Una definición letal del amor... La real...

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"¿Por qué habría de querernos el que señalamos nosotros con tembloroso dedo? ¿Por qué ése justamente, como si nos tuviera que obedecer? ¿O por qué habría de desearnos aquel que nos turba o nos enciende y por cuyos huesos y carne morimos? ¿A qué tanta casualidad? Y cuando se da, ¿a qué tanta duración? ¿Por qué ha de perseverar algo tan frágil y tan prendido con alfileres, la más rara conjunción? El amor correspondido, la lascivia recíproca, el enfebrecimiento mutuo, los ojos y las bocas que se persiguen simultáneamente y los cuellos que se estiran para divisar al elegido entre la multitud, los sexos que buscan juntarse una y otra vez y el extraño gusto por la repetición, volver al mismo cuerpo y regresar y volver... Lo normal es que casi nadie coincida, y si existen tantas parejas supuestamente amorosas es en parte por imitación y sobre todo por convención, o bien porque el que señaló con el dedo ha impuesto su voluntad, ha persuadido, ha conducido, ha empujado, ha obligado al otro a hacer lo que no sabe si quiere y a recorrer un camino por el que nunca se habría aventurado sin apremio ni insistencia ni guía, y ese otro miembro de la pareja, el halagado, el cortejado, el que se adentró en su nube, se ha ido dejando arrastrar. Pero eso no tiene por qué persistir, el encantamiento y la nebulosidad terminan, el seducido se cansa o despierta, y entonces al obligador le toca desesperarse y sentir pánico y vivir en vilo, volver a trabajar si todavía le restan fuerzas, montar guardia a la puerta y rogar e implorar noche tras noche y quedar a merced de aquél. Nada expone ni esclaviza tanto como pretender conservar al que se eligió e inverosímilmente acudió a la llamada de nuestro tembloroso dedo, como si se obrara un milagro o nuestra designación fuera ley, eso que no tiene por qué ocurrir nunca jamás..."


Javier Marías

Apuntes optimistas

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Se trata de pararse en un Metrobús andando y enfocarse en las ventanas del primer piso de los edificios que pasan. No se tiene que medir 1.77 o 1.84 para ver, o quizá sí, pero como a mí me hicieron alta no puedo saber si el experimento funcionará con una visión de otra altura. Si se hace en una noche particularmente fría como hoy es mejor, porque todas las luces, todas, se ven acogedoras. Y claro, es la Ciudad de México, fascinante, no sé si funcione con algo menos esto, menos DF. Pero si quiere intentar, adelante. Entonces el Metrobús avanza y se ve vida en las ventanas, pedazos, burbujas, y uno, de repente, se siente rodeado, con ganas de quererse quedar más de un segundo viendo al interior. Pero como el Metrobús no se para al final se entiende que fue mejor, porque ninguna de esas vidas es propia, es nada más el saludo de una ciudad fría que anuncia, de alguna forma insólita, que ya va usted para su hogar. Y hasta sonríe. Yo sonreí.

***

Pienso en muebles. Sueño con muebles. Algunos nada más, que se acomodan en una habitación totalmente blanca. Quizá la habitación con piso de madera, pero si no se puede no importa. Es sólo una cama con un edredón de colores chillantes y un pequeño estante para libros. Y nada más. El inicio. Nunca había pensado en muebles. Una vez, aunque no los pensaba, quise comprar con M, pero la respuesta a mi ofrecimiento de amueblar desmoronó por mucho tiempo mi ilusión de tener un espacio con mi signo. Pero eso se curó, y ahora pienso en muebles. Míos, nada más míos. Luminosos y cursis. Muebles más importantes que aviones. Primera vez. Y hasta los sueño, porque la falta de insomnio ha dejado espacio para soñar. Soñar hasta con muebles.

***

Tiene que ver mi nueva felicidad por estar leyendo de amores adolescentes ajenos, y también mi reciente reencuentro con la música clásica y mi flautismo frustrado, pero me he preguntado en estos días qué habrá sido de Vladimir. Nos recordé, yo a los 14 y él a los ¿17? ¿18?, sentados en una de las bancas del parque de Santa María La Rivera después de ensayar en la orquesta, él con el trombón y yo con la flauta. Lo veo como si fuera ayer empezando Cien años de soledad y luego interrumpiendo su lectura para buscar en el diccionario una palabra desconocida (no sé qué hacía yo mientras él leía, porque seguro yo no leía). Lo veo en el cine, no, nos veo oscuros en el cine, sin ver nada, porque sólo hubo besos y lenguas torpes mientras todos veian The Wall en la pantalla. La única película en mi vida (sí, en mi vida, hasta ahora) que he "visto" entera sin ver un solo minuto por estarme besuqueando. Ni un minuto. Pink Floyd seguro ya lo perdonó, aunque alguien podría decirme que así desperdicié mi único intento de educación musical serio. Y no he querido volver a verla porque prefiero dejarla así, como la película de los besotes. Recuerdo la altura descomunal de Vladimir, su cabello largo y ondulado de Cristo, su barba de Cristo, y que tocaba el trombón. Lo recuerdo declarando su amor ante la presión social de un cuarto infestado de músicos que lo obligaron a que me dijera algo, sólo para que yo lo abandonara dos domingos después sin piedad, porque ya no regresé a la orquesta (lo verdaderamente luminoso de mi vida lo he abandonado sin piedad, aunque no di tiempo para saber si él era luminoso). Quizá lo recuerdo porque estoy a punto de definir con C las características de los hombres que me enganchan. Quizá porque es la forma indirecta de recordar a R, mi segundo Cristo, con todo y esa unión mucho más intensa y dañina, a su modo. Quizá la soltería... O no. Quizá sólo las lecturas y la flauta y la reedición del diccionario de la Real Academia de la Lengua (diccionario-lengua), o quizá las ganas de encontrármelo algún dia como un connotado trombonista, a lo mejor el día que D y yo por fin podamos conocer El Zinco. Todo lo que no se sabe es una posibilidad. 

