Lo jodido de que el tiempo pase y de que el mundo se mueva...
De cielos
Esa noche la calle estaba oscura. Tan oscura como los hombres. No hubo grandes dificultades, pues abundaban los noctámbulos, los sensuales. Ellos caminan atentos y seguros en medio de la noche porque ella les pertenece. La noche los extrae de quién sabe qué fondos y los coloca ahí, en las banquetas, bajo las luces de colores, irreales, precisos, sin entrañas. Ellos valoran, miden, toman en sus manos lo que les ofrece la noche. Si de pronto se iluminara todo y súbitamente el cielo se pusiese azul y la calle sonriente, estos hombres morirían en el acto. Quedarían muertos en las mismas posturas en que los sorprendió la luz del sol: tratando, caminando, bebiendo, eyaculando. Pero un hombre de ésos ―un hombre cualquiera, aun no de ésos― puede morir si llega a comprender el cielo, a verlo azul; si ese cielo azul se abre de pronto sobre su cabeza y lo inunda de felicidad y de arrepentimiento. Un hombre de la noche, un hombre sin cielo.
JR, Una mujer en la tierra
Comodidad
Es cuando la comodidad se acaba el inicio de toda desgracia. Y el pretexto puede ser cualquiera. La falta de un asiento completo, sin respaldo. Con eso la espalda se enfada y le manda al cerebro un qué hago aquí. Pero también puede ser algo más profundo. Que el café con leche favorito de repente sepa insípido, el que funcionaba a veces como consuelo y otras como alegría en vaso. O que el calor sea insoportable, después de asegurar que cualquier cosa es mejor que el frío. O escuchar citado al mismo mil veces, el que menos te importa, pero que una de sus palabras es más importante que las catástrofes y la falta de milagros, en esta ciudad o en cualquiera. Y el problema no es que la comodidad se vaya, es qué vas a poner en el vacío que deja. Ahí es donde se mide si tu mente está enferma o sana. No antes... No antes...
Yo he viajado con mis muertos
Viajando, uno se topa sobre todo con los vivos. A veces también con los moribundos. Y también con auténticos muertos, depende de los lugares. Hoy, en determinados países, por ejemplo, pueden hallarse en cantidades respetables. Pero también con nuestros muertos, o los muertos que hemos conocido cuando estaban vivos. Puede ocurrir. Puede ocurrir, por ejemplo, que en una modesta pensión de Lisboa, en un domingo de agosto, cuando la ciudad está desierta, uno reciba la visita de su propio padre que lleva tiempo muerto. ¿Por qué no se presentó en casa? ¿Será cierta forma de timidez que tienen los difuntos? ¿Cierta dificultad en volver a un lugar demasiado familiar para él? Puede ocurrir que en una anónima habitación de hotel en Singapur, en lo más alto, en la última planta de un rascacielos, te llegue de repente la voz de tu tío de Lucca. Menuda potencia de voz, si llega desde Lucca, y resulta de lo más extraño, pues viviendo a escasos kilómetros de distancia nunca te había llegado; uno está durmiendo en un hotel de Singapur y lo despierta la voz de su tío de Lucca. ¿Será posible que al tío de Lucca le hiciera falta que su sobrino se hallara en Singapur para decirle una cosa al oído? ¿De qué dependerá? ¿Será porque esa noche no has visto los telediarios italianos, algo por lo demás imposible en Singapur? ¿Será porque no te has enterado de que el papa se ha asomado a la plaza con un nuevo sombrero, de que el diputado del partido de la mano dura hoy no ha animado a disparar contra nadie, de que ese periodista televisivo que de humano no tiene casi nada considera sagrado el embrión? ¿Será porque has hecho limpieza de las escorias que contaminan la vida cotidiana? ¿Será porque los muertos, al igual que los cetáceos que se comunican con una especie de sonar natural para no ser molestados por todos los sonidos artificiales que contaminan los océanos, sienten la necesidad de aguas acústicamente limpias al objeto de que su voz no se pierda entre el ruido de fondo que nos envuelve?
Antonio Tabucchi
De mujeres enamoradas...
