con una dedicación tal que no vale, ni ahorita ni nunca, que ya cada vez menos gente lea el papel. No vale para ellos... ni para mí. Quedan aquí otros más, con la página web y los cierres, en un país donde todavía se tratan de cumplir los buenos tiempos de vida casi todos los días. Y yo aquí, de mirona, por las vueltas de la vida. Muchas palomitas para hoy, olas y olas de palomitas, y la más grande por escribirles aquí, pa' que recuerde después...
A lot of water under the bridge
Temperatura
Para ellas
Una noche en una fiesta...
El presente y el futuro
En territorio luso
Me hubiera gustado tenerte al lado para que reprodujeras en un dos por tres el azulejo luso. Para que pasaras al papel el azul y el crema, con el toque de otro mundo que tanto se te da. Así, con calma, para que te quedara como una de tantas obras de arte que te sacas de los dedos sin darte cuenta. Te hubiera encantado Porto, con sus callejones viejos para perderse un rato del mundo, y colores descarapelados y brillantes a la vez que te hacen sentir como en casa, una casa vieja y desvencijada que amenaza todo el tiempo con no estar al otro día pero que ofrece la certeza de durar siglos. Porque en sus callejones parecía que te encontrarías a la gente querida saliendo de un balcón, de una puerta de madera. Y el Douro, el Douro, con su doble vida, una la real y otra del reflejo. Estoy segura de que tú sí hubieras olido, hubieras saboreado, porque yo sólo observo, y callo. Ver en la noche los reflejos en la superficie del agua, con sus destellos, uffff, no sabes, tenías que estar ahí. Y luego el tren, el mar, las inmensas casas de verano, o de todo el año, y los sueños intermedios y los detalles de Saramago y el reflejo del sol y la periferia y la gente de tonos distintos que aparece y todo. Todo. Y luego Lisboa, y la llovizna, y el misterio. Porque Lisboa es una ciudad de misterio, donde sabes que se esconde algo más allá de los pisos ni ocupados ni rentados ni nada, de la gente con actitud caída y casi melancólica de lo que ya no pudo ser, como el hombre de la bebida verde-Vigor de la Pastelaria Lisboa, en Almirante Reis, la de todas las mañanas, o el de las insignias ya de la calle de Palma, que dirige el tráfico sin autos de su cabeza. Y Rossio y la Plaza del Comercio y las estatuas ecuestres y las palomas y las fuentes. ¿Dónde estabas? ¿Por qué te apareciste tan insistentemente? ¿Por qué? Y eso que no te he contado de Sintra, y de la caminata esforzada hacia la cima De los Moros y la neblina y la humedad. Y lo verde, lo verde. Me la pasé caminando siempre, porque me lo exigieron y porque pensaba más claro. Quizá por eso te apareciste. Por eso quería encontrarte un regalo digno, aunque no fuera Pessoa, y lo encontré, el Animalario. Pero no lo tendrás, por mi desidia ante Bairro Alto y las decisiones fáciles. Todo fue mágico. Te lo comparto acá, ya que tras una década de amistad he recibido tu segundo mensaje memorable, tras la canción que me enviaste de la pecera hace años. ¿La recuerdas? Te extrañé. Me hubiera gustado que sintieras la magia de la melancolía portuguesa. Hubieras cuidado de que mis tenis verdes no resbalaran en las banquetas. Para la otra, si el capricho no me gana...
Dos meses en Madrid
Viaje según su proyecto propio, dé mínimos oídos a la facilidad de los itinerarios cómodos y de rastro pisado, acepte equivocarse en la carretera y volver atrás, o, al contrario, persevere hasta inventar salidas desacostumbradas al mundo. No tendrá mejor viaje. Y, si se lo pide la sensibilidad, registre a su vez lo que vio y sintió, lo que dijo u oyó decir. En fin, tome este libro como ejemplo, nunca como modelo. La felicidad, sépalo el lector, tiene muchos rostros. Viajar es, probablemente, uno de ellos. Entregue sus flores a quien sepa cuidar de ellas, y empiece. O reempiece. Ningún viaje es definitivo.
José Saramago, Viaje a Portugal
Me acordé de Murakami. Lo siento!
— The Economist
De Año Nuevo
Les comparto el regalo que me dio mi querido amigo Risko, el asesor literario más grande que tengo e inicipiente (ya ni tan incipiente) rockstar de Grupo Fórmula y TV Azteca. Lo escribió Manuel Vicent, escritor, una graaan pluma de El País. No puedo dejar de compartirlo aquí porque es el mensaje de Año Nuevo más bonito que me hayan dado jamás.
Eso deseo para todos en 2010.