***

Hoy, por el frío, mi cabello se veía más bonito, a pesar del dolor de cabeza. Y escucho a Romeo Santos y vuelvo a sentir unos brazos, nuevos brazos.

***

¿Que por qué cuento los destellos de optimismo? Porque ahora sé que hay que darles todo el espacio cuando existen. Y ya.

El hombre sirena

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Un cuento de Samanta Schweblin... Por todas las que lo seguimos buscando...

*************************

Estoy sentada en el bar del puerto, esperando a Daniel, cuando veo al hombre sirena mirarme desde el muelle. Está sobre la primera columna de hormigón, donde el agua  todavía no llega a la playa, a unos cincuenta metros. Tardo en reconocerlo, en entender qué es exactamente, tan hombre de la cintura para arriba, tan sirena de la cintura para abajo. Mira hacia un lado, después tranquilamente hacia el otro, y al fin vuelve a mirar hacia acá.

Mi primer impulso es pararme. Pero sé que el tano, el dueño del bar, es amigo de Daniel, y me vigila desde la barra. Disimulo buscando entre las cosas de la mesa la cuenta del café, como si de un momento a otro hubiera optado por irme. El tano se acerca para ver que todo esté bien, insiste en que debo quedarme, que Daniel ya debe estar por llegar, que debo esperar.

Le digo que se quede tranquilo, que enseguida vuelvo. Dejo cinco pesos sobre la mesa, tomo mi cartera y salgo. No tengo un plan para el hombre sirena, simplemente dejo el bar y camino en su dirección. Contra la idea que se tiene de las sirenas, hermosas y bronceadas, éste no sólo es del otro sexo sino que es bastante pálido. Pero macizo, musculoso. Cuando me ve se cruza de brazos —las manos bajo las axilas, los pulgares hacia arriba—, y sonríe. Me parece un gesto demasiado canchero para un hombre sirena y me arrepiento de estar caminando hacia él con tanta seguridad, con tantas ganas de hablarle, y me siento estúpida. Pero ya es tarde para volver. Él espera a que yo me acerque y entonces dice:

—Hola.

Me detengo.

—¿Qué hace una morocha tan sola, en el muelle?

Pensé que quizá… —no sé que decir. Dejo caer la cartera, la sostengo con ambas manos, colgando frente a mis rodillas, como una nena—, pensé que quizá necesitaba algo, como usted…

Tutéame, preciosa —dice y me tiende la mano en un gesto que me invita a subir.

Miro sus piernas, o mejor dicho, su cola brillante que cuelga sobre el hormigón. Le paso la cartera. La toma, la deja junto a él. Trabo un pie contra el muelle y tomo la mano que vuelve ofrecerme. Tiene la piel helada, como pescado de congelador. Pero el Sol está alto y fuerte, y el cielo es de un azul intenso, y el aire huele a limpio, y para cuando me acomodo junto a él siento que la frescura de su cuerpo me llena de una felicidad vital. Me da vergüenza y me suelto. No sé qué hacer con las manos. Sonrío. Él se arregla el pelo —tiene un jopo muy a lo americano— y pregunta si traigo cigarrillos. Digo que no fumo. Tiene la piel lisa, ni un sólo pelo en todo el cuerpo, y llena de pequeñas aureolas de polvillo blanco, apenas visibles, quizá formadas por la sal del mar. Ve que lo miro y se las sacude un poco de los brazos. Tiene los abdominales marcados, nunca vi una panza así.

Podés tocarme –dice, acariciándose los abdominales–; no hay así en el centro, ¿o sí?

Acerco una mano, él se adelanta, la aprisiona entre la suya y sus abdominales también helados.

Me tiene así algunos segundos, y después dice:

—Contame de vos –y me suelta con suavidad–. ¿Cómo va todo?

—Mamá está enferma, los médicos dicen que va a morirse pronto.

Miramos juntos el mar.

—Qué mal… – dice él.

—Pero ése no es el problema –digo–, el que me preocupa es Daniel. Daniel está mal y eso no ayuda.

—¿Le cuesta asumir lo de su madre?

Asiento.

—¿Son dos hermanos?

—Sí.

—Al menos pueden dividirse las cosas. Yo soy hijo único y mi madre es muy absorbente.