La Maga había aparecido una tarde en la rue du Cherche-Midi, cuando subía a mi pieza de la rue de la Tombe Issoire traía siempre una flor, una tarjeta Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano en el parque. Por ese entonces yo juntaba alambres y cajones vacíos en las calles de la madrugada y fabricaba móviles, perfiles que giraban sobre las chimeneas, máquinas inútiles que la Maga me ayudaba a pintar. No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo. La Maga acababa por levantarse y daba inútiles vueltas por la pieza. Más de una vez la vi admirar su cuerpo en el espejo, tomarse los senos con las manos como las estatuillas sirias y pasarse los ojos por la piel en una lenta caricia. Nunca pude resistir el deseo de llamarla a mi lado, sentirla caer poco a poco sobre mí, desdoblarse otra vez después de haber estado por un momento tan sola y tan enamorada frente a la eternidad de su cuerpo.
JC, siempre.
JC, siempre.
Descanse en paz, Maestro...

- Buenas noches, Maestro, perdóneme que lo moleste...
- No es molestia. Dígame ahora en qué me equivoqué...
La primera vez que me tocó alistar una Plaza Pública para que se publicara al día siguiente, en abril de 2007, me tardé en revisarla casi tres horas. Era mi segundo día sentada en la redacción de Reforma como asistente de planas editoriales y todavía ni entendía la magnitud de mi responsabilidad. El proceso que tenía que realizarle a la Plaza, y a las demás columnas, era meticuloso. Copiarla del correo en el que llegaba; “subirla al sistema”; leerla cuidadosamente; revisar que todos los puntos, comas, mayúsculas, acentos, letras y demás fueran los que tenían que ser y estuvieran donde tenían que estar, siempre respetando las decisiones del autor, por supuesto. A la par de ese proceso tenía que comprobar que los datos que se mencionaban eran correctos, para evitar ratos amargos después.
¿Que cómo era ese proceso para una Plaza Pública? Era un reto t-o-d-o-s los días, porque no tenía uno, dos o tres datos. Tenía decenas de datos por comprobar, siempre, lo mismo descripciones históricas que cifras, o lugares, o nombres de personas que yo en mi vida había escuchado y cuya obra conocí gracias al Maestro, anécdotas de la historia reciente del país que yo ni me imaginaba, en mi supina ignorancia. Y desde esa primera Plaza comprendí cabalmente que Miguel Ángel Granados Chapa era más grande de lo que yo creía, que era un ser fuera de serie. Le di su justa dimensión. Porque mi Google iba y venía diariamente por notas de todos los díarios mexicanos de todas las épocas, por documentos históricos, por discursos, por bases de datos oficiales y no oficiales, por grabaciones de radio... pero la Plaza no acababa. Y siempre había un dato que uno no encontraba, que no estaba mas que en la memoria del Maestro. Entonces le llamaba, porque tenía varias dudas, y entendía. “Eso déjelo así, me lo dijo a mí en 1977”. “Eso déjelo así. Encontré ese dato en un libro que ya no se edita”. “Eso déjelo así...” escuchaba en el auricular del teléfono una y otra vez. Y nunca olvidaré su voz, con ese tono de humildad que sólo los verdaderamente grandes tienen. El año que me tocó hacer ese trabajo me sentí tan privilegiada... Privilegio, una palabra muy pequeñita para el agradecimiento que siento hacia él, por todo lo que le aprendí y le seguí aprendiendo después, leyéndolo.
Al revisar varias de sus columnas me pregunté, llena de asombro y admiración, las preguntas que muchos se han hecho. ¿Cómo le hacia Granados Chapa para escribir de temas tan variados diariamente? Las siete columnas semanales y el programa diario de radio son una proeza insuperable. ¿Cómo podía juntar todos los datos necesarios de cada caso que abordaba tan rápido? ¿Cómo se había dado cuenta de la relación del tal hecho con esto? ¡Cómo! ¡Cómo! Yo sólo tenía, y tengo, preguntas. La única respuesta que puedo dar después de haber revisado su columna de manera más o menos regular por un año entero, tratando de estudiar la forma en que construía sus textos, es simple: es porque era él. No hay otro en este país. Nos quedamos solos...
