Conocer a Leonard Cohen

Hace un año ni siquiera sabía de su existencia, y hoy lo relaciono con felicidad. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo escuché, y su voz tan grave y tan profunda, tan fácil de distinguir de cualquier otra voz, se quedó grabada. Fue en El Péndulo que se hizo de siempre desde mi regreso de Europa, lugar clave para las largas terapias post. No sé si el DJ esté enamorado de él o es visionario y sabía que tarde o temprano le darían el Príncipe de Asturias, pero desde hace meses dejaba el DVD de un concierto reciente correr de principio a fin, un día sí y el otro también, para que los comensales y chismosos y llorosos que de repente nos encontrábamos por ahí pudiéramos tener un soundtrack de altura. En ese momento, por supuesto, yo no sabía lo que hoy (sí, hoy justo) sé: que tuvo que regresar a los conciertos a pesar de su avanzada edad porque no tenía dinero. ¡¡Gracias destino!! Si no no tendría perfectamente identificadas sus canas y sus sombreros y sus trajes pulcros pulcros. Sin fraude no lo hubiera visto en las teles. Y yo quizá no le hubiera tomado tanta importancia ni tal simpatía si no hubiera sido porque V me dijo, de repente, a medio chisme o lloriqueo o a medio algo: "Esa voz... Escúchala... Me encanta...". Con sus ojos grandes y brillosos, como está siempre últimamente. Y entonces, tras esa frase, V me dio una clase melómana, con nombres de canciones y más. Es que V de un tiempo para acá es melómana. Subirse a su auto es descubrir siempre un ritmo nuevo. Y me encanta. El amor y la fascinación por todo que el amor conlleva la hace pasar de Francisco Céspedes a Amy Winehose sin problemas, o al bossa nova, da igual. Las prisas para escuchar ritmos nuevos la han hecho hasta comprar CDs de jazz en tiendas nice por el doble (¿o el triple?) de como las encontraría en una tienda de discos normalita. Ella se perdona fácil esos errores, porque está enamorada, porque como todos los enamorados tienen mantequilla en la conciencia que hace que la vida siempre esté bien. Y por eso es melómana. Así conocí a Cohen, hace ya unos meses. Y siempre recordaré a ese canandiense como símbolo de la transformación de V en una mujer segura sólo de una cosa: de que ama. ¿Para qué estar seguro de algo más?

Hoy, apenas supe de la buena noticia, le escribí a V. Claro, está de más decir que como mortales no sabíamos de la importancia de su fase literaria, pero eso ni importa. Ya nos enteraremos porque lo editarán como pan caliente ahora que fue galardonado. Lo compraremos en El Péndulo. Y V, como ama, estará feliz y lo leerá. Está feliz de que Cohen haya ganado un Príncipe y de que ella ame con locura. Y yo estoy feliz de tener una amiga feliz.

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