—Somos dos pero lo hace todo él. Yo necesito estar descansada, no puedo permitirme emociones fuertes. Tengo un problema, acá, en el corazón; yo creo que es del corazón.  Así que mantengo distancia. Por mi salud…

—¿Y dónde está Daniel ahora?

—Es impuntual. Está todo el día corriendo de acá para allá. Tiene un gran problema con la organización de sus tiempos.

—¿De qué signo es? ¿Leo?

—Tauro.

—¡Uff!  Qué signo.

—Tengo pastillas de menta –digo–, ¿querés?

Dice que sí y me pasa la cartera, que quedó de su lado.

Está todo el día pensando de dónde va a sacar dinero para pagar esto, de dónde para lo otro. Todo el tiempo queriendo saber qué estoy haciendo, dónde voy a estar, con quién…

—¿Vive con tu madre?

—No. Mamá es como yo, somos mujeres independientes y necesitamos nuestro espacio. Él considera que es peligroso que yo viva sola. Así nomás me lo dice: yo creo que es peligroso que una chica como vos viva sola. Quiere pagarle a una mujer para que esté todo el día detrás mío. Por supuesto que nunca acepté.

Le paso una pastilla y tomo otra para mí.

—¿Vivís por acá?

—Me alquila una casita a unas cuadras: cree que este barrio es mucho más seguro. Y se hace amigos por acá, habla con los vecinos, con el tano, quiere saber todo, controlar  todo, es realmente insoportable.

—Mi padre era así.

—Sí, pero él no es papá. Papá está muerto, ¿por qué tengo que soportar un papá-hermano si papá está muerto?

—Bueno, quizá sólo intenta cuidarte.

Me río pero sarcásticamente, en realidad, el comentario casi arruina mi humor, y creo que él alcanza a darse cuenta.

—No, no. No se trata de cuidarme, es más complicado de lo que pensás.

Se queda mirándome. Tiene ojos celestes, muy claros.

—Contame.

—Ah, no. Creéme, no vale la pena: es un día hermoso.

—Por favor.

Une las palmas de las manos, y me ruega con una mueca graciosa, como un ángel a punto de llorar. A veces, cuando me habla, la aleta plateada se ondula un poco en las puntas y me roza los tobillos. Aunque son ásperas, las escamas no me lastiman, es una sensación agradable. Yo no digo nada, y las aletas se acercan cada vez más.

—Contame…

—Es que mamá… Ella no sólo está enferma: la verdad es que la pobre está totalmente loca…

Suspiro y miro el cielo. El cielo celeste, absoluto. Después nos miramos. Por primera vez reparo en sus labios. ¿Serán también helados? Me toma de las manos, las besa y dice:

—¿Creés que podríamos salir? Vos y yo, un día de estos… Podríamos ir a cenar, o al cine, me encanta el cine.

Le doy un beso y siento el frío de su boca despertar cada célula de mi cuerpo, como una bebida helada en pleno verano. No es sólo una sensación, es una experiencia reveladora, porque siento que ya nada puede ser igual. Aunque no puedo decirle que lo amo: no  todavía, debe pasar más tiempo, debemos hacer las cosas paso a paso. Primero él al cine, después yo al fondo del mar. Pero ya tomé una decisión, irrevocable, ya nada me separará de él. Yo, que toda la vida creí que se vive por un único amor, encontré al mío en el muelle, junto al mar, y me toma ahora francamente de la mano, y me mira con sus ojos transparentes, y me dice: No sufras más, morocha, ya nadie va a hacerte daño.

Una bocina suena a lo lejos, desde la calle. La identifico enseguida: es el auto de Daniel.  Miro por sobre el hombro de mi hombre sirena. Daniel baja apurado y va directo hacia el bar. No parece haberme visto.

—Ahora vuelvo– digo.

Me abraza, vuelve a besarme.

Te espero– dice, y me presta su brazo como soga para que pueda bajar más cómoda.

Corro hasta el bar. Daniel está hablando con el tano y me ve. Parece aliviarse.

—¿Dónde estabas? Quedamos en tu casa, no en el bar.

—No es cierto, pero no le digo nada, eso no importa ahora.

Necesito hablarte– digo.

Vamos al auto, hablamos en

el auto.

Me toma del brazo, con delicadeza, pero con esa actitud paternal que tanto me enerva, y salimos. El auto está a unos metros, pero me detengo.

Soltame.

Me suelta pero sigue hacia el auto y abre la puerta.

—Vamos, es tarde. El médico va a matarnos.

—No voy a ningún lado, Daniel.

Daniel se detiene.

—Voy a quedarme acá —digo—, con el hombre sirena.

Se queda mirándome un momento. Me doy vuelta hacia el mar. Él, hermoso y plateado sobre el muelle, levanta su brazo para saludarnos. Daniel, como si al fin saliera de su estupor, entra al auto y abre la puerta de mi lado. Entonces no sé qué hacer,  y cuando no sé qué hacer, el mundo me parece un lugar terrible para alguien como yo, y me siento muy triste. Por eso pienso: es sólo un hombre sirena, es sólo un hombre sirena, mientras subo al auto y trato de tranquilizarme. Puede estar ahí otra vez mañana, esperándome.

Lo idiota...