Más allá de los valioso datos que aportaba, leer a Granados Chapa era detenerse a entender los dolores de México, que siempre describía con claridad, con verdadero espíritu de indignación ante lo que le parecía que estaba mal, podrido. Le lastimaban la triste suerte del país y la desfachatez de aquellos que no se tocaban el corazón, ni se tocarán, para tener beneficios para sí a cambio de la desgracia de casi todos. Describía con lujo de detalles los agravios, pero sin adjetivos ni insultos. No los necesitaba, porque su interés por explicar y argumentar le ganaba siempre. Leer a Granados Chapa era obligarse a reflexionar, a hilar sucesos aislados para entender y dimensionar verdaderas problemáticas que partían de los hechos del día, algunos de primera plana, otros olvidados, fuera el reciente anuncio de un negocio entre televisoras, la barbarie de la clase política o el asesinato de defensores de derechos humanos en alguna parte del país. Y era humano, no ocultaba sus preferencias por la izquierda, pero para mí su juicio crítico no se limitaba por esto. A las generaciones jóvenes, entre las que todavía me cuento, nos obligaba a asomarnos a esa parte de la historia nacional que nunca habíamos tenido necesidad de conocer, y que poco nos importaba.
¿Quiénes lo contradecían? Respuesta fácil: aquellos que se incomodaban con sus críticas, beneficiados del poder con nulo interés por la democracia y la justicia. Importante recordar ahora todas las veces que Ricardo Salinas Pliego, el dueño de TvAzteca, gritó a los que lo quisieron escuchar que Granados Chapa mentía cada vez que la Plaza Pública enumeraba las violaciones a la ley de esta empresa y de Televisa. Y es absolutamente necesario recordar ese 24 de enero pasado, cuando el Maestro, siempre con esa humildad y ese profesionalismo tan de él, se disculpó con la opinión pública por haber adelantado, en su columna del día anterior, que Televisa compraría Iusacell, pues la empresa de Azcárraga Jean había desmentido la información con mucha contundencia. Más de tres meses después, el 6 de abril, como había adelantado la Plaza, Televisa anunció que compraría Iusacell. El Maestro, a diferencia de quienes lo insultaban, era grande...
Reitero con mucho dolor, su ausencia nos deja tan solos... Para mí no se va el hombre de la memoria prodigiosa, el de la disciplina inigualable. No se va el del lenguaje perfecto, tan perfecto que le abrió las puertas de la Academia Mexicana de la Lengua. No se va el que practicó el periodismo por 47 años y el que participó en importantes medios de comunicación, algunos desde su fundación, que de una u otra manera han cambiado la vida pública de este país (Excélsior, Proceso, unomasuno, La Jornada, El Financiero, Reforma). No se va el de la Medalla Belisario Domínguez y el de los tres premios nacionales de periodismo. Para mí se va el hombre que me recordaba todas las mañanas desde abril de 2007 por qué valía la pena seguir con esta profesión bendita, y marcaba los estándares de cómo seguir con el trabajo, el periodismo, el que me permitió el milagro de conocerlo y que a veces llena de desesperanza. Se va el que nunca se rindió a pesar de la enfermedad, el que siguió escribiendo con esa pluma voraz de justicia, el que escribía para ver luz y democracia al final del camino, el que nunca dudó, a pesar de toda la desgracia que estaba, y está, a la vista. Se va el que quiso escribir hasta dos días antes de su muerte, y el que se despidió en sólo dos líneas. Si nuestro andar se trata de guardar ejemplos de vidas memorables que funcionen como esos motores que necesitamos para salir de la comodidad y dar saltos que nos lleven a ser un poquito más lo que queremos ser, don Miguel Ángel, usted fue, es y será para mí una de esas vidas. Descanse en paz, Maestro...
Los poderes fácticos, los que gobiernan sin haber sido elegidos, los que buscan y obtienen ganancia de negocios que atentan contra el interés general gobiernan en mayor medida que los gobiernos; la lucha de unos y otros poderes ilegítimos contra la sociedad, su éxito en el propósito de dominarla es favorecida por una situación económica, material cada vez más adversa, menos propiciatoria que la prosperidad y la expansión de la potencialidad humana.
Muchos creemos percibir la difusión de una desesperanza, de un desánimo social, un desencanto con las formas democráticas, un cinismo social que como los depredadores en infortunios impuestos por la naturaleza aprovechan la desgracia ajena para medrar.
Pero eso que nos ocurre, los fenómenos en sí mismos, y los que provocan esta desesperanza, no son una condena, son enfermedades del espíritu colectivo susceptibles de ser curadas, no con pociones mágicas que a la postres mas envenenan, en que sanan, sino con el empuje que más de una vez ha permitido ejercer y acrecentar la energía de los mexicanos.