********
El tiempo
El tiempo no existe. El tiempo sólo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada. Después de Reyes, un día notarás que la luz dorada de la tarde se demora en la pared de enfrente y apenas te des cuenta será primavera. Ajenos a ti en algunos valles florecerán los cerezos y en la ciudad habrá otros maniquíes en los escaparates. Una mañana radiante, camino del trabajo, puede que sientas una pulsión en la sangre cuando te cruces en la acera con un cuerpo juvenil que estalla por las costuras, y un atardecer con olor a paja quemada oirás que canta el cuclillo y a las fruterías habrán llegado las cerezas, las fresas y los melocotones y sin saber por qué ya será verano. De pronto te sorprenderás a ti mismo rodeado de niños cargando la sombrilla, el flotador y las sillas plegables en el coche para cumplir con el rito de olvidarte del jefe y de los compañeros de la oficina, pero el gran atasco de regreso a la ciudad será la señal de que las vacaciones han terminado y de la playa te llevarás el recuerdo de un sol que no podrás distinguir del sol del año pasado. El bronceado permanecerá un mes en tu piel y una tarde descubrirás que la pared de enfrente oscurece antes de hora. Enseguida volverán los anuncios de turrones, sonará el primer villancico y será otra vez Navidad. La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama. No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño.
*********
Cambios
Esta condición taaan humana de no tener conciencia del tiempo ha hecho que, para variar, este último mes se me haya pasado taan desconsoladoramente rápido. Ya me voy! Mi corazón late rapidísimo.
Ixtapa

Aprendí también que la bolsa en la que se quedan los recuerdos, cuando es cargada por muchos, no pesa y, en cambio, te da alas.
Instrucciones para tratar obsesiones
Después de mucha investigación, sugiero los siguientes pasos:
Mentalícese
El chip que la sociedad le ha puesto de que la esperanza muere al último lo está despedazando. Mejor acepte la derrota y que está exhausto de perseguir algo que no depende en última instancia de usted. A algunos les funciona contar el tiempo que uno lleva estancado, por ejemplo, 33 meses –desde abril de 2007–, para ver cuánto tiempo le ha dedicado a la empresa. El ver que son años de desaciertos los que han pasado quizá sea un motivo poderoso para cambiar de actitud.
Piense también que esto del amor es de dos, no de uno ni de uno + los sueños de ese uno, aunque dos dé el saludo. De nada han servido las realidades alternativas que construyó día con día. Si esas realidades virtuales fueran reales no tendría problema.
Tampoco mentalizarse implica echarle la culpa a terceros inocentes que ni conoce, si hay terceros implicados en su caso, claro. Ellos ni estuvieron en tiempo-espacio frente a usted, interponiéndose. En casos de este tipo el que le jugó una mala pasada fue el tiempo: alguien llegó primero, después –años después– llegó usted. De eso nadie tiene la culpa.
Ocúpese
No importa en que. Sirve lo mismo redactar escritos que organizar tours para el próximo viaje a la playa con sus amigos. Da igual. Organice una agenda de eventos que incluyan las más variadas actividades, desde caminar con su perro, si es que tiene, hasta ir al cine. También funciona desayunar con sus padres para hablar sobre la honestidad de Andrés Manuel López Obrador, para bien o para mal. Cuando menos se dé cuenta verá que han pasado horas, y si es afortunado hasta días, sin que su pensamiento regrese al objeto de sus obsesiones. Así podrá pasar en relativa calma los primeros días después de haber tomado la decisión de exorcisarse.
No está prohibido que en su rehabilitación se tomé cafés o cervezas o mojitos o tequilas con sus mejores amigos. Eso es aceptable siempre y cuando no mencione más el tema de su enfermedad. Éste es uno de los puntos más importantes de la rehabilitación. Si no lo cumple y continúa llenando las conversaciones con sus cercanos de referencias a lo que a usted lo pone mal sólo alimentará el círculo vicioso de “Quizá las cosas pasen algún día”. No. No importan los consejos de sus amigos en este momento. Ellos entenderán que lo mejor es esperar a que las toxinas desaparezcan del cuerpo casi por olvido, y eso puede tardar mucho tiempo.
Lo que sí está prohibido es escuchar música que le recuerden a su fantasma. Son mensajes subliminales que retardarán la rehabilitación o que incluso la acabarán. No hay discusión en este punto. Por supuesto que Crimen sí la puede escuchar. Es el mensaje que debe seguir.
Aléjese
Para algunos puede que esta opción no exista, pero inténtelo. Quizá sea uno de los desafortunados que tiene que ver a su martirio ocho horas al día, quizá más, hasta la madrugada. Omítalo. Ya no busque hacer plática, ni que sus miradas se encuentren quesque distraídamente. Deje de hacerse el tonto. Le ha dado exactamente 15,324 oportunidades para que correspondiera a alguno de sus gestos, no lo hizo. Si por cuestiones laborales tienen que cruzar palabras inevitablemente redúzcalo sólo a eso, a cuestiones laborales.
Si otra vez ve que el sujeto está mandando miradas calificadas por usted como desesperadas también omítalas. Recuerde los pasos anteriores de la rehabilitación y que no ha pasado nada en mucho tiempo. ¿Por qué tendría él el coraje de cambiar todo su mundo ahora para darse una oportunidad con usted? No tiene ninguna razón. Recuerde: eso de que la esperanza muere al último no aplica. Punto.
Valore
Ésta es la etapa final del tratamiento, e implica tomar conciencia de lo que se tiene antes de que sea demasiado tarde. Usted tiene un mundo que cuidar antes de darle oportunidades a alguien que ni siquiera le ha invitado un café. Valore.
Este proceso de exorcismo todavía está en proceso de perfeccionamiento. Si usted conoce otro paso que le ayude a mejorar aplíquelo, y pásemelo, por favor...