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"En esos días del cincuenta y tantos empecé a sentirme como acorralado entre la Maga y una noción diferente de lo que hubiera tenido que ocurrir. Era idiota sublevarse contra el mundo Maga y el mundo Rocamadour, cuando todo me decía que apenas recobrara la independencia dejaría de sentirme libre"...  

JC

Homenaje exprés

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Ahora, en esta noche que será larga, me encontré recordándolo todo... Empezando por El Pez Gordo, y el chorizo pamplona de todas las noches y el tinto español. ¿De qué hablábamos? ¿Te acuerdas? De tus aventuras que yo escuchaba anonadada, de hacia dónde va el periodismo –hasta hoy, hasta hace rato, no sabíamos, ni sabremos en otros cuatro años–, del amor, de la amistad, de las desgracias, de la soledad... O de los viajes, siempre viajes, a todos lados viajes... Ya sé, eso fue un sueño... Hoy me recordaste esa mesa de cumpleaños, sí, otro sueño... ¿Más sueños? Yo tengo muchos contigo, y los voy contando orgullosa por donde voy... Alguien me dijo que si te quiero así por qué no me daban ganas de regresar el tiempo y cambiar la historia... No, porque la vida es así, es todo lo que les digo, porque hay mucho amor y muchos seres a los que nos encontraremos y amaremos... No saben de nuestro pasado, de nuestro presente y, sobre todo, no han sentido como yo sentí cuando fui por fin adonde tú, cuando le puse un cachito que le faltaba a nuestra historia, una historia que quiero que dure siempre... Fue sentir la felicidad de un ser amado y ser feliz... Con total certeza digo que eso sana, cura, envuelve, ayuda, y también da felicidad. Eso es el verdadero amor... Lo mío por ti no cabe en las definiciones existentes. Tu amor me ha cambiado, me ha hecho ser mejor e hizo mística mi vida, porque ahora, ahoritita, siento la respuesta a esa pregunta que se han hecho una y otra vez tantos, el para qué estamos aquí... Hoy, que me siento llena de luz y agradecida con la vida porque alguna vez nos juntó y seguimos juntos, a nuestra manera, porque estoy porfundamente contenta de que me cuentes que se te inundó la casa, que no tienes luz, que estás enamorado de tu negro y que no sabes qué hacer con tu futuro, hoy que me diste nostalgia otra vez, me dieron ganas de escribirte un poquito del amor que te tengo... Un poquito, pues uno de estos años vas a recibir toda una novela... Y ya, porque me falta otro escrito irrelevante y no dormiré nada... Gracias por la paz... Te quiero mucho, Mao...

Creer

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Ella primero reconstruyó en la mente su cara, sus ojos seguros, sinceros, su cabello perfecto y su voz, esa voz... No, la verdad es que primero reconstruyó la caminata en el autódromo, una tarde de primavera, cuando ninguno de los dos sabía siquiera que ese día sería un inicio, el inicio, y a ambos les caía en gracia la tuzudez de ella y el control de la situación de él. ¿Cómo iba a saber ella de los caprichos del destino? Porque esa mujer no creía en nada, ni en destinos ni en milagros... hasta que los vio, o los escuchó a oscuras, en las madrugadas, largos discursos que en el fondo le siguen cambiando el mundo aunque siempre se resista. ¿Cómo iba a saber que ese recoveco en el hombro de él era para ella? ¿Y las tramas en la pantalla? ¿Y los trayectos por la ciudad con puro cielo en la cabeza? ¿Y los panes de nutella y los capuchimokas y ese espacio en la cama y ese nuevo hogar? ¿Cómo iba a imaginarse lo que le esperaba? Hay dolores que resolver, sí, pero no hay miedo ya... Ella ni siquiera sospechó la vida que le llegaba en ese hombre alto y fuerte, desconocido, tosco, inteligentísimo, que rompió con sus atavismos y al que extraña las noches lluviosas de domingo, al que quisiera ayudarle con su nostalgia aunque sea tantito. Porque hay mucho amor... Primero ella reconstruyó con ternura la insólita caminata en el autódromo, luego todo lo demás, y decidió escribirle agradecida por coincidir, por regalarle paz y hacerla creer, creer en él...

Un cuento

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Hay una vena en mi frente. No se quita. Apareció justo cuando mi cabeza se volvió tambor. Y frente al espejo, abatida, deshecha, muerta, me puse a espiarla. Vena, luego ojo, luego lágrima. Vena, ojo, lágrima. Vena, ojo, mocos, lágrima. Vena. Vena. Vena, explota ya. Vena, quítate. Vena, ya se me acabó el tiempo. Afuera hay luz, hay vida, algo necesitan allá afuera, y tú estorbas. No, explota ya. Mejor. Y que el cuarto se llene de sangre negra, una sangre negra tan viscosa como el chapopote, que inunde todo. Porque inhalo y el dolor baja, pero si exhalo regresa. Estorba el pelo, estorba la luz, estorba todo. Vena, quítate. ¿No ves que ya no hay tiempo ni para sufrir? Alguien pide algo afuera. Quítate. Para qué mientes. Lo que quieres es que explote ya, que explote, que explote. No importan los caminos gloriosos, llenos de dignidad. Sólo importa espiar la cabeza. La vena. Todo lleno de oscuridad por dentro. La vena. Acéptalo. Lo que quieres es que explote. Deja de fingir. La valentía no existe hoy. Vena, por favor, explota.