No nos deslicemos a la desgracia, menos aún caigamos de súbito en su abismo, cada quien desde su sitio, sin perder sus convicciones, pero sin convertirlas en dogma que impidan el diálogo, impidamos que la sociedad se disuelva.
No es un desenlace inexorable, podemos frenarla, hagámoslo, y con la misma fuerza reconstruyamos la casa que nos albergue a todos o erijámosla si es que nunca la hemos tenido.
(Fragmento del discurso pronunciado por Granados Chapa al recibir la Medalla Belisario Domínguez, el 7 de octubre de 2008).
Chocolat
She: Do you like it? Taking your home with you wherever you go?
He: Yeah, why not? Your way must be harder, each time having to make a new home from scratch.
S: Well, maybe this time I'll get it right?
H: What do you mean?
S: Maybe I'll stay.
He smiles...
S: What? Don't you ever think about belonging somewhere?
H: The price is too high. You end up caring what people expect of you. No.
S: Is that so terrible? Having people expect something of you?
Hacer chocolates, o lo que sea. O aún mejor, vivir de la libreta y de los ojos, donde sea. Y quizá mi premio por valiente sea una noche con velas en un río o un hombre de cabello largo con el que me cruce cada verano, o cada seis meses... Me lo merezco...
Not yet
Necesito encontrarte ya. Llevo años buscándote, y a veces creo que el que está enfrente de mí esta vez sí es tú. Pero no. Y últimamente me he engañado más veces que siempre. ¿Que por qué? Porque estoy más débil, mucho más débil, tú no sabes cuánto. Estos años sólo me han partido en pedazos, y ya no puedo mantener la mente en blanco. Estoy trastornada. En cualquier momento pum pum pum la cabeza, pensando en la búsqueda de nuevo. Si alguien me hubiera dicho que sería así de dolorosa mejor no busco, y me conformo y no te busco, de verdad. ¿Que vale la pena encontrarte? Sí, porque por fin podré contarte todo lo que pasó mientras te buscaba... Pero ¿y si no te encuentro? ¿Quién me saca las palabras si no te encuentro? ¿Me las quedo? O ya, mejor, se las regalo al primero que me diga 'te quiero' más o menos sincero. ¿Verdad que no? Si te vas a aparecer algún día esperaré, y te seguiré buscando, pero ya no me mandes impostores, ¿sí? Porque siempre creo que son tú, y no... O quizá el problema es que sólo te busco a ti, y no a mí... Quizá...
Todas las noches es lo mismo. El calvario comienza con las luces de neón, que ya sé qué dicen, porque las he leído a todas las horas de la madrugada, con mucha y poca luz, con risas y con lágrimas... Pero las vuelvo a leer. ¡Para qué! Ya sé que después voltearé a la derecha y veré los autos en el patio gris y odiaré que sea presente. Ya sé que comienza mi estado auto... Sigo, no me detengo, porque ya no soy ahí. Le pago al taxista frente a casa en automático, me arrastro a mi habitación en automático, dejo de pensar... Ya lo sé... Y mi cabeza estalla, otra vez... Y odio con todas mis fuerzas... Todas las noches es lo mismo, y ahora quiero que un hotel sea demolido y que desaparezca de mi vida... Lo suplico, para poder dormir en paz...
Contra la realidad
"De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible".
Mario Vargas Llosa
Ingenuidad
Hay un error en el planteamiento de fondo. Ojo. El fondo es usted y nada más usted. ¿O es que no lo ve? Su concepción de verdad es verdaderamente anacrónica, irreal. Su sinceridad, señorita, hace reír. Repito, fíjese bien. Usted dice verdades que ya no son verdades para nadie, ¿o no se ha dado cuenta de que en el último año y medio se ha repetido a sí misma una verdad que no existe mas que en su cabeza? No lo haga más, porque luce ingenua. Por ello, le repito el planteamiento inicial: el fondo es usted, sólo usted y nada más usted… Déjese de cuentos rosas, por favor…
Pa septiembre
"La historia la hacemos nosotros, y en consecuencia podemos interpretarla de varias maneras. Estamos sujetos a la historia de los calendarios, pero también hay una historia en espiral, o el eterno retorno. De manera que el tiempo no es sólo el tiempo lineal, sino el tiempo como se vive. A través del arte y la literatura el tiempo coexiste, somos contemporáneos. No nos envejece la lectura de un libro antiguo, ni nos vuelve modernos el hecho de estar aquí, sino que de la conjunción del pasado y del presente salimos nosotros, los lectores de hoy".