De calendarios

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Una madrugada cualquiera en la oficina de PP, en plena soledad, se me rebeló Walter Riso, casi como una aparición entre gritos de Enrique y sus naufragios. Walter me susurró su calendario, para que siguiera curándome... Mi nuevo calendario... Esta noche Walter Riso se convirtió en mi tío...


ENERO

Dale mantenimiento a tu vida de vez en cuando. Nadie lo hará mejor que tú. Cuando dejes de encomendarle a otros y te hagas responsable de tus actos descubrirás tu verdadera fortaleza.


FEBRERO

Siente el amor con todas sus fuerzas, vívelo intensamente, apasiónate, pero sin destruirte. La pasión saludable no implica perder la conciencia.


MARZO

El perdón es un regalo que se hace a los demás y a uno mismo con el fin de aliviar la carga del resentimiento o de la culpa: es un descanso merecido para el corazón.


ABRIL

No necesitas a tu pareja para subsanar una carencia, sino que la prefieres como una elección que el corazón empuja y la mente decide.


MAYO

El amor tiene la facultad de comunicarse sin más lenguaje que un abrazo, una caricia o un beso.


JUNIO

Niégate a sufrir por amor; declárate en huelga afectiva, haz las paces con la soledad y aquieta la necesidad de "amar por encima de todo y a cualquier costo". Rescata el amor propio, tu primer gran amor, a partir del cual se generan los otros.


JULIO

Resígnarse cuando algo escapa de nuestro control es sabiduría; desprenderse del futuro es trascendencia.


AGOSTO

Un amor propio saludable y bien constituido partirá de un principio fundamental: "Merezco todo aquello que me haga crecer como persona y ser feliz". Me-rez-co: pronunciado y degustado.


SEPTIEMBRE

Si consideras que algo o alguien en tu vida es indispensable para tu felicidad tienes un grave problema: estás a la sombra de un amo.


OCTUBRE

El sentimiento amoroso no garantiza por sí solo una buena convivencia de pareja, para eso se necesitan otras habilidades distintas al querer.


NOVIEMBRE

Te acepto como eres si esto no implica autodestruirme para hacerte feliz, porque si tu felicidad es inversamente proporcional a la mía algo está funcionando mal entre nosotros.


DICIEMBRE

Si lo que llega a tu vida es la depresión, ¡pelea! Busca ayuda, corre a golpear las puertas del amor, escarba en tu autoestima, rebélate a la muerte, llama a gritos a la alegría, pero jamás te quedes quieto.

A little piece of advise...

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“Never love a wild thing, Mr. Bell,' Holly advised him. 'That was Doc's mistake. He was always lugging home wild things. A hawk with a hurt wing. One time it was a full-grown bobcat with a broken leg. But you can't give your heart to a wild thing: the more you do, the stronger they get. Until they're strong enough to run into the woods. Or fly into a tree. Then a taller tree. Then the sky. That's how you'll end up, Mr. Bell. If you let yourself love a wild thing. You'll end up looking at the sky"...

Capote, Breakfast at Tiffany's

El cuento más triste del mundo

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¿No oyes ladrar a los perros?


—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
        —No se ve nada.
        —Ya debemos estar cerca.
        —Sí, pero no se oye nada.
        —Mira bien.
        —No se ve nada.
        —Pobre de ti, Ignacio.
        La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
        La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
        —Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
        —Sí, pero no veo rastro de nada.
        —Me estoy cansando.
        —Bájame.
        El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.
        —¿Cómo te sientes?
        —Mal.
        Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
        —¿Te duele mucho?
        —Algo —contestaba él.
        Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
        —No veo ya por dónde voy —decía él.
        Pero nadie le contestaba.
        E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
        —¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
        Y el otro se quedaba callado.
        Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
        —Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?
        —Bájame, padre.
        —¿Te sientes mal?
        —Sí
        —Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
        Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
        —Te llevaré a Tonaya.
        —Bájame.
        Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
        —Quiero acostarme un rato.
        —Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
        La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
        —Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
        Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
        —Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.”
        —Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
        —No veo nada.
        —Peor para ti, Ignacio.
        —Tengo sed.
        —¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
        —Dame agua.
        —Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
        —Tengo mucha sed y mucho sueño.
        —Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
        Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
        Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
        Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
        —¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?


        Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
        Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
        —¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

JR

Normal

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Lo jodido de que el tiempo pase y de que el mundo se mueva...


De cielos

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Esa noche la calle estaba oscura. Tan oscura como los hombres. No hubo grandes dificultades, pues abundaban los noctámbulos, los sensuales. Ellos caminan atentos y seguros en medio de la noche porque ella les pertenece. La noche los extrae de quién sabe qué fondos y los coloca ahí, en las banquetas, bajo las luces de colores, irreales, precisos, sin entrañas. Ellos valoran, miden, toman en sus manos lo que les ofrece la noche. Si de pronto se iluminara todo y súbitamente el cielo se pusiese azul y la calle sonriente, estos hombres morirían en el acto. Quedarían muertos en las mismas posturas en que los sorprendió la luz del sol: tratando, caminando, bebiendo, eyaculando. Pero un hombre de ésos ―un hombre cualquiera, aun no de ésos― puede morir si llega a comprender el cielo, a verlo azul; si ese cielo azul se abre de pronto sobre su cabeza y lo inunda de felicidad y de arrepentimiento. Un hombre de la noche, un hombre sin cielo.

JR, Una mujer en la tierra




Comodidad

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Es cuando la comodidad se acaba el inicio de toda desgracia. Y el pretexto puede ser cualquiera. La falta de un asiento completo, sin respaldo. Con eso la espalda se enfada y le manda al cerebro un qué hago aquí. Pero también puede ser algo más profundo. Que el café con leche favorito de repente sepa insípido, el que funcionaba a veces como consuelo y otras como alegría en vaso. O que el calor sea insoportable, después de asegurar que cualquier cosa es mejor que el frío. O escuchar citado al mismo mil veces, el que menos te importa, pero que una de sus palabras es más importante que las catástrofes y la falta de milagros, en esta ciudad o en cualquiera. Y el problema no es que la comodidad se vaya, es qué vas a poner en el vacío que deja. Ahí es donde se mide si tu mente está enferma o sana. No antes... No antes... 

Yo he viajado con mis muertos

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Viajando, uno se topa sobre todo con los vivos. A veces también con los moribundos. Y también con auténticos muertos, depende de los lugares. Hoy, en determinados países, por ejemplo, pueden hallarse en cantidades respetables. Pero también con nuestros muertos, o los muertos que hemos conocido cuando estaban vivos. Puede ocurrir. Puede ocurrir, por ejemplo, que en una modesta pensión de Lisboa, en un domingo de agosto, cuando la ciudad está desierta, uno reciba la visita de su propio padre que lleva tiempo muerto. ¿Por qué no se presentó en casa? ¿Será cierta forma de timidez que tienen los difuntos? ¿Cierta dificultad en volver a un lugar demasiado familiar para él? Puede ocurrir que en una anónima habitación de hotel en Singapur, en lo más alto, en la última planta de un rascacielos, te llegue de repente la voz de tu tío de Lucca. Menuda potencia de voz, si llega desde Lucca, y resulta de lo más extraño, pues viviendo a escasos kilómetros de distancia nunca te había llegado; uno está durmiendo en un hotel de Singapur y lo despierta la voz de su tío de Lucca. ¿Será posible que al tío de Lucca le hiciera falta que su sobrino se hallara en Singapur para decirle una cosa al oído? ¿De qué dependerá? ¿Será porque esa noche no has visto los telediarios italianos, algo por lo demás imposible en Singapur? ¿Será porque no te has enterado de que el papa se ha asomado a la plaza con un nuevo sombrero, de que el diputado del partido de la mano dura hoy no ha animado a disparar contra nadie, de que ese periodista televisivo que de humano no tiene casi nada considera sagrado el embrión? ¿Será porque has hecho limpieza de las escorias que contaminan la vida cotidiana? ¿Será porque los muertos, al igual que los cetáceos que se comunican con una especie de sonar natural para no ser molestados por todos los sonidos artificiales que contaminan los océanos, sienten la necesidad de aguas acústicamente limpias al objeto de que su voz no se pierda entre el ruido de fondo que nos envuelve?

Antonio Tabucchi 

De mujeres enamoradas...

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La Maga había aparecido una tarde en la rue du Cherche-Midi, cuando subía a mi pieza de la rue de la Tombe Issoire traía siempre una flor, una tarjeta Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano en el parque. Por ese entonces yo juntaba alambres y cajones vacíos en las calles de la madrugada y fabricaba móviles, perfiles que giraban sobre las chimeneas, máquinas inútiles que la Maga me ayudaba a pintar. No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo. La Maga acababa por levantarse y daba inútiles vueltas por la pieza. Más de una vez la vi admirar su cuerpo en el espejo, tomarse los senos con las manos como las estatuillas sirias y pasarse los ojos por la piel en una lenta caricia. Nunca pude resistir el deseo de llamarla a mi lado, sentirla caer poco a poco sobre mí, desdoblarse otra vez después de haber estado por un momento tan sola y tan enamorada frente a la eternidad de su cuerpo.


JC, siempre.

Descanse en paz, Maestro...

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- Buenas noches, Maestro, perdóneme que lo moleste...
- No es molestia. Dígame ahora en qué me equivoqué...

La primera vez que me tocó alistar una Plaza Pública para que se publicara al día siguiente, en abril de 2007, me tardé en revisarla casi tres horas. Era mi segundo día sentada en la redacción de Reforma como asistente de planas editoriales y todavía ni entendía la magnitud de mi responsabilidad. El proceso que tenía que realizarle a la Plaza, y a las demás columnas, era meticuloso. Copiarla del correo en el que llegaba; “subirla al sistema”; leerla cuidadosamente; revisar que todos los puntos, comas, mayúsculas, acentos, letras y demás fueran los que tenían que ser y estuvieran donde tenían que estar, siempre respetando las decisiones del autor, por supuesto. A la par de ese proceso tenía que comprobar que los datos que se mencionaban eran correctos, para evitar ratos amargos después.