Carlos Fuentes
Sugerencia
Conversaciones como tanques de oxígeno. Con los que no tienen techo, sólo cielo. Con los que tienen un pie en la tierra inhóspita de la cotidianidad y otro quiénsabedónde. Con los que no están mutilados y caminan, rápido, sin pensarlo mucho, sin las dolencias existenciales que deja la indefinición. Conversaciones como atajos. Conversaciones que te hacen ver que no hay tarde para nada, que cualquier ratito es bueno para dar el golpe en la puerta más interesante y entrar al futuro, sin importar lo que ya no es. Conversaciones con luz. Conversaciones como hoy, a la distancia y cerquita, del oficio y de la vida, de una trama de novela y de un amor ansioso. Aunque llueva afuera. Conversaciones como mosquiteros. Conversaciones para el aquí y para estar despierto, para vivir... Conversaciones para ser feliz...
Ayuda
Es como si la puerta se mantuviera cerrada la mayor parte del tiempo, porque no se siente que corra el aire, aunque no hay aire entre las neuronas, pero así se siente. Como si se mantuviera el mismo aire viciado, ya sin oxígeno, en contra de su voluntad, y se empezara a cansar de compartir el espacio con pensamientos que no deberían estar ahí tampoco, pensamientos caducos y amargos. Ése es el problema, que nada de lo que está ahí debería estar ya. Y las crisis se expanden hasta hacerse cotidianas, hasta ya no ser crisis, sino la normalidad. ¿Qué se hace para aliviar una cabeza enferma? Lo único que queda es la terapia...
Sobre el oficio de narrar
¿Por qué relatamos historias? ¿Para pasar el rato? A veces. ¿Para informar? ¿Para decir algo que no ha sido dicho todavía? Sí, a veces, sólo para ganarnos el pan de cada día o para hacer que la gente entienda lo afortunada que es, dado que hoy la mayor parte de los relatos son trágicos. A veces parece que el relato tenga una voluntad propia, la voluntad de ser repetido, de encontrar un oído, un compañero. Como los camellos cruzan el desierto, así los relatos cruzan la soledad de una vida, ofreciendo hospitalidad al oyente, o buscándola. Lo contrario de un relato no es el silencio o la meditación, sino el olvido. Siempre, siempre, desde el principio, la vida ha jugado con el absurdo. Y dado que el absurdo es el dueño de la baraja y del casino, la vida no puede hacer otra cosa que perder. Y, sin embargo, el hombre lleva a cabo acciones, a menudo valientes. Entre las menos valientes, y no obstante, eficaces, está el acto de narrar. Estos actos desafían el absurdo y lo absurdo. ¿En qué consiste el acto de narrar? Me parece que es una permanente acción en la retaguardia contra la permanente victoria de la vulgaridad y de la estupidez. Los relatos son una declaración permanente de quien vive en un mundo sordo. Y esto no cambia. Siempre ha sido así. Pero hay otra cosa que no cambia, y es el hecho de que, de vez en cuando, ocurren milagros. Y nosotros conocemos esos milagros gracias a los relatos.
John Berger
Cansancio
Cree que va a ser eterno, pero se cansa. Se cansa de los rebotes, como los de las dietas, donde de repente está en el mismo punto que suponía superado y otra vez reincide, una canción o un lugar o hasta una frase, lo que sea, y el discurso mental que se había repetido por meses se olvida o, por lo menos, se modifica. Cae y otra vez, a subir, a subir a quién sabe qué peldaño, porque la escalera se modifica con los bajones, ya no va al mismo lugar que antes de las crisis... Así, hasta el infinito, hasta que llegue alguien con una máquina maravillosa que borre con una luz blanca todo lo que ya pasó. Y al principio tenía la ilusa idea de que su ser es fuerte y de que se vale llorar, sufrir de nuevo, berrear... Pero se cansa. Y un buen día entiende que ya no da una lágrima más, que su cuerpo ya no da, que su vida cotidiana ya no tiene espacio para lo mismo... Que ya no es sólo su mente la que sufre la afectación, que ya toda ella está harta... Y que hay que superarlo... Cree que va a ser eterno, pero se cansa...
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