¿Que cómo era ese proceso para una Plaza Pública? Era un reto t-o-d-o-s los días, porque no tenía uno, dos o tres datos. Tenía decenas de datos por comprobar, siempre, lo mismo descripciones históricas que cifras, o lugares, o nombres de personas que yo en mi vida había escuchado y cuya obra conocí gracias al Maestro, anécdotas de la historia reciente del país que yo ni me imaginaba, en mi supina ignorancia. Y desde esa primera Plaza comprendí cabalmente que Miguel Ángel Granados Chapa era más grande de lo que yo creía, que era un ser fuera de serie. Le di su justa dimensión. Porque mi Google iba y venía diariamente por notas de todos los díarios mexicanos de todas las épocas, por documentos históricos, por discursos, por bases de datos oficiales y no oficiales, por grabaciones de radio... pero la Plaza no acababa. Y siempre había un dato que uno no encontraba, que no estaba mas que en la memoria del Maestro. Entonces le llamaba, porque tenía varias dudas, y entendía. “Eso déjelo así, me lo dijo a mí en 1977”. “Eso déjelo así. Encontré ese dato en un libro que ya no se edita”. “Eso déjelo así...” escuchaba en el auricular del teléfono una y otra vez. Y nunca olvidaré su voz, con ese tono de humildad que sólo los verdaderamente grandes tienen. El año que me tocó hacer ese trabajo me sentí tan privilegiada... Privilegio, una palabra muy pequeñita para el agradecimiento que siento hacia él, por todo lo que le aprendí y le seguí aprendiendo después, leyéndolo.

Al revisar varias de sus columnas me pregunté, llena de asombro y admiración, las preguntas que muchos se han hecho. ¿Cómo le hacia Granados Chapa para escribir de temas tan variados diariamente? Las siete columnas semanales y el programa diario de radio son una proeza insuperable. ¿Cómo podía juntar todos los datos necesarios de cada caso que abordaba tan rápido? ¿Cómo se había dado cuenta de la relación del tal hecho con esto? ¡Cómo! ¡Cómo! Yo sólo tenía, y tengo, preguntas. La única respuesta que puedo dar después de haber revisado su columna de manera más o menos regular por un año entero, tratando de estudiar la forma en que construía sus textos, es simple: es porque era él. No hay otro en este país. Nos quedamos solos...

Más allá de los valioso datos que aportaba, leer a Granados Chapa era detenerse a entender los dolores de México, que siempre describía con claridad, con verdadero espíritu de indignación ante lo que le parecía que estaba mal, podrido. Le lastimaban la triste suerte del país y la desfachatez de aquellos que no se tocaban el corazón, ni se tocarán, para tener beneficios para sí a cambio de la desgracia de casi todos. Describía con lujo de detalles los agravios, pero sin adjetivos ni insultos. No los necesitaba, porque su interés por explicar y argumentar le ganaba siempre. Leer a Granados Chapa era obligarse a reflexionar, a hilar sucesos aislados para entender y dimensionar verdaderas problemáticas que partían de los hechos del día, algunos de primera plana, otros olvidados, fuera el reciente anuncio de un negocio entre televisoras, la barbarie de la clase política o el asesinato de defensores de derechos humanos en alguna parte del país. Y era humano, no ocultaba sus preferencias por la izquierda, pero para mí su juicio crítico no se limitaba por esto. A las generaciones jóvenes, entre las que todavía me cuento, nos obligaba a asomarnos a esa parte de la historia nacional que nunca habíamos tenido necesidad de conocer, y que poco nos importaba.

¿Quiénes lo contradecían? Respuesta fácil: aquellos que se incomodaban con sus críticas, beneficiados del poder con nulo interés por la democracia y la justicia. Importante recordar ahora todas las veces que Ricardo Salinas Pliego, el dueño de TvAzteca, gritó a los que lo quisieron escuchar que Granados Chapa mentía cada vez que la Plaza Pública enumeraba las violaciones a la ley de esta empresa y de Televisa. Y es absolutamente necesario recordar ese 24 de enero pasado, cuando el Maestro, siempre con esa humildad y ese profesionalismo tan de él, se disculpó con la opinión pública por haber adelantado, en su columna del día anterior, que Televisa compraría Iusacell, pues la empresa de Azcárraga Jean había desmentido la información con mucha contundencia. Más de tres meses después, el 6 de abril, como había adelantado la Plaza, Televisa anunció que compraría Iusacell. El Maestro, a diferencia de quienes lo insultaban, era grande...

Reitero con mucho dolor, su ausencia nos deja tan solos... Para mí no se va el hombre de la memoria prodigiosa, el de la disciplina inigualable. No se va el del lenguaje perfecto, tan perfecto que le abrió las puertas de la Academia Mexicana de la Lengua. No se va el que practicó el periodismo por 47 años y el que participó en importantes medios de comunicación, algunos desde su fundación, que de una u otra manera han cambiado la vida pública de este país (Excélsior, Proceso, unomasuno, La Jornada, El Financiero, Reforma). No se va el de la Medalla Belisario Domínguez y el de los tres premios nacionales de periodismo. Para mí se va el hombre que me recordaba todas las mañanas desde abril de 2007 por qué valía la pena seguir con esta profesión bendita, y marcaba los estándares de cómo seguir con el trabajo, el periodismo, el que me permitió el milagro de conocerlo y que a veces llena de desesperanza. Se va el que nunca se rindió a pesar de la enfermedad, el que siguió escribiendo con esa pluma voraz de justicia, el que escribía para ver luz y democracia al final del camino, el que nunca dudó, a pesar de toda la desgracia que estaba, y está, a la vista. Se va el que quiso escribir hasta dos días antes de su muerte, y el que se despidió en sólo dos líneas. Si nuestro andar se trata de guardar ejemplos de vidas memorables que funcionen como esos motores que necesitamos para salir de la comodidad y dar saltos que nos lleven a ser un poquito más lo que queremos ser, don Miguel Ángel, usted fue, es y será para mí una de esas vidas. Descanse en paz, Maestro...

Los poderes fácticos, los que gobiernan sin haber sido elegidos, los que buscan y obtienen ganancia de negocios que atentan contra el interés general gobiernan en mayor medida que los gobiernos; la lucha de unos y otros poderes ilegítimos contra la sociedad, su éxito en el propósito de dominarla es favorecida por una situación económica, material cada vez más adversa, menos propiciatoria que la prosperidad y la expansión de la potencialidad humana.

Muchos creemos percibir la difusión de una desesperanza, de un desánimo social, un desencanto con las formas democráticas, un cinismo social que como los depredadores en infortunios impuestos por la naturaleza aprovechan la desgracia ajena para medrar.

Pero eso que nos ocurre, los fenómenos en sí mismos, y los que provocan esta desesperanza, no son una condena, son enfermedades del espíritu colectivo susceptibles de ser curadas, no con pociones mágicas que a la postres mas envenenan, en que sanan, sino con el empuje que más de una vez ha permitido ejercer y acrecentar la energía de los mexicanos.

No nos deslicemos a la desgracia, menos aún caigamos de súbito en su abismo, cada quien desde su sitio, sin perder sus convicciones, pero sin convertirlas en dogma que impidan el diálogo, impidamos que la sociedad se disuelva.

No es un desenlace inexorable, podemos frenarla, hagámoslo, y con la misma fuerza reconstruyamos la casa que nos albergue a todos o erijámosla si es que nunca la hemos tenido.

(Fragmento del discurso pronunciado por Granados Chapa al recibir la Medalla Belisario Domínguez, el 7 de octubre de 2008).

For killing the past and coming back to life

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Chocolat

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She: Do you like it? Taking your home with you wherever you go?
He: Yeah, why not? Your way must be harder, each time having to make a new home from scratch.
S: Well, maybe this time I'll get it right?
H: What do you mean?
S: Maybe I'll stay.
He smiles...
S: What? Don't you ever think about belonging somewhere?
H: The price is too high. You end up caring what people expect of you. No.
S: Is that so terrible? Having people expect something of you?

Hacer chocolates, o lo que sea. O aún mejor, vivir de la libreta y de los ojos, donde sea. Y quizá mi premio por valiente sea una noche con velas en un río o un hombre de cabello largo con el que me cruce cada verano, o cada seis meses... Me lo merezco...

Not yet

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Necesito encontrarte ya. Llevo años buscándote, y a veces creo que el que está enfrente de mí esta vez sí es tú. Pero no. Y últimamente me he engañado más veces que siempre. ¿Que por qué? Porque estoy más débil, mucho más débil, tú no sabes cuánto. Estos años sólo me han partido en pedazos, y ya no puedo mantener la mente en blanco. Estoy trastornada. En cualquier momento pum pum pum la cabeza, pensando en la búsqueda de nuevo. Si alguien me hubiera dicho que sería así de dolorosa mejor no busco, y me conformo y no te busco, de verdad. ¿Que vale la pena encontrarte? Sí, porque por fin podré contarte todo lo que pasó mientras te buscaba... Pero ¿y si no te encuentro? ¿Quién me saca las palabras si no te encuentro? ¿Me las quedo? O ya, mejor, se las regalo al primero que me diga 'te quiero' más o menos sincero. ¿Verdad que no? Si te vas a aparecer algún día esperaré, y te seguiré buscando, pero ya no me mandes impostores, ¿sí? Porque siempre creo que son tú, y no... O quizá el problema es que sólo te busco a ti, y no a mí... Quizá...
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Todas las noches es lo mismo. El calvario comienza con las luces de neón, que ya sé qué dicen, porque las he leído a todas las horas de la madrugada, con mucha y poca luz, con risas y con lágrimas... Pero las vuelvo a leer. ¡Para qué! Ya sé que después voltearé a la derecha y veré los autos en el patio gris y odiaré que sea presente. Ya sé que comienza mi estado auto... Sigo, no me detengo, porque ya no soy ahí. Le pago al taxista frente a casa en automático, me arrastro a mi habitación en automático, dejo de pensar... Ya lo sé... Y mi cabeza estalla, otra vez... Y odio con todas mis fuerzas... Todas las noches es lo mismo, y ahora quiero que un hotel sea demolido y que desaparezca de mi vida... Lo suplico, para poder dormir en